Escrito Por: Pablo McKinney
En 1996, el Frente Patriótico llevó al PLD al gobierno de la mano de Joaquín Balaguer. En 2009, el pacto de las corbatas azules rehabilitó a Leonel Fernández. En 2020, una alianza entre el PRM y la FP sacó del poder al PLD. Ahora mismo —siguiendo directrices del Departamento de Estado— la embajada de Estados Unidos contacta influencers, promueve, publicita y empodera outsiders como forma de lograr que sean estos, y no sus voceros, quienes defiendan sus estrategias y posiciones políticas en el país.
Como ven, “la política siempre ha hecho extraños compañeros de cama” (Manuel Fraga). Todo lo que hoy hace peligrar las democracias occidentales —con Trump y Milei como tristes estandartes— es la expresión de lo que escribió Antonio Gramsci, y ahora cita más de un presidente occidental en apuros: “El viejo mundo agoniza. El nuevo lucha por nacer; y en ese claroscuro surgen los monstruos”. En la mayoría de los casos, los monstruos son los outsiders.
En nuestro país, el outsider más famoso ha sido Melesio Morrobel (Freddy Beras-Goico), la hipérbole desfigurada del político vernáculo. Una despampanante caricatura que amplificaba los defectos de fondo y forma de ese político criollo: malapalabroso, limitado, vulgar y clientelista. Pero pasaron los años y, ya ven. Melesio ha sido superado. La realidad ha vencido a la ficción. Por eso ya no hace reír a nadie que un político, outsider o no, prometa defender a las “mujeres de hoyo grande” o insulte a alguien ordenándole que le haga el amor a su madre.
Más que preocuparnos por lo que se nos ha echado encima —y con apoyo diplomático, lo que jode aún más— conviene hacer un alto en el camino. Recordar que de lodos de olvido, discriminación, impunidad, exclusión, narcotráfico, lavado de activos urbanos o rurales, nos llegan estos polvos que amenazan con destruir lo que hemos logrado. Pero no descalifiquemos a nadie.
Califiquémonos a nosotros mismos, siendo cada uno el tipo de ciudadano que exige ser a los demás. Basta ya de tanto preguntarnos qué puede hacer el país o su gobierno por nosotros. Preguntémonos con franqueza (y con J. F. Kennedy), qué carajos podemos hacer nosotros por esta patria que, de a poco, se nos escapa entre las manos, como las aguas de un río que irresponsablemente contaminamos, y de cuyo hedor, fetidez y pestilencia ahora nos quejamos.

