¡Comedimiento!

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Osvaldo Bazil, excelso representante del modernismo, terminó degradando su condición intelectual cuando sus luces e inteligencia quedaron subordinadas a las mieles del poder.

Escrito Por: Guido Gómez Mazara

Osvaldo Bazil, excelso representante del modernismo, terminó degradando su condición intelectual cuando sus luces e inteligencia quedaron subordinadas a las mieles del poder. De paso, su dimensión se redujo al admitir, en una nota diplomática, que había escrito el prólogo sin leer el libro. Y lo hacía por las referencias consignadas en el texto escrito por Joaquín Balaguer, titulado Trujillo y su Obra, donde se ponderaba tangencialmente a Rafael Estrella Ureña. Además, su debilidad por la bebida, ya confundida con las complacencias del ambiente, terminó dejando una de las frases de mayor descomposición para un servidor público: “los ejercitantes del poder deben disfrutarlo”.

Lo que resulta trágico es que ciudadanos de inteligencia y formación excepcional exhiban, ayer como hoy, una propensión a estacionarse en la nómina pública sin sentido del límite. De paso, instalando una idea demoledora: si quienes tienen juicio crítico se tornan genuflexos, poco puede exigirse al resto de la sociedad. Afortunadamente, también han existido conductas públicas en sentido contrario, sobre las cuales todavía resulta posible apoyarse.

El siglo 21, además, provoca un mayor nivel de escrutinio y otorga al ciudadano una capacidad de sanción frente a los excesos, que difícilmente puedan ocultarse. De ahí la necesidad de hacer del comedimiento y del sentido de prudencia normas indispensables de conducta pública, particularmente frente a determinadas coyunturas que provocan una enorme crispación en múltiples sectores de la vida nacional.

Los periodos de turbulencia tienden a concentrar en los servidores públicos una altísima cuota de rabia cívica. Por eso, los colaboradores de un gobernante, miembros de la organización oficial y responsables de áreas administrativas, deben tener plena conciencia de la epidermis ciudadana. Y con mayor razón, la humildad y la tolerancia deben caracterizar la conducta pública y privada. La regla es resistirse a la opulencia, desdeñar comportamientos petulantes y no permitir que ninguna conducta pública sugiera la malsana vocación de transferir fondos públicos a bolsillos privados.

Nadie que tenga como norma o estilo el comedimiento se convierte en legítimo receptor de la inquina pública. Esencialmente, porque el funcionariado de cualquier gobierno suele sentirse apto para exhibir, de manera indecorosa, su oropel frente a las elementales urgencias ciudadanas.

Anótenlo: hace falta una altísima dosis de humildad frente al poder. Para los de ahora, para los de antes y también para quienes pretendan venir.

Fuente: Hoy