En 12 países ya gobierna la derecha en sus diferentes variantes, y se consolidan los modelos de mano dura en seguridad, el recorte de derechos de las mujeres y las minorías, y alianzas en la estela de Trump
Se hace llamar El Tigre, se encomienda solo a “Dios” y al “Pueblo” y dice poner “la verdad total sobre la mesa”. Cuando ganó la primera vuelta, para sorpresa de muchos análisis y pronósticos, aseguró que su triunfo supone “la derrota total de los políticos de siempre, de los partidos de siempre”. Pese a su retórica rupturista, el ultra Abelardo de la Espriella acaba de meter a Colombia, con su ajustada victoria en las presidenciales, en la tendencia que ha dominado en 12 elecciones en América Latina en tres años, la del avance de la derecha y la extrema derecha en sus múltiples versiones.
De la Espriella pertenece a la más radical, personalista y heterodoxa, como la que encarna desde 2023 Javier Milei en Argentina, quien se identifica a sí mismo como un león, y desde antes Nayib Bukele en El Salvador, reelegido en 2024 mediante una artimaña legal. Los tres son fieles admiradores y aliados de Donald Trump, en una región que Estados Unidos ahora considera con agresividad su área de influencia hegemónica y que, con las excepciones de los gigantes México y Brasil, y también la Guatemala de Bernardo Arévalo y el Uruguay de Yamandú Orsi, consolida el camino a la derecha.
“Es una tendencia, sin duda, y es una derecha nueva”, dice Steven Levitsky, profesor de Gobernanza en la Universidad de Harvard, especialista en América Latina y autor del ensayo Así mueren las democracias (2018). “Es muy distinta de la que había en los primeros 2000, con Sebastián Piñera [Chile], Vicente Fox [México], Pedro Pablo Kuczynski [Perú]… que era más liberal, con un énfasis en la economía y el libre mercado, respetaba la democracia y no le importaban cuestiones como el feminismo, el aborto o los derechos LGTBI”, afirma. “Ahora es una derecha en la que la seguridad y las batallas culturales son más importantes, con la excepción de Milei que es muy promercado y prioriza la economía. Es una derecha menos liberal, ataca los derechos de las minorías y tiene en general una relación más precaria con la democracia”.

Dos semanas antes que Colombia, Perú acudió a las urnas para elegir a su noveno presidente en una década. En medio de la inestabilidad política de los últimos años y la polarización extrema, la derechista Keiko Fujimori roza la victoria con una ventaja mínima de unos 40.000 votos. Es la virtual ganadora con el foco en el orden y la mano dura contra la inseguridad, que es una de las grandes preocupaciones ciudadanas en Lima y en general, en toda América Latina. Y cuando esto sucede, la derecha suele capitalizar en elecciones ese miedo que impacta directamente en la vida cotidiana, en una región que sufre la violencia provocada por el narcotráfico y nuevas economías criminales.
El empleo de términos anacrónicos como “comunista” para describir al rival, las actitudes machistas ―De la Espriella suele presumir del tamaño sus genitales como hizo ante una periodista que se sintió acosada―, los ataques a derechos como el aborto, la homofobia y el manejo experto en redes sociales forman parte del repertorio de una derecha bien conectada entre sí en la región y más asertiva. “Antes nadie decía que era de derechas, todos hablaban del centro, pero hoy lo dicen sin complejos, incluso entre los jóvenes, que aunque están muy polarizados, ya no es evidente que tengan que ser de izquierdas”, señala Pablo Stefanoni, doctor en Historia por la Universidad de Buenos Aires, ensayista y periodista.
Si a De la Espriella no le ha impedido ganar su lenguaje político violento, ni los vínculos con los paramilitares denunciados por su rival, las actitudes machistas ni las burlas a las personas LGTBI, a Keiko Fujimori tampoco le ha arrebatado la victoria, aunque sea a la cuarta y por muy poco, su abrazo al legado manchado por la corrupción y la violación de derechos humanos de su padre, el autócrata Alberto Fujimori. El apoyo de José Antonio Kast a la dictadura de Augusto Pinochet no le cortó el paso a la presidencia en Chile, ni a Milei el presentarse con un programa de recortes salvajes del Estado, la famosa “motosierra”. El ultraderechista Flávio Bolsonaro recoge el legado de su padre, golpista encarcelado, y ahí está peleando por disputarle al izquierdista Luiz Inácio Lula da Silva la presidencia de Brasil en octubre.

El hecho de que una mayoría de 12 países latinoamericanos ―de 16 analizados de entre los que celebran elecciones―, estén gobernados por derechas en América Latina no implica, sin embargo, “que las grandes mayorías de la región se hayan volcado a la derecha, donde quizá solo Bukele tiene un apoyo masivo”, tal y como subraya Levitsky. Debajo de los números y de las diferencias entre derechas en cada país, como se ve en Colombia y Perú, late con fuerza otra tendencia que explica en parte por qué ganan elecciones, y es “el tremendo nivel de descontento hacia el statu quo y hacia el oficialismo”, afirma.
Esto sucede en un continente en el que la pandemia dejó profundas heridas, también económicas, y cuando la conversación pública pasa por las redes sociales, que amplifican y privilegian los mensajes más extremistas. “En una época de enojo y frustración de la ciudadanía, en la que existe la sensación de que ya todo se probó, en la que hubo alternancia de izquierda y derecha, se valora el discurso antisistema”, explica Stefanoni. “Es donde venden los outsiders y los radicales, que proyectan una imagen de supuesta autenticidad contra la política tradicional”, afirma.
Dos ejemplos de reacción a la contra son los casos de Colombia, que ha pasado de la izquierda de Gustavo Petro a la ultraderecha de De la Espriella, y Chile, que pasó de la izquierda renovadora de Gabriel Boric a la ultraderecha de José Antonio Kast. En tres meses como presidente, Kast está aplicando su agenda de recortes sociales, reducción de impuestos e iniciativas como eliminar el lenguaje inclusivo en los servicios públicos y la creación de un registro de incivilidades para sancionar ―dejando sin ayudas de vivienda o sin carnet de conducir a quien las cometa― conductas como beber alcohol en la calle o tirar escombros sin permiso municipal.
“En esta derecha hay un aprendizaje, se da cuenta de que no es suficiente con la gestión económica para frenar al progresismo. Así que ahora recuperan discursos de la Guerra Fría, el anticomunismo, la idea de que hay que castigar al progresismo, de que es el enemigo… ahí aparece la batalla cultural desde la derecha”, analiza Ariel Goldstein, sociólogo e investigador de las derechas en América Latina. “Incluye a muchos varones jóvenes, se exalta el emprendedurismo y el esfuerzo personal. El mensaje es ‘tu economía personal no ha mejorado, incluso ha empeorado, pero los culpables, los cucas [de cucarachas, como se refiere Milei a los kirchneristas], van a ser castigados, vamos a encerrar a Cristina Kirchner”, añade.
Muchos de estos rasgos coinciden en De la Espriella en Colombia y están en las antípodas de la imagen austera y sensata que proyecta el izquierdista Iván Cepeda. Mientras el primero se mueve en avión privado, cobra por sus camisetas de campaña con el tigre y ha desplegado una apabullante y experta actividad en redes sociales, el segundo ha hecho campaña en las plazas de los pueblos desplazándose en vuelos comerciales. “Los propios votantes están fascinados con el espectáculo electoral que ha introducido De la Espriella y ese no lo dan los centristas ni los moderados”, indica la internacionalista de la Universidad de Los Andes Sandra Borda.

El desgaste de la izquierda
A todo esto también contribuye la propia actitud de la izquierda, que da signos de agotamiento, aunque en el caso de Colombia ha perdido por muy poco, como en Perú. “Ofrece un discurso más de pasado que de futuro, cuando gobernó hizo unas reformas sociales limitadas e interpela menos a los jóvenes”, indica Stefanoni. Para Levitsky, “ahora mismo la única fuerza política que tiene proyecto y que genera pasión es la ultraderecha. No tienen la mayoría, pero creen en algo, a diferencia de lo que sucede con el centroderecha, la socialdemocracia o la izquierda tradicional”.
