Divirtiéndonos hasta morir

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Qué dicen las viejas distopías sobre nuestro mundo de hoy

Escrito Por: Martín Lousteau

Hace unos días me encontré a mi hijo leyendo Fahrenheit 451. Lo miré de reojo, como se mira a los hijos cuando hacen algo que a uno lo conmueve, y me quedé pensando. No tanto en la trama de la novela –bomberos que queman libros en lugar de apagar incendios– sino en algo más simple y más de fondo: la importancia de los libros. No solo por su contenido, sino también por lo que exigen.

¿Qué te pide un libro? Quedarte quieto, seguir un argumento durante horas, sostener una idea en la cabeza el tiempo suficiente como para que se transforme en algo más. Son cosas que hoy es difícil encontrar en otros lados. Gaspar me dijo que la historia le gustaba mucho, pero también que el lenguaje en el que estaba escrito era “difícil”. Y me vino a la cabeza otro libro: Divertirse hasta morir, del sociólogo estadounidense Neil Postman.

La distopía equivocada

Si se nos pide que nombremos una distopía política, la mayoría de nosotros pensará antes que nada en 1984, de George Orwell, publicado en 1949. El Gran Hermano, la Policía del Pensamiento, los libros prohibidos, el Ministerio de la Verdad. Es un clásico absoluto sobre el totalitarismo. Un poder omnipresente, que te vigila, te controla y hasta te impide pensar. Es un mundo de cortesía obligada y terror constante, donde alguien decide qué podés saber, qué podés decir y qué no.

Pero hay otra distopía, escrita diecisiete años antes por Aldous Huxley, completamente distinta. En Un mundo feliz, nadie prohíbe nada. No hace falta. La gente es feliz, está drogada con una sustancia llamada “soma”, entretenida hasta el hartazgo, y no quiere leer, no quiere pensar, no quiere saber. Ya no hace falta quemar libros… porque a nadie le importan.

La diferencia entre ambas profecías es, para Postman, crucial. En Orwell se prohíben los libros; en Huxley no se necesita prohibirlos porque nadie va a querer leerlos. El primero nos esconde la verdad; el segundo la ahoga en un mar de información que no distingue lo importante de lo trivial. Con Orwell la cultura se convierte en prisión; con Huxley, en una parodia. A una gente la controlan infligiéndole dolor; a la otra, proporcionándole placer. En Orwell, lo que tememos nos destruye; en Huxley, nos destruye lo que amamos. Uno advierte que seremos vencidos por una opresión impuesta desde afuera; el otro, que la gente llegará a amar su propia opresión y a adorar las tecnologías que anulan su capacidad de pensar.

La frase que cierra el prefacio de Divertirse hasta morir resume casi todo: “Este libro trata la posibilidad de que sea Huxley, y no Orwell, quien tenga razón”. Quizás Orwell sea representativo de la Unión Soviética de Stalin, de la China de Mao, de la Cuba de Fidel, o de la Corea del Norte de Kim Jong-un. ¿Pero qué pasa con nosotros; con Occidente, con las democracias de este lado del mundo, en Estados Unidos, o en la Argentina de hoy? Nuestra tradición liberal siempre está alerta para detectar los primeros signos de la tiranía, la que viene por el lado de la censura de los libros y de la prensa, y del disenso en general. Pero parecemos haber fallado en advertir otro riesgo. Que el infinito apetito humano por la distracción puede generar su propia forma de control.

Cómo hablan las culturas

La segunda gran idea del libro viene de otro autor, Marshall McLuhan, de quien Postman fue discípulo. La frase es conocida: el medio es el mensaje. Vale la pena detenerse un poco en ella, porque no es un mero juego de palabras.

La idea es que la forma en que conversamos determina qué ideas se pueden expresar. Así, por ejemplo, si la principal vía de comunicación son las señales de humo, no puede haber lo que conocemos como filosofía. No es un defecto de esas personas, sino que el medio utilizado no permite sostener una idea compleja el tiempo suficiente como para desarrollarla. De igual manera cada medio de comunicación estructura, sin que lo notemos, qué tipo de contenido puede existir, qué ideas son posibles y cuáles no. Y la acumulación de esas ideas constituye, en definitiva, la cultura.

