Costa Rica sucumbe a la marea evangélica que avanza por Centroamérica

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De la Guatemala de Ríos Montt al El Salvador de Bukele: “La revolución conservadora” de las iglesias protestantes coloniza las estructuras de poder en la región

Un obispo de la Iglesia católica era hasta hace poco quien dirigía la oración en las ceremonias de investidura presidencial en Costa Rica y clamaba por posiciones conservadoras, más cercanas a la tradición que a la ruptura. En ocasiones recientes, ese obispo compartía el púlpito con algún dirigente de las iglesias cristianas protestantes que se han multiplicado en las últimas décadas —aunque a un ritmo menor que en otros países de la región—, en paralelo a un activismo político ejercido con bandera propia en partidos confesionales. El año 2026, sin embargo, trae una realidad nueva para la escena costarricense: el ascenso de nuevos grupos religiosos dentro del movimiento oficialista dominante, cuyo propósito es sacudir a las élites e instaurar una suerte de “revolución conservadora” con un respaldo que viene desde Estados Unidos.

La fotografía se pudo tomar el 8 de mayo en la ceremonia de entrega de la banda presidencial de Rodrigo Chaves a su heredera, Laura Fernández, devota cristiana al grado de manejarse con soltura en aguas protestantes. La bendición no la hizo nadie de la jerarquía católica, con la que Chaves se enemistó durante su gobierno. Los encargados fueron un pastor protestante que se presenta como embajador del Reino de los Cielos y un mediático sacerdote católico que maneja millonarios proyectos en barrios marginales del sur de San José. Se llama Sergio Valverde y se le ve más con autoridades del Gobierno que con sus superiores de la Conferencia Episcopal, de influencia menguante.

“Que el temor de Jehová sea sobre ellos y sobre los tres poderes de la República (…) Hoy levantas una Débora para esta nación. Y así como está escrito en el libro de Jueces, así lo veremos en Costa Rica, que por mano de mujer entregará el Eterno a sus enemigos”, leía con grandilocuencia el pastor Daniel Piedra bajo la mirada impasible del rey Felipe VI de España. El religioso contó después que llegó escoltado al estadio y tuvo un asiento especial frente a la tribuna donde había cientos de seguidores de Chaves y Fernández, esta última comparada con la profetisa israelita Débora, del Antiguo Testamento. Algunos oraban con él con los ojos cerrados y las manos abiertas hacia el cielo, incluidos diputados que forman parte de la cuota neopentecostal dentro de la bancada oficialista, mayoritaria en el Congreso.

El pastor evangélico Daniel Piedra Soto durante la investidura de la presidenta Laura Fernández, en San José, el 8 de mayo.@ Daniel Piedra Soto

Una cuarta parte de los escaños del nuevo Partido Pueblo Soberano (PPSO) son afines a iglesias cristianas, incluido un pastor que antes fue diputado con uno de los partidos confesionales ahora borrados de la cartografía política. Intentamos hablar con él para este reportaje, pero no hubo respuesta. Ya no va por delante la bandera con el pez; ahora el poder de las iglesias evangélicas se infiltra dentro de un movimiento político ciudadano de manera más estratégica. Ya no compiten: ahora transan, movilizan, legitiman y son legitimadas, dan y reciben. En común con el grupo chavista, tienen un discurso de “temor a Dios” con exaltación de la prosperidad individual, pero sobre todo dos enemigos principales: las élites tradicionales y los valores liberales asociados a los derechos humanos o al Estado de derecho y sus instituciones “progresistas”.

“Ambos lados han tenido éxito en su estrategia. Unos en no seguir usando partidos explícitamente religiosos y otros en incorporar a grupos con un gran poder de movilización, bajo la influencia de la nueva derecha simbolizada por Donald Trump”, comenta Laura Fuentes Belgrave, socióloga investigadora de la Escuela Ecuménica de Ciencias de la Religión en la Universidad Nacional (UNA) de Costa Rica.

Lejos de los obispos

Es la receta de “Dios, patria y poder” que se cuece en Estados Unidos de la mano de dinámicas iglesias protestantes mientras se señala como enemigo al Vaticano. El expresidente Chaves no ha sido tan explícito como Trump con sus ataques contra el papa León XIV, pero sí ha protagonizado discusiones públicas con los obispos de la Iglesia católica local, que agrupa al 52% de la población en el único país del continente con religión oficial establecida en su Constitución Política; esto a pesar de que la estructura eclesiástica experimenta un deterioro en su liderazgo social, según reconocen fuentes internas.

“Mientras algunos grupos evangélicos construyen comunidad, narrativa digital, movilización territorial y un lenguaje emocional directo, muchos sectores católicos han perdido iniciativa, más encerrados en lo interno que insertos en la conversación pública”, dice un influyente sacerdote que pide el anonimato. En eso ve una semejanza con lo ocurrido en Estados Unidos con las organizaciones que acuerpan a Trump, o en Brasil con el bolsonarismo, donde “la religión se convierte también en identidad política”, lamentó.

Chaves acertó en sus tácticas desde el principio. Sin ser un hombre de misas, su discurso abundó en referencias a Dios y a la “patria bendita”, en el repudio al comunismo como un pecado mayúsculo y en la retórica del bien contra el mal. “No ve a los otros como adversarios, sino como antagonistas, como enemigos, como el mal”, añade Fuentes Belgrave, señalando también actos sustantivos: el abandono de la visibilización de los derechos de la población sexualmente diversa, el rechazo a las posiciones feministas y el abrazo al discurso defensor de la familia tradicional. Incluso, en noviembre, el ahora exmandatario derogó un decreto que hacía posible el aborto legal en casos de peligro para la salud de la madre. Lo había anunciado a un grupo de pastores semanas antes, en los albores de una campaña electoral que tuvo el protagonismo de varios dirigentes protestantes y que resultó en la elección de la oficialista Fernández, una “temerosa de Dios”, como se define ella misma.

Fabricio Alvarado en San José, Costa Rica, en marzo de 2018.Arnulfo Franco (AP)

En abril, confirmado el triunfo electoral del movimiento oficialista, Fernández y Chaves volvieron a reunirse con el grupo llamado “Foro mi país”, formado por dirigentes evangélicos. Allí, la presidenta electa dijo que Chaves “se dejó usar por Dios” y que su gobierno fue un “milagro” para un país que estaba en cenizas, según sus palabras. Fue el mismo acto en el que el presidente saliente —quien ahora sigue en el poder como ministro de Hacienda y de la Presidencia— confirmó el anhelo de hacer que “el pueblo” tome el Poder Judicial, tal como hizo ya con el Ejecutivo y el Legislativo. La justicia divina se queda corta para los afanes oficialistas.

Ahora parece lejana la campaña electoral de 2018 que dio, en primera ronda, un triunfo insuficiente al predicador y cantante evangélico Fabricio Alvarado, quien ante la movilización del voto católico perdió el balotaje contra Carlos Alvarado, a pesar de que este llevaba una bandera progresista. El predicador fundó después un nuevo partido basado en las estructuras neopentecostales que le permitió mantener presencia parlamentaria y servir como aliado del gobierno de Rodrigo Chaves, a pesar de algunas críticas en las que señalaba que el verdadero defensor de la familia era él y su grupo, y no el mandatario ni su heredera, Fernández.

Aún resuena el momento de un debate televisado en enero en el que Fernández acusó a Fabricio Alvarado —quien competía de nuevo por la presidencia abanderado por el sector evangélico— de haberla acosado sexualmente cuando ella era asesora parlamentaria. “Me arrinconó en una oficina con la falsa promesa de regalarme una Biblia”, denunció con gestos de indignación la entonces candidata presidencial, en lo que parecía un acto más de la batalla por los votantes del sector cristiano protestante, que representa un tercio de la población según datos del Latinobarómetro 2024.

Se pensaba que sería el fin de Fabricio Alvarado como figura política y aliado del oficialismo, pero los mismos diputados chavistas lograron evitar en abril que se votara en el Congreso una sanción política contra el entonces legislador por una denuncia de tipo sexual presentada por otra exasesora. También afronta una causa penal por violación contra una menor de edad; sin embargo, ahora, dos semanas después de inaugurado el mandato de Laura Fernández, parece haber quedado atrás aquel debate televisado en el que ella lo calificó como “un lobo con piel de oveja”, y algunos críticos prevén o temen que acabe dándole un cargo. Fabricio Alvarado ya no es una amenaza para el oficialismo: las encuestas demostraron que el chavismo conquistó el grueso del voto evangélico.

Tendencia regional

La realidad muestra que Costa Rica no es muy distinta del resto de Centroamérica, a pesar de ser un Estado confesional católico y de contar con un extendido sistema público de bienestar social. Las organizaciones religiosas han escalado a funciones políticas desde años atrás, basadas en la idea bíblica de que “cuando los justos dominan, el pueblo se alegra”. Guatemala ha sido pionera en la región con figuras evangélicas que participan en partidos ya existentes, hacia donde atraen el voto de una feligresía que encuentra coincidencia en los valores conservadores.

“Visualizan al pueblo evangélico como una ‘clientela’ considerable de votos. Para atraerlos utilizan un lenguaje religioso, asisten a cultos e integran en sus filas a líderes evangélicos a fin de ganarse su simpatía”, dice el informe El pensamiento y acción social de los evangélicos en Guatemala, dirigido por Israel Ortiz, del Centro Estras. Se refiere a un país de 18 millones de habitantes que, hasta 2018, alojaba más de 25.000 centros de culto de iglesias evangélicas de distintas redes y denominaciones.

Simpatizantes de Fabricio Alvarado en Costa Rica, en abril de 2018.Arnulfo Franco (AP)

Factores similares se dieron en Honduras y en El Salvador, donde las necesidades sociales abrieron una oportunidad valiosa para que las iglesias entraran primero a las comunidades y después, con públicos leales, a las estructuras políticas como actores de poder. Han encontrado espacios incluso en el gobierno de Nayib Bukele, quien califica como un “milagro” la desintegración de las violentas pandillas ejecutada por él mediante políticas autoritarias de alto apoyo popular. En Nicaragua la historia es particular, aunque el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo también ha utilizado a líderes neopentecostales como alternativa ante la oposición ejercida por la Iglesia católica, otrora socia del sandinismo.

“Las iglesias tienden a guardar silencio ante los escándalos políticos que implican al gobierno y a los funcionarios públicos”, señala el estudio del Centro Estras. En Guatemala, la influencia de los grupos cristianos protestantes en la política viene desde el fallecido general Efraín Ríos Montt, pastor de la iglesia Verbo y acusado de genocidio; el expresidente Jorge Serrano Elías, quien fraguó un autogolpe de Estado en 1993 y después huyó a Panamá; Harold Caballeros, fundador del partido Visión con Valores (Viva); y el expresidente Jimmy Morales, quien durante su gobierno (2016-2020) expulsó a la comisión anticorrupción de las Naciones Unidas (CICIG).

En Guatemala, las iglesias evangélicas también han sido utilizadas como fachada por diversos alcaldes acusados y extraditados a Estados Unidos por narcotráfico. Es un fenómeno similar al que asoma en Costa Rica, donde un pastor permanece detenido por su aparente participación en una red de legitimación de capitales provenientes del narcotráfico mediante supuestos contratos por 80 millones de dólares con una empresa piñera de la zona norte del país.

Fuente: EL PAIS