Cuerpos, ritmos y carencias

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Dos componentes fundamentales de nuestra cultura son la música y el erotismo.

Escrito Por: TAHIRA VARGAS GARCÍA

Dos componentes fundamentales de nuestra cultura son la música y el erotismo. Ambos se manifiestan cotidianamente en todos los estratos sociales a través de gestos corporales, formas de caminar, modos de relacionarse y, en general, en la manera en que el cuerpo adquiere un peso cultural en la construcción de nuestra afectividad y en nuestras interacciones sociales.

El erotismo ha estado históricamente presente en las letras de boleros, baladas, merengues, bachatas y en todas las expresiones musicales que conforman nuestra historia cultural, tanto en la élite como en los sectores medios y populares.

Hoy ese erotismo se expresa en las letras y ritmos que la juventud compone, recrea y baila de manera informal. Las generaciones más jóvenes demandan, a través de la música, mayor libertad para abordar su sexualidad, necesidades, conflictos, problemas y derechos rompiendo con los tabúes que generaron en otras épocas merengues, bachatas y baladas de doble sentido que tenían igualmente un contenido erótico, pero con lenguaje figurado.

El tipo de música que escuchan las personas jóvenes funciona como símbolo distintivo. Expresiones como el reggaetón, rap, hip-hop, bachata, música urbana, mambo, electrónica, dembow y atabales representan estilos juveniles diferenciados.

En distintas provincias y barrios marginados encontramos jóvenes que componen sus propias letras y forman grupos musicales en medio de múltiples precariedades. A través de sus composiciones visibilizan los problemas sociales de su entorno: violencia de género y social, discriminación, erotismo, búsqueda de dinero fácil, injusticia, conflictos entre bandas, desigualdad social, falta de oportunidades, identidad y resistencia, afectividad, machismo y rivalidad en la construcción de la masculinidad entre otros..

Estos temas son el espejo de una juventud que vive en condiciones de vulnerabilidad estructural, la música se convierte en su espacio de catarsis, denuncia, creatividad y búsqueda de ingresos desde la viralidad y la competencia.

Se trata de una juventud sin oportunidades, sin acceso a una educación de calidad y, mucho menos, a una educación musical en la escuela. La formación musical está prácticamente ausente del aula. No se ha invertido en educación musical, y las nuevas generaciones carecen de herramientas para transformar su talento, espontaneidad y necesidad de expresión en una música popular que trascienda.

La música que toca y baila nuestra juventud refleja la exclusión, grandes diferencias sociales, deficiencias del Estado y de la sociedad en la priorización de la educación, y políticas culturales focalizadas en el territorio que refuercen la identidad afrocaribeña y expresiones juveniles desde la música y el arte en general.

A través de la música, la juventud visibiliza sus problemas, necesidades y demandas. Es una oportunidad para reconocer los cambios que debemos generar como sociedad y como Estado.

Fuente: Hoy