Postman describe con nostalgia lo que llama una sociedad tipográfica. Una organizada alrededor del texto escrito e impreso, y en particular alrededor del libro. Y da un ejemplo que a mí me parece extraordinario: los debates entre Lincoln y Douglas, en 1858, en plena campaña por el Senado de Illinois.

Fueron siete en total, en siete pueblos, en el transcurso de dos meses. Eran eventos masivos para la época, con una enorme repercusión nacional. Un candidato arrancaba con una exposición de una hora; el otro respondía en hora y media; y el primero tenía otra media hora para retrucar (llegó a haber ocasiones en las que ni siquiera ese tiempo alcanzaba y entonces volvían al día siguiente, no solo los contrincantes, ¡sino también el público!). Este formato sería absolutamente insoportable para nosotros hoy, con debates presidenciales donde cada uno tiene apenas dos minutos para hablar de temas como la economía o la educación. Ojo, no es que se tratara de encuentros rodeados de solemnidad. Eran hasta “carnavalescos”, con bandas de música, vendedores ambulantes, chicos jugando y alcohol disponible. Pero eso no los transformaba en triviales, porque el público seguía con atención argumentos muy detallados. Era la manera de conversar de una época, organizada alrededor de la escritura, en la que nadie hubiera tolerado que semejantes cuestiones se discutieran con meros eslóganes. Y en la que a un chico de 13 años el lenguaje de Fahrenheit 451 no le habría parecido “difícil”.

El tipo de sociedad al que la escritura da lugar es muy diferente a la anterior, puramente oral. Y, obviamente, a la que surgió después con la imagen, que es la principal preocupación del autor. El texto es inmutable, fijo. Quien escribe lo hace para alguien que no está presente y con quien no puede chequear si ha entendido su punto. Quien lee tiene otro tiempo para procesar. Un argumento, a diferencia de una imagen o de un grito, puede ser revisado, discutido, refutado. Tiene una lógica que se puede desarmar. Y todo ello exige un cuidado y una rigurosidad que se trasladan a la manera de conversar públicamente.

Postman muestra cómo esa sociedad tipográfica se va desarmando a medida que irrumpen otros medios de comunicación. El primer quiebre grande es el telégrafo. El telégrafo no argumenta, sólo provee información aislada y descontextualizada. Las noticias se transforman en un commodity: información que viaja rápido, que llega de lugares lejanos, pero que ya no tiene ninguna relación concreta con la vida cotidiana de quien la recibe. Empiezan a existir, por primera vez, noticias que no importan. Uno puede enterarse de algo que pasó a miles de kilómetros y no puede hacer absolutamente nada con esa información, salvo consumirla. ¿Te suena? Después ya irrumpe la imagen. Primero, fija, con la fotografía. Y más tarde la imagen en movimiento, que hoy consumimos de manera casi permanente. La imagen tampoco argumenta, solo muestra: da testimonio de que algo “estuvo allí”. No se puede refutar una imagen de la misma manera que se refuta un argumento escrito.

Y la imagen en movimiento como principal forma de comunicación lleva a que todo deba divertir, tener un ritmo exacerbado, digerirse en pocos minutos. Por ejemplo, en el cine o en un comercial el largo de una toma promedio es de 4 segundos, lo que significa que no hay descanso para la vista: hay siempre algo nuevo para ver. Esta lógica termina devorando la profundidad, obligando a que todo deba ser, fundamentalmente, entretenido.

Inclusive cosas tan significativas como la discusión política o la educación. Entonces la preocupación ya no es desentrañar la razón por la que los alumnos se dispersan sino habilitar formas más lúdicas o clases más breves. Mientras el éxito de los políticos depende cada vez más de llamar la atención y ser famosos. Así es como la línea entre figuras políticas y figuras mediáticas se va desdibujando. Trump tenía su propio reality. Milei apareció en La Tribuna de Guido, el programa de Guido Kaczka, imitando a Leonardo Favio. Vestido de negro, pañuelo en la cabeza, cantando “Fuiste mía un verano” en una competencia de imitadores. No ganó el premio. Tampoco era la primera vez: ese mismo año había cantado “La Traviata” de Verdi en lo de Moria Casán, con la letra cambiada por frases sobre la presión fiscal.

