Escrito Por: Juan Ariel Jiménez
Si algo dejó claro el 2025 es que fue un año especialmente difícil para la economía dominicana.
En cada esquina se escuchaban las mismas frases: “no hay un peso en la calle”, “el dinero no rinde”, “los préstamos me están asfixiando”. Y no eran exageraciones: los datos oficiales del propio gobierno lo confirman.
Según el Banco Central, en los primeros diez meses del año la economía creció apenas un 2.0%, uno de los niveles más bajos en décadas y el segundo peor desempeño de América Latina, solo por encima de México.
A esto se sumó el incremento de las tasas de interés a inicios de año, que complicó las finanzas de miles de familias y empresas, obligando a muchas a endeudarse para pagar deudas anteriores o incluso para cumplir con sus obligaciones tributarias.
No sorprende, entonces, que la morosidad bancaria haya aumentado tanto: simplemente hay demasiada gente que ya no puede con la carga.
Y si este año fue complicado, lamentablemente el 2026 puede ser muy parecido.
La economía dominicana siempre ha estado estrechamente ligada a la norteamericana. Se suele decir que “cuando a Estados Unidos le da gripe, a nosotros nos da neumonía”.
La diferencia es que hoy ni siquiera sabemos si Estados Unidos tiene gripe, fiebre o está perfectamente sano, porque no se han publicado los datos habituales de empleo ni de crecimiento económico.
Esa ausencia de información genera mucha incertidumbre y dificulta prever qué hará la Reserva Federal con sus tasas de interés, y por extensión, qué ocurrirá con las tasas locales y el tipo de cambio en nuestro país.
A esto se suma un hecho novedoso: en mayo cambiará la presidencia de la Reserva Federal, y por primera vez existe la preocupación de que se nombre a alguien poco firme en el control de la inflación.
Un error en esa elección podría aumentar las expectativas de inflación y por ende incrementar las tasas de interés largo plazo, lo cual presionaría aún más el valor del peso dominicano.
Con todos estos elementos combinados, lo más probable es que el 2026 se parezca mucho al 2025: un dólar que sube y baja con brusquedad, un Banco Central atrapado entre subir tasas para defender el tipo de cambio o bajarlas para estimular la economía, una liquidez limitada y un crecimiento económico por debajo del habitual.
Ante ese panorama, la prudencia financiera no solo es recomendable, sino indispensable, por lo que vale la pena reflexionar sobre algunas decisiones personales que pueden ayudar a transitar el año con mayor tranquilidad.
En primer lugar, es muy probable que en algún momento del 2026 veamos nuevos aumentos en las tasas de interés. Cualquier deuda que hoy parece manejable puede convertirse en un problema serio si el costo del crédito vuelve a subir.
Por eso, es conveniente evitar endeudarse en la medida de lo posible. Si alguien está pensando en financiar una compra grande —una vivienda, un vehículo, una remodelación—, lo más sensato es esperar un poco.
El 2026 no será un buen año para asumir compromisos largos mientras no tengamos un panorama más claro y estable. También es importante no dejarse llevar por el sube y baja del dólar. Si alguien tiene dólares, no se apresure a venderlos cuando bajen; y si no los tiene, tampoco correr a comprar dólares porque el tipo de cambio está subiendo.
Tenemos que acostumbrarnos a que en una economía abierta el precio de las monedas extranjeras suba y baje de manera natural, sin que cada variación sea motivo de alarma. Intentar “ganarle al mercado” casi siempre termina en frustración… y en pérdidas. Ahora bien, sí es recomendable revisar cualquier compromiso en dólares y, si existe la posibilidad, renegociarlo en pesos.
En un año de volatilidad cambiaria, tener deudas o pagos fijos en moneda extranjera es asumir un riesgo innecesario que puede desestabilizar cualquier presupuesto familiar.
Finalmente, aunque diciembre es un mes de compromisos y tentaciones, este año conviene reservar una parte del doble sueldo y de la regalía navideña. No se trata de sacrificarse más de la cuenta, sino de ser precavidos.
Un pequeño ahorro puede marcar la diferencia si surge una emergencia, evitando la necesidad de recurrir a préstamos justamente cuando las tasas están más altas y las condiciones más duras.
En resumidas cuentas, la mejor herramienta para enfrentar tiempos difíciles es estar bien orientados. El 2026 no tiene por qué ser un año de crisis, pero sí será un año en el que la prudencia financiera marque la diferencia. La incertidumbre global y los retos internos nos exigen tomar decisiones con cabeza fría y prepararnos, a nivel personal y familiar, para distintos escenarios.
Como país hemos enfrentado momentos mucho peores —baste recordar el COVID— y hemos salido adelante. Pero para transitar este nuevo ciclo con menos estrés y mayor seguridad, toca informarse, evitar riesgos innecesarios y administrar nuestras finanzas personales con cautela.
Fuente: Listin Diario