Las derechas además son capaces de sumar a otras fuerzas “como a los evangélicos, por ejemplo, o el apoyo de los tecno oligarcas”, apunta Goldstein, y se organizan “en redes como la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) o en foros entre países, como el Escudo de las Américas de Trump”. Frente a esto, plantea, “la izquierda apenas ha logrado sumar nuevos apoyos”. De hecho, para el historiador del Colegio de México Rafael Rojas, esta derrota de la izquierda en Colombia, aunque muy ajustada, “es la confirmación de que el bloque bolivariano está desarticulado, y la izquierda colombiana tendrá ahora que reinventarse tomando distancia de él, algo que Cepeda ya había empezado a hacer, a diferencia de Petro”, explica.
Ley y orden, mano dura, tolerancia cero a la criminalidad. Son fórmulas que evocan la contundencia que espera buena parte del electorado en una región muy violenta —con una elevada tasa mediana de 17,6 homicidios por cada 100.000 habitantes, según Insight Crime—, en la que prolifera como nunca la extorsión.
El modelo de Bukele en El Salvador es el más extremo. Impuso el estado de excepción, sacó al Ejército a la calle y creó una megacárcel en la que los miembros de las maras cumplen largas penas de prisión hacinados y engrilletados con sus uniformes blancos y la cabeza rapada. Varias organizaciones han documentado desde 2022 violaciones de los derechos humanos, torturas, desapariciones y asesinatos en el país, donde se ha reducido drásticamente la criminalidad.
Esa receta ha tenido mucha repercusión en países como Ecuador, que ha visto un aumento descontrolado de la violencia en muy poco tiempo. Daniel Noboa ganó en 2023 como lo contrario al correísmo de su rival y en 2025 arrasó con sus promesas de mano dura contra las mafias y el narco que han hecho de Ecuador el más violento de la región. Pese a militarizar las cárceles y decretar continuos estados de excepción, no ha logrado frenar la espiral violenta.
También la derechista Laura Fernández ganó en Costa Rica este febrero con promesas de mano dura contra el crimen, en un país que en los últimos años ha sufrido un fuerte deterioro de la seguridad. Mientras durante la campaña se construía una megacárcel en el país como la de Bukele, con visita del salvadoreño a las obras incluida, ahora que gobierna ha lanzado una batería de medidas que incluye acabar “con la vagabunderías en las cárceles”, y plantea que los presos no tengan derecho al ocio y trabajen para su manutención, una idea similar a la que lanzó en campaña Fujimori, que los encarcelados trabajen por su propia comida.
En el tema de la seguridad, “las derechas no son necesariamente más eficaces, pero la receta más simple y el marketing de la crueldad compensan la dificultad de resolver un problema complejo, la oferta de mano dura suena más rupturista”, explica Stefanoni. Pero sucede que contener la criminalidad, cada vez más violenta, sofisticada y diversificada, no es precisamente sencillo. “Se produce una asimetría temporal de las promesas de izquierda y derecha. La promesa progresista es que vas a poder vivir mejor, con educación y salud. Esto lleva años, si es que se puede cumplir. Pero la promesa de la derecha es de castigo y son cosas inmediatas, como, por ejemplo, cerrar el Ministerio de la Mujer [como hizo Milei en 2024]”, afirma Goldstein.
En el caso de Colombia, más que promesas, De la Espriella vende conceptos como la “patria milagro”. Un ejemplo es su propuesta de terminar con el conflicto armado de décadas en 90 días. Aunque matizó y reculó conforme se acercaba la votación, el modelo punitivo, de bombardeos con ayuda de Estados Unidos a los grupos armados y de megacárceles a lo Bukele sigue ahí, todo esto frente a un rival, Cepeda, que hablaba de “seguridad humana” y de un enfoque integral que aplique los acuerdos de paz pactados con las FARC en 2016.
De la Espriella va a gobernar rodeado de aliados ideológicos en otros países, lo han felicitado por su victoria todos ―incluidos ultras de otras partes del mundo como Benjamin Netanyahu y Santiago Abascal en España―, pero lo más complicado será transformar milagros en medidas concretas y hacerlo sin acudir a aliados “de los de siempre”, menos aún con una victoria tan ajustada.
Fuente: EL PAIS