La tentación es percibir esas cosas como perlas del archivo. Postman nos alerta acerca de un fenómeno más profundo y peligroso. Nos dice que, con el ascenso de los nuevos medios de comunicación, todo (la política, la religión, las noticias, los deportes, la educación y el comercio) se ha transformado en un “accesorio simpático del mundo del espectáculo”. El resultado es que “somos un pueblo al borde de divertirnos hasta la muerte”. Huxley, efectivamente, tenía razón.

El presente: la sirena que no para de cantar

Quizás pienses que Postman describió a la perfección el mundo de Twitter, los memes y Tik Tok. En realidad escribió Divertirse hasta morir en 1985, y pensando en la televisión. ¿Cuánto más alarmado estaría si hubiera visto estos tiempos? Porque lo que él describe sobre la tele es apenas el preludio de una era que, con la disponibilidad de pantallas personalizadas y redes sociales, llevó esa lógica a una escala infinitamente mayor. Nunca antes los humanos habíamos tenido tanto entretenimiento a disposición, todo el tiempo y en todos lados. Y nunca antes había estado tan personalizado, con el uso de los famosos algoritmos. Hoy en día nos sentimos aburridos si nada nos está divirtiendo explícitamente. El clásico reclamo “Mamá/papá estoy aburrido” necesita subsanarse cada vez más rápido. Antes, el aburrimiento podía generar un espacio creativo. Hoy es cada vez más difícil no habilitar al instante el teléfono, la tablet o la consola.

Postman hablaba de una “metástasis del entretenimiento”. Y las nuevas formas comunicacionales proponen algo que va más allá. Se extienden no solo a todos los ámbitos sino también en el tiempo: una suerte de entretenimiento sin fin. Porque el scrolleo nunca termina. De hecho, el 93% de la generación Z dice que se va a dormir más tarde de lo que debería porque se queda usando redes sociales. Y dos tercios de las personas no pueden evitar agarrar el teléfono durante las publicidades de los programas de TV.

Christopher Nolan y Matt Damon acaban de volver a poner de moda a Ulises, el griego. Una de las aventuras más conocidas del mítico rey de Ítaca es la de atarse al mástil ante las irresistibles sirenas. Es, precisamente, la imagen que usó el periodista Chris Hayes como metáfora y título de su libro de 2025: The Sirens Call: How Attention Became the World’s Most Endangered Resource (El canto de las sirenas: Cómo la atención se volvió el recurso más amenazado del mundo).

Hayes usa esa metáfora para describir la llamada “economía de la atención”: cómo nuestra atención se transformó en el recurso más codiciado y más explotado del mundo, cómo cada aplicación, cada notificación, cada feed está diseñado por los mejores ingenieros del planeta para capturarla y no devolverla jamás. Pero el tema es que no se puede “producir” atención. Si alguien necesita de ella, tiene que sacárnosla. Y eso es lo que las grandes compañías de hoy saben cada vez mejor cómo hacer, usando el truco de entretenernos permanentemente. Lo que, entonces, se produce es una puja general y constante por captar nuestra atención, con recursos financieros y tecnológicos casi inagotables, generando una suerte de ruido que siempre está ahí…

A qué y cómo se presta atención en una sociedad determina mucho de la democracia y la cultura. El escritor George Saunders usa una excelente imagen para graficar lo que está pasando. Si estamos en una fiesta y entra alguien con un megáfono y se pone a hablar con seguridad, llama la atención. ¿Pero qué dice? Quizás solo salta de un tema a otro o usa trucos para que sigamos escuchando. Pero si estamos todos con megáfonos, y encima en un casino de tragamonedas con luces y sonidos, ¿cómo es la deliberación democrática que de ahí puede desprenderse?

¿A quién o quiénes les sirve que sea así, mientras se la enmascara de una horizontalización y supuesta hiper-democratización? Esos beneficiarios son “el Gran Hermano” que se esconde detrás del “soma” del entretenimiento sin fin. Los que nos están haciendo divertirnos hasta morir.

En el prólogo que reescribió en 1946 Huxley anticipa que el totalitarismo eficiente del futuro no necesitará represión sino cuatro herramientas científicas concretas: 1) una técnica avanzada de sugestión; 2) una ciencia de las diferencias humanas que permita destinar a cada individuo a su lugar exacto en la jerarquía social y económica; 3) un sustitutivo del alcohol y los narcóticos, menos dañino y más placentero; 4) un sistema de eugenesia que estandarice el producto humano. Y termina advirtiendo que o el mundo caería en una sucesión de totalitarismos nacionales armados con la bomba atómica, o convergería en un único totalitarismo supranacional que, por necesidad de eficiencia y estabilidad, terminaría convirtiéndose en la tiranía benévola de la Utopía.

Leídos ochenta años después, esos cuatro elementos tienen una correspondencia notablemente directa con lo que Shoshana Zuboff denuncia, en La era del capitalismo de vigilancia (2019), como el proyecto de diseño social de las grandes plataformas tecnológicas. Zuboff describe: 1) los mecanismos de sintonización, manada y condicionamiento, diseñados para producir la conducta deseada; 2) una ciencia de datos que segmenta a cada persona según su previsibilidad, su valor comercial para venderla después como “certeza” a terceros; 3) si el soma es “vacaciones de la realidad” sin resaca, el diseño de las plataformas digitales cumple la misma función sin necesidad de química: mantiene a la población distraída y anestesiada; 4) una estandarización conductual: primero se vigila para predecir conductas pero luego se pasa a modificarlas para que todo funcione como una “colmena”. En lugar de control genético hay manipulación de comportamientos.

En la mirada distópica de Huxley esas cosas ocurren porque hay un poder político centralizado que tiene a la estabilidad y la eficiencia como fin explícito. En la descripción actual de Zuboff, en cambio, hay una competencia privada entre mega corporaciones, y la estabilidad social por diseño es consecuencia de manipular la conducta humana para obtener las mayores ganancias posibles.

Por eso, dejar de prestar atención al entretenimiento fácil, al llamado de las sirenas, no es recluirse. Es una forma de participar de una discusión fundamental, con otras reglas.

Experiencias de lectura y conversación

Vuelvo a mi hijo, a Fahrenheit 451 sobre su mesa de luz. Hay algo que me reconforta de verlo ahí, quieto, con un libro en la mano, en un mundo diseñado para que nadie se quede quieto con nada. No es nostalgia por el papel. El libro sigue siendo, hoy, casi el último medio que nos obliga a sostener una idea el tiempo suficiente como para pensarla en serio. Que nos expone a un argumento y nos exige, si queremos entenderlo y discutirlo, a hacer un trabajo aburrido. O difícil, que es la palabra que usó Gaspar. Acaso todo lo contrario de nuestra atención tomada por algoritmos que, en el intercambio de datos, nos dan sólo lo que nos reconforta, nos lo hacen “fácil”, y por eso no podemos despegarnos.

No se trata de condenar la tecnología ni de añorar ninguna supuesta época dorada (que, me parece, tampoco fue tal). Pero sí creo que vale la pena preguntarnos, como sociedad y como país, qué tipo de conversación estamos teniendo. Si todavía somos capaces de sostener un argumento de más de un párrafo, de escuchar algo que nos incomoda sin cortarlo a los tres segundos, de leer algo largo hasta el final. Porque ahí, en esa capacidad, se juega bastante más que el gusto por la lectura y por ver si volvió o no un héroe griego a su tierra. Se juega si todavía podemos pensar colectivamente. Y cómo podemos hacerlo.

Creo que después de esta entrada se ratifica el párrafo en cursiva a continuación, que nos viene acompañando al final de cada uno de estos textos.

En tiempos donde la atención es el bien más escaso, gracias por quedarte hasta el final. Ojalá hayamos podido escapar juntos, aunque sea un momento, del ruido. Nos vemos la próxima.