Cuando el «realismo» se vuelve excusa

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Por un pragmatismo ético en la política exterior dominicana

Escrito Por: Josué Fiallo

En el debate dominicano sobre política internacional ha ganado terreno en los últimos tiempos una idea tan cómoda como peligrosa: la noción de que en el mundo real solo cuenta la fuerza, que la ética es un mero ornamento retórico y que la política exterior de un país pequeño debe limitarse, fatalmente, a inclinar la cabeza ante quien manda. A esta postura se le suele llamar «realismo». Pero conviene decirlo con claridad desde el principio: muchas veces eso no es realismo. Es resignación moral disfrazada de lucidez.

Este discurso reaparece con puntualidad predecible cada vez que se discute el uso de la fuerza, las intervenciones militares o las violaciones selectivas del derecho internacional. Se nos presenta como una muestra de madurez estratégica, como una comprensión superior del «mundo tal como es». Y es precisamente ahí donde comienza la gran confusión: confundir el cinismo con la clarividencia, y la impotencia elegida con la sofisticación intelectual.

El verdadero realismo clásico —aquel de pensadores como Hans Morgenthau, Reinhold Niebuhr o George Kennan— nunca sostuvo que la política exterior estuviera exenta de responsabilidad ética. Sostuvo, más bien, que debía ejercerse con prudencia: esa virtud cardinal que nos permite distinguir entre intereses vitales y obsesiones ideológicas, entre lo estrictamente necesario y lo simplemente conveniente, entre el uso excepcional de la fuerza y su normalización como primer recurso. Cuando esa distinción fundamental desaparece, la política exterior no se vuelve más realista; se vuelve impulsiva, errática y ciega ante sus propias consecuencias.

La historia reciente nos ha dejado lecciones escritas con sangre que no deberíamos olvidar. Iraq en 2003 nos mostró cómo una intervención justificada como inevitable produjo un Estado fragmentado, un vacío de poder que incubó al ISIS y más de medio millón de muertos. Libia en 2011 evidenció cómo la protección humanitaria devino en un cambio de régimen sin plan de transición, dejando un país que aún sangra quince años después. Y Afganistán (2001-2021) nos recordó, tras dos billones de dólares y veinte años, lo efímero de la fuerza sin arraigo político, con un colapso de dieciocho días ante los mismos talibanes que se fue a derrotar.

El problema en estos casos no fue solo moral; fue profundamente estratégico. La fuerza aplicada sin límites claros, sin un horizonte político definido, termina debilitando incluso los intereses que pretendía proteger. Reducir el realismo a la lógica del más fuerte equivale a vaciarlo de contenido intelectual. Es como confundir la medicina con el bisturí: el instrumento existe, pero su uso exige diagnóstico, proporción y objetivo terapéutico. Quien opera sin criterio no es cirujano; es carnicero.

Para la República Dominicana, esta discusión no es académica. No es filosofía de salón ni un ejercicio para intelectuales ociosos. Es, en el sentido más estricto, una cuestión de supervivencia nacional. Somos una nación pequeña —apenas 48,000 kilómetros cuadrados—, abierta al mundo y profundamente dependiente de la estabilidad regional y del respeto a reglas comunes. No tenemos ejércitos que intimiden ni arsenales que disuadan. Lo que tenemos, lo único que podemos esgrimir con legitimidad en el concierto de las naciones, es la fuerza de nuestra coherencia, la credibilidad de nuestra palabra y el peso de nuestro apego al derecho internacional.

En un sistema internacional profundamente desigual, esas cualidades funcionan como escudos. Son el capital que nos permite sentarnos a la mesa, ser escuchados y proteger lo nuestro.

Aplaudir la fuerza desnuda —aunque venga de aliados, aunque venga envuelta en banderas que nos son queridas— implica aceptar un mundo donde esas mismas reglas que hoy protegen a otros dejarán de protegernos a nosotros cuando más las necesitemos. El precedente que hoy celebramos puede ser la sentencia que mañana nos condene. Aceptar sin cuestionar la narrativa del poder no es pragmatismo. Es abdicar del pensamiento estratégico propio y renunciar a la dignidad de pensar por nosotros mismos.

La pregunta, entonces, no es si la ética tiene lugar en la política exterior. La ética siempre está presente, incluso cuando se niega —especialmente cuando se niega—. La pregunta verdadera es qué tipo de ética orienta nuestras decisiones y con qué criterios evaluamos el recurso extremo de la fuerza.

Un pragmatismo ético no propone un idealismo ingenuo ni una neutralidad cómoda. Propone algo más exigente: decisiones conscientes de sus límites y acciones responsables de sus consecuencias. Significa evaluar cada situación considerando tres dimensiones inseparables: la intención que se invoca, los medios que se emplean y los efectos reales que se producen. No basta con declarar causas nobles; importa cómo se actúa y qué se deja atrás cuando el humo se disipa. Desde esta perspectiva, el uso de la fuerza no es un instrumento normal de la política internacional, sino un recurso excepcional que exige legalidad conforme a la Carta de las Naciones Unidas, proporcionalidad en los medios y un horizonte político claro. Cuando esas condiciones no existen, la fuerza deja de ser solución y se convierte en deuda que cobrarán las generaciones siguientes.

Esto exige de nosotros asumir posiciones que no siempre serán cómodas. Exige defender la legalidad internacional incluso cuando quienes la vulneran son aliados cercanos. Exige rechazar la idea fácil de que todo vale en nombre de la estabilidad —porque la estabilidad construida sobre la injusticia es siempre provisoria—. Exige apostar por el multilateralismo imperfecto, por la diplomacia preventiva y por la contención responsable, antes que por atajos militares que invariablemente cobran factura más adelante.

El verdadero realismo para países como el nuestro no consiste en rendirse al lenguaje del poder, en repetir sus mantras o en celebrar sus victorias como si fueran propias. Consiste en entender —con absoluta lucidez, sin ilusiones pero también sin cobardía— que la normalización de la fuerza termina erosionando el único orden internacional que puede proteger a los más vulnerables. Y nosotros estamos entre los vulnerables.

La ética, bien entendida, no debilita la política exterior. La vuelve sostenible. Le da raíces que resisten las tormentas y fundamentos que perduran más allá de las coyunturas. En tiempos de incertidumbre global, el pragmatismo ético no es un lujo de idealistas ni una debilidad de ingenuos. Es una necesidad estratégica. Y para quienes tengan el coraje de practicarlo, es la forma más alta de dignidad nacional.

Enero 2026