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Colombia, las elecciones y las opciones antidemocráticas

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Dos visiones de país se disputan la presidencia de Colombia este 29 de mayo. Pero las y los votantes que acudirán a las urnas probablemente no decidirán en torno a las posiciones opuestas que durante más de una década polarizaron al país entre derecha e izquierda. En cambio, los colombianos deben decidir entre un modelo excluyente, neoliberal y apegado a las viejas costumbres —con escándalos de corrupción y desidia frente a las violaciones a los derechos humanos— y una opción que pretende revolucionar el modelo económico, político y social, que aún produce miedo entre los sectores de centro y derecha.

El primer modelo, encarnado por el candidato Federico Gutiérrez, enfrenta el desgaste del gobierno de Iván Duque, que ha llegado a su punto más bajo con índices que oscilan entre 57 y 89% de desfavorabilidad y solo reporta números positivos (70%) en la vacunacióncontra el COVID-19. Pero por encima de esta dificultad, está su propia personalidad: Gutiérrez es un candidato ramplón, que en vano intenta imitar al Duque ganador de 2018 y que en sus intervenciones públicas ha mostrado que no ofrece soluciones ni el talante para manejar un país con las dificultades de violencia, desempleo, crisis económica y corrupción que presenta Colombia.

Es tal vez por estos motivos que no se ve un acompañamiento sólido a Gutiérrez, como sí lo tuvo Duque hace cuatro años. Líderes históricos que respaldaron (y respaldan) al actual presidente, encabezados por dos expresidentes, Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, han estado ausentes en la plaza pública y poco se han untado de pueblo. Ante la soledad de Gutiérrez, el exmandatario y presidente del Partido Liberal, César Gaviria, ha anunciado que saldrá de su mansión para llevar de la mano al candidato en las horas próximas al día de elecciones, en un último intento por sumar nuevos votos.

En la otra orilla se ubica Gustavo Petro, favorito en todas las encuestas desde que comenzó la campaña. Aunque está cerca de la meta que se impuso de ganar en primera vuelta, no parece posible que logre cautivar a tantos como para lograr la anhelada cifra de mitad más uno de los votos, lo que le daría la victoria sin necesidad de una segunda ronda electoral. Ninguna de las encuestas lo muestra aún tan cerca como para alcanzarla.

Es la tercera vez que el exguerrillero Petro lo intenta y, sin duda, todavía asusta, por ideas como quitarle el poder a los fondos privados de pensiones, el ataque frontal a la corrupción o su propuesta de reformar la salud para acabar con los grandes negocios que este sistema representa. Pero el Petro de 2010 o de 2018 —más parecido a un Hugo Chávez en Venezuela, o a un Pedro Castillo en Perú—, al que acusaban de radical, terrorista y castrista, ya no existe. Hoy es más un estadista, alguien estilo Michelle Bachelet o José Mujica, con una plataforma de gobierno que surge de un análisis cuidadoso y profundo sobre la realidad colombiana, y que corresponde integralmente al mandato garantista e incluyente de la Constitución de 1991, que su organización guerrillera (el M-19) escribió, después de su desmovilización, junto a todos los partidos tradicionales de Colombia de la época.

El miedo que despierta Petro se sustenta, además, en su propia personalidad: prepotente, terca y a veces excesivamente desafiante. Sus asesores han trabajado arduamente para revertir ese hándicap, y hoy luce mucho más reposado y conciliador. Si logrará convencer o no a los votantes de este nuevo cariz, solo se sabrá el día de las elecciones.

Lo cierto es que la campaña muestra hoy un desbalance entre los dos candidatos principales y los otros cuatro aspirantes a la primera magistratura de Colombia, que están demasiado rezagados. Solo uno de ellos, el independiente —aunque de derecha— Rodolfo Hernández, ha subido varios puntos, y ha surgido la esperanza de que pueda sobrepasar a Gutiérrez, algo que parece difícil sin maquinarias políticas a favor del sorpresivo fenómeno.

De esta manera, si hay segunda vuelta, Petro y Gutiérrez se volverán a ver las caras y el rumbo que tome la puja dependerá de a quién apoyen las campañas perdedoras. Y si Petro logra ganarle a Gutiérrez, como sugieren la mayoría de las encuestas, podría tomar forma un nuevo problema que ha comenzado a evidenciarse: ¿Estarán dispuestos quienes tienen el poder a entregarlo?

El propio Duque parece nervioso. Hace unos días presentó un proyecto de ley para regular el empalme entre el equipo presidencial saliente y el entrante. En esta iniciativa incluyó un artículo que otorgaba el carácter de confidencial a temas “sensibles” como seguridad nacional o gastos reservados. El polémico artículo fue retirado, por absurdo e inconstitucional. Sin embargo, esto evidenció el temor de que un opositor tenga acceso a documentos claves en materia de gastos militares o, incluso, a contratos confidenciales —y dudosos— como las compras de vacunas para el COVID-19, que el gobierno no ha querido divulgar.

Además, está el ruido de sables de hace unas semanas, con una actitud desafiante de los militares más recalcitrantes —varios de ellos envueltos en polémicas por falsos positivos, los muertos del Paro Cívico de 2021 y escándalos que los vinculan con la criminalidad—. El principal es el comandante del Ejército, Eduardo Zapateiro, quien ha sido denunciado de participación en política por una serie de trinos agresivos contra Petro, en una aparente violación al artículo 219 de la Constitución, que dice: “La fuerza pública no es deliberante”.

Ante este ambiente crispado, la duda que asalta es que, si gana Petro, la derecha podría ceder a la tentación de convertir en realidad la sombra de un golpe militar, encendiendo a una oposición que ha llenado plazas y difícilmente se conformará con una decisión de facto. Por esta preocupación, han surgido iniciativas como la de un grupo de académicos, que propuso a los candidatos suscribir un pacto que incluye la aceptación de los resultados.

Con las cosas así, no parece posible que el 29 de mayo alguno de los dos gane en primera vuelta. Pero Petro, sobre todo, lo está intentando, entendiendo que el lema de “ToconPe” (todos contra Petro), que la derecha montó en 2018, va a repetirse. Quedan días frenéticos, en los que Federico Gutiérrez, Rodolfo Hernández y Gustavo Petro van a darla toda para convencer a los electores de que su modelo de país es el que más conviene para sacarlo de la crisis en la que se encuentra.

Fuente: Washington Post

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Dos visiones de país se disputan la presidencia de Colombia este 29 de mayo. Pero las y los votantes que acudirán a las urnas probablemente no decidirán en torno a las posiciones opuestas que durante más de una década polarizaron al país entre derecha e izquierda. En cambio, los colombianos deben decidir entre un modelo excluyente, neoliberal y apegado a las viejas costumbres —con escándalos de corrupción y desidia frente a las violaciones a los derechos humanos— y una opción que pretende revolucionar el modelo económico, político y social, que aún produce miedo entre los sectores de centro y derecha.

El primer modelo, encarnado por el candidato Federico Gutiérrez, enfrenta el desgaste del gobierno de Iván Duque, que ha llegado a su punto más bajo con índices que oscilan entre 57 y 89% de desfavorabilidad y solo reporta números positivos (70%) en la vacunacióncontra el COVID-19. Pero por encima de esta dificultad, está su propia personalidad: Gutiérrez es un candidato ramplón, que en vano intenta imitar al Duque ganador de 2018 y que en sus intervenciones públicas ha mostrado que no ofrece soluciones ni el talante para manejar un país con las dificultades de violencia, desempleo, crisis económica y corrupción que presenta Colombia.

Es tal vez por estos motivos que no se ve un acompañamiento sólido a Gutiérrez, como sí lo tuvo Duque hace cuatro años. Líderes históricos que respaldaron (y respaldan) al actual presidente, encabezados por dos expresidentes, Álvaro Uribe y Andrés Pastrana, han estado ausentes en la plaza pública y poco se han untado de pueblo. Ante la soledad de Gutiérrez, el exmandatario y presidente del Partido Liberal, César Gaviria, ha anunciado que saldrá de su mansión para llevar de la mano al candidato en las horas próximas al día de elecciones, en un último intento por sumar nuevos votos.

En la otra orilla se ubica Gustavo Petro, favorito en todas las encuestas desde que comenzó la campaña. Aunque está cerca de la meta que se impuso de ganar en primera vuelta, no parece posible que logre cautivar a tantos como para lograr la anhelada cifra de mitad más uno de los votos, lo que le daría la victoria sin necesidad de una segunda ronda electoral. Ninguna de las encuestas lo muestra aún tan cerca como para alcanzarla.

Es la tercera vez que el exguerrillero Petro lo intenta y, sin duda, todavía asusta, por ideas como quitarle el poder a los fondos privados de pensiones, el ataque frontal a la corrupción o su propuesta de reformar la salud para acabar con los grandes negocios que este sistema representa. Pero el Petro de 2010 o de 2018 —más parecido a un Hugo Chávez en Venezuela, o a un Pedro Castillo en Perú—, al que acusaban de radical, terrorista y castrista, ya no existe. Hoy es más un estadista, alguien estilo Michelle Bachelet o José Mujica, con una plataforma de gobierno que surge de un análisis cuidadoso y profundo sobre la realidad colombiana, y que corresponde integralmente al mandato garantista e incluyente de la Constitución de 1991, que su organización guerrillera (el M-19) escribió, después de su desmovilización, junto a todos los partidos tradicionales de Colombia de la época.

El miedo que despierta Petro se sustenta, además, en su propia personalidad: prepotente, terca y a veces excesivamente desafiante. Sus asesores han trabajado arduamente para revertir ese hándicap, y hoy luce mucho más reposado y conciliador. Si logrará convencer o no a los votantes de este nuevo cariz, solo se sabrá el día de las elecciones.

Lo cierto es que la campaña muestra hoy un desbalance entre los dos candidatos principales y los otros cuatro aspirantes a la primera magistratura de Colombia, que están demasiado rezagados. Solo uno de ellos, el independiente —aunque de derecha— Rodolfo Hernández, ha subido varios puntos, y ha surgido la esperanza de que pueda sobrepasar a Gutiérrez, algo que parece difícil sin maquinarias políticas a favor del sorpresivo fenómeno.

De esta manera, si hay segunda vuelta, Petro y Gutiérrez se volverán a ver las caras y el rumbo que tome la puja dependerá de a quién apoyen las campañas perdedoras. Y si Petro logra ganarle a Gutiérrez, como sugieren la mayoría de las encuestas, podría tomar forma un nuevo problema que ha comenzado a evidenciarse: ¿Estarán dispuestos quienes tienen el poder a entregarlo?

El propio Duque parece nervioso. Hace unos días presentó un proyecto de ley para regular el empalme entre el equipo presidencial saliente y el entrante. En esta iniciativa incluyó un artículo que otorgaba el carácter de confidencial a temas “sensibles” como seguridad nacional o gastos reservados. El polémico artículo fue retirado, por absurdo e inconstitucional. Sin embargo, esto evidenció el temor de que un opositor tenga acceso a documentos claves en materia de gastos militares o, incluso, a contratos confidenciales —y dudosos— como las compras de vacunas para el COVID-19, que el gobierno no ha querido divulgar.

Además, está el ruido de sables de hace unas semanas, con una actitud desafiante de los militares más recalcitrantes —varios de ellos envueltos en polémicas por falsos positivos, los muertos del Paro Cívico de 2021 y escándalos que los vinculan con la criminalidad—. El principal es el comandante del Ejército, Eduardo Zapateiro, quien ha sido denunciado de participación en política por una serie de trinos agresivos contra Petro, en una aparente violación al artículo 219 de la Constitución, que dice: “La fuerza pública no es deliberante”.

Ante este ambiente crispado, la duda que asalta es que, si gana Petro, la derecha podría ceder a la tentación de convertir en realidad la sombra de un golpe militar, encendiendo a una oposición que ha llenado plazas y difícilmente se conformará con una decisión de facto. Por esta preocupación, han surgido iniciativas como la de un grupo de académicos, que propuso a los candidatos suscribir un pacto que incluye la aceptación de los resultados.

Con las cosas así, no parece posible que el 29 de mayo alguno de los dos gane en primera vuelta. Pero Petro, sobre todo, lo está intentando, entendiendo que el lema de “ToconPe” (todos contra Petro), que la derecha montó en 2018, va a repetirse. Quedan días frenéticos, en los que Federico Gutiérrez, Rodolfo Hernández y Gustavo Petro van a darla toda para convencer a los electores de que su modelo de país es el que más conviene para sacarlo de la crisis en la que se encuentra.

Fuente: Washington Post

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