Escrito Por: Tamara Tenenbaum*
TAMARA TENENBAUM se infiltró en una boda fastuosa en Ciudad de México para entender qué significa casarse hoy. Entre tragos, bailes y arreglos florales del casamiento indio de una pareja estadounidense joven y muy rica, llegó a la conclusión de que hay algo de ir contra la corriente en el simple hecho de organizar semejante ceremonia. Y que casarse puede ser una forma de reivindicación del amor en una época de soledad y aislamiento.

Distintas amigas y amigos míos que no son amigos entre sí ni parecen tener armado un complot para volverme loca me insisten, desde hace ya años, con que “volvieron los casamientos”. Digo lo del complot porque a veces me pone los pelos de punta la insistencia en la anécdota que contradice los datos: en ningún país del mundo está subiendo la tasa de nupcialidad, y mucho menos en Argentina. En algunos países hubo un rebote mínimo en 2023 a raíz de las bodas “demoradas” durante la pandemia, pero el impulso se frenó muy rápidamente, y la tendencia a la caída, que lleva casi cuatro décadas, retornó sin grandes cambios. Por poner de ejemplo a nuestro país, la tasa de nupcialidad pasó de alrededor de 7 matrimonios por mil habitantes en 1980 a menos de 3 por mil en la actualidad. Es decir: en términos relativos, los casamientos se redujeron más de la mitad (1). Traté de convencer a la gente a mi alrededor de que efectivamente esto era así como es: de que si una siente que ahora “todo el mundo se casa” o “todo el mundo se embaraza” es porque, incluso si son poquísimas hoy las personas que se casan y se embarazan, en términos históricos, son personas de nuestra edad y nuestro medio social. Si sos una persona de clase media o alta, de entre treinta y cuarenta y cinco años, los que se están casando son tus amigos, tus colegas, tus ex compañeros de colegio o de universidad. (Otra cosa que la gente de clase media no acepta: es mentira que casarse “es de rico y de pobre”; es de rico y punto: la correlación del matrimonio con el ingreso es lineal, no de campana invertida) (2). Es lógica, entonces, la sensación de que lo está haciendo todo el mundo: quizás lo esté haciendo todo tu mundo.
En medio de esa conversación intermitente que reaparecía cada vez que alguna conocida inundaba nuestros feeds con sus fotos de registro civil, libreta roja entre los dedos y esos vestidos blancos minimalistas que ya son típicos de novia atípica, Bad Bunny organizó una boda (no un simulacro: una boda de verdad) en su legendario concierto en el entretiempo del Super Bowl 2026. Se habló mucho de una imagen: un nene chiquito durmiendo entre dos sillas, recuerdo velado dedicado a todos los niños migrantes separados de sus padres en la frontera por el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos (ICE, por su sigla en inglés), pero, sobre todo, homenaje a esa costumbre latinoamericana histórica de llevar a los hijos a cualquier parte; no solo adonde los adultos tengan que ir, sino también adonde simplemente quieran ir. Es todo un poco posmoderno, para bien y para mal, pero más allá de las valoraciones es interesante que esta reivindicación de un grupo subalterno que hace Bad Bunny deviene, en esta licuadora que son las redes sociales, en una suerte de reivindicación aspiracional. En el mundo de los átomos, los latinos en Estados Unidos están siendo discriminados y activamente perseguidos; en Instagram, ese universo paralelo más real que la realidad, lo latino es canchero, y no solo entre los progres. Empecé a investigar y entonces me enteré de que Ciudad de México se convirtió en un lugar muy popular para eso que hoy llaman “bodas destino”: un casamiento en otra ciudad, lejos del lugar de residencia de los novios, para el que todos los invitados viajan a vivir una especie de Gran Hermano con un grupo de amigos medio azaroso y la familia extendida de los que se casan durante un fin de semana. “Los latinos saben divertirse”, leo en Twitter en una discusión sobre estas bodas.

Siguiendo el recorrido por la madriguera cibernética llego a una serie de debates sobre un tema que está muy candente en redes sociales hace bastante: las bodas child free, donde los niños y las niñas están prohibidos. En todo el mundo (sobre todo en el Primer Mundo), muchos lugares se están constituyendo, como política, en espacios “libres de infancias”: hoteles, bares, restaurantes. Como persona que hasta hace menos de un año no tenía hijos, lo entiendo perfectamente, y de hecho creo que está bien: el sentido común te debería decir que una criatura de dos años no tiene nada que hacer en un spa o en un bar de tragos, pero en una época con tan pocas ideas en común termina siendo necesario explicitar consensos que ya no son tales. Los casamientos, sin embargo, parecen ser un punto sensible: sobre todo en Estados Unidos, uno de los pocos países del mundo en que, aunque ha bajado, la tasa de nupcialidad sigue siendo comparativamente alta en relación con otros (3). Aparentemente es cada vez más frecuente recibir invitaciones a bodas en las que se explicita que los niños no son bienvenidos. Un casamiento no es un hotel de lujo ni una vinoteca: es, en esencia, un evento familiar. Pero un casamiento, justamente, implica una mezcla de existencias y registros de esas que molestan a los obsesivos y a los puritanos (o sea, a los estadounidenses): hay niños y borrachos, tías abuelas y jóvenes solteros buscando plan, bebés gateando y gente perreando.
Es verdad que el individualismo rampante es en parte responsable de que se trate a los niños no como personas sino como molestias: “Yo no elegí tener hijos, así que no tengo por qué soportar al tuyo” es una idiotez que supone que un niño es un hobby caro y no un sujeto de derecho. Dicho lo cual, a ese retrato del individualismo neoliberal contemporáneo le falta una pata, y es la de los padres, que suelen ser tan egoístas y ensimismados como las personas sin hijos que se quejan. Todos tenemos que acomodarnos a la presencia del otro; los padres no pueden, entonces, reclamar que en un casamiento la gente se comporte como si estuviera en una escuela primaria o un pelotero. Me detengo sobre esto porque la conversación sobre si la gente se casa o no está muy vinculada, hoy, a la conversación sobre si la gente tiene hijos o no. En ambos casos la respuesta es la misma: no, más allá de lo que veas en Instagram, objetivamente la gente no se está casando y no está teniendo hijos. Esto último, con razón o sin ella, preocupa mucho a mucha gente, y a muchos Estados. El chiquito durmiendo entre dos sillas en el Super Bowl de Bad Bunny puso el dedo en la llaga: en una sociedad que sobreprotege a los niños al tiempo que los desprecia, que gasta millonadas en casamientos al tiempo que decide explícitamente prohibirle la entrada a la mitad más pequeña de la familia, Bad Bunny viene a recordar que es más simple. Que los matrimonios y las familias funcionan mejor cuando las cosas se hacen peor: cuando nos animamos a soltar la rutina del sueño del pibe por un rato, cuando nos despreocupamos por si escucha a los primos hablar de “cosas de grandes”. Por supuesto, la respuesta que el capitalismo tardío ofrece a esta inquietud no es que quizás deberíamos relajarnos un poco, sino más bien: ¿por qué no nos vamos a casar a México?
Cuando le cuento a la gente que estoy investigando las bodas destino en México con el objetivo de hacerme invitar a alguna para conseguir un poco de color para mi texto obtengo respