Cronicanto a las muchachas del CIPAF

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Escrito Por: Pablo McKinney

Al constatar que, cincuenta años después de aquellos tiempos heroicos de las luchas desde lo que a partir de 1980 sería el Centro de Investigación para la Acción Femenina (CIPAF), la violencia contra la mujer sigue siendo “un rayo que no cesa”, una herida que no se cierra;  uno pregunta, solo para responderse: ¿qué palabra decir que no duela? ¿qué indignación expresar que no sobre? Hagan memoria… y perdón por la nostalgia.

Hace cincuenta años, la violencia machista se atribuía a la ignorancia, a la ausencia de normas jurídicas, a la falta de una educación no sexista en los hogares y las escuelas, a la carencia de campañas de concienciación ciudadana. Por entonces no teníamos claro que el problema hunde sus raíces en la desigualdad de la mujer frente al poder con mayúscula: normas culturales aprendidas en canciones y dichos populares. Recuerdo ahora “La cárcel de Sing Sing”, de Feliciano, en la B-17 de la vellonera del bar de Tomás, en el Pueblo Abajo, de Baní: 

“Yo tuve que matar a un ser que quise amar/ 

y aunque, aun estando muerta yo la quiero/ a

l verla con su amante a los dos los maté/ 

Por culpa de esa infame moriré”. 

O aquella frase de cierto autor de cuyo nombre no debo acordarme: “!Brindo por las mujeres! Quién pudiera caer en sus brazos sin caer en sus manos”. 

Hace 50 años no conocíamos la utilidad de elaborar y ejecutar políticas públicas que trabajaran el acceso a la justicia de las mujeres. Cincuenta años después, ya ven, aquí estamos, menos ignorantes que nunca, pero tan machistas-leninistas como siempre, moraítos de vergüenza, porque después de tantas luchas que las heroicas y greñudas muchachas del CIPAF nos regalaron, la violencia culminada en feminicidios sigue siendo una herida que no cierra, un asco, una vergüenza, ya dije. 

Ante tanto desconsuelo, considero necesario decir al aspirante a homo sapiens que olvidó a sus hijas y no recuerda a su madre, que el asunto de ser hombre, (lo que se dice un hombre, macho, varón y masculino) nada tiene que ver con la sangre sino con el respeto, nada con un insulto sino con aquel verso del novio de la Contreras, Joaquín Umbrales, allá en el Cádiz de mis recuerdos: “Entonces, Platón siempre estuvo en lo cierto, ¡ay!, uno ama los lugares donde fue feliz… tu piel, por ejemplo”.