Del 12 de agosto al 4 de noviembre, la Orquesta Sinfónica Nacional recorrerá cinco paradas desde la presión histórica a la resurrección mahleriana.
Una temporada sinfónica puede leerse como un calendario de conciertos, pero también como un mapa. En ese mapa, cada programa marca una estación, cada compositor abre una temperatura emocional y cada obra propone una forma distinta de escuchar el mundo.
La Temporada Sinfónica 2026 de la Orquesta Sinfónica Nacional, presentada en el marco de sus 85 años, tiene precisamente esa cualidad: no avanza como una simple sucesión de fechas, avanza como un viaje. Del 12 de agosto al 4 de noviembre, en la Sala Carlos Piantini del Teatro Nacional Eduardo Brito, la principal institución musical del país recorrerá cinco paradas que van de la presión histórica a la resurrección mahleriana.
Para esta temporada, esa historia la componen nombres de enorme peso: Dvořák, Shostakovich, Dukas, Saint-Saëns, Fauré, Rimski-Kórsakov, Falla, Molina, Mendelssohn, Rachmaninoff, Wagner y Mahler. Trascendamos del programa de mano e imaginémoslos como estaciones: una travesía por la memoria, el miedo, el color, la identidad, el drama y la esperanza. Este es el viaje de la Temporada Sinfónica 2026.
Primera estación: la presión
La temporada abrirá el 12 de agosto bajo la dirección de José Antonio Molina, con la Séptima Sinfonía de Antonín Dvořák y la Quinta Sinfonía de Dmitri Shostakovich. Es un comienzo de gran densidad. En la Séptima Sinfonía no encontramos una postal amable, sino una afirmación intensa, atravesada por sombras y por una energía que parece venir de muy adentro.
Después llega Shostakovich, una de las voces más inquietantes del siglo XX. Su Quinta Sinfonía conserva el temblor de una época en la que componer podía significar obedecer, resistir, disfrazar, callar o decir demasiado.

Segunda estación: la imaginación
El 26 de agosto, la temporada cambia de clima con la dirección invitada de Jaime Morales y la participación de Adriana Garcell al cello. El programa reúne El aprendiz de brujo de Paul Dukas, el Concierto para violonchelo No. 1 de Camille Saint-Saëns, Élégie de Gabriel Fauré, Capricho español de Rimski-Kórsakov y las suites de El sombrero de tres picos de Manuel de Falla.
Esta es la estación del color, la fantasía y la teatralidad. Dukas abre una puerta conocida por muchos gracias al imaginario de Disney, aunque su obra contiene una advertencia más profunda: el aprendiz desata fuerzas que todavía no comprende. Saint-Saëns y Fauré, por su parte, permiten que el violonchelo ocupe el centro expresivo de la noche. La presencia de Garcell tiene valor adicional porque recuerda que una orquesta nacional crece cuando sus propios músicos aparecen como protagonistas. Luego, Rimski-Kórsakov y Falla llevarán la sala hacia una imaginación más brillante, rítmica y escénica.
Tercera estación: la identidad
El tercer concierto, previsto para el 2 de septiembre, estará bajo la dirección de Santy Rodríguez, director asistente de la OSN, y contará con la violinista Scarlett Martínez como solista. El programa une Vuela, Sarambo, vuela…, segundo movimiento del Cuarteto Caribeño de José Antonio Molina, el Concierto para violín en Mi menor de Felix Mendelssohn y la Segunda Sinfonía de Serguéi Rachmaninoff.
La presencia del Molina compositor, dentro de una temporada dominada por grandes nombres del repertorio universal, coloca a la música académica dominicana en diálogo “de tú a tú” con el canon desde el escenario principal, con ambición estética y sin complejo. Mendelssohn y Rachmaninoff, por su parte, exigen elegancia, claridad y una técnica que debe parecer natural aunque sea dificilísima. En manos de Scarlett Martínez, el concierto para violín puede convertirse en una oportunidad para mostrar continuidad generacional y solvencia interpretativa.
Cuarta estación: el drama
El 7 de octubre llegará Wagner, nuevamente bajo la dirección de José Antonio Molina, en un programa musical próximamente a desvelar. Aunque todavía no se conocen las obras, la sola presencia de Wagner define una estación completa. En su universo, la orquesta no acompaña la emoción: la construye, la anticipa y la convierte en destino. Wagner entendió la música como una fuerza capaz de levantar mundos enteros, con mitos, deseos, sombras y conflictos que se reconocen antes de ser explicados.
Quinta estación: la resurrección
La temporada cerrará el 4 de noviembre con una gala de aniversarios: 85 años de la Orquesta Sinfónica Nacional y 40 años de Fundación Sinfonía. Para esa noche se ha reservado la Segunda Sinfonía de Gustav Mahler, Resurrección. Es una elección de enorme peso simbólico: Mahler es el compositor que metió al mundo entero dentro de una sinfonía, en su música caben la marcha, el canto, la duda, la infancia, la muerte, el temblor religioso y la necesidad humana de encontrar sentido después del derrumbe.
Resurrección exige una gran orquesta, solistas, coro y una visión capaz de sostener un arco emocional inmenso. No se llega a su final de manera ligera: hay que atravesar zonas de oscuridad, memoria y espera. Por eso su presencia en la clausura resulta tan poderosa: una institución que cumple 85 años sabe algo de permanencia, crisis, renovación y esfuerzo colectivo. Cada temporada implica volver a empezar, volver a convocar, volver a ensayar y volver a creer que una sala llena puede escuchar unida.
Fuente: el Caribe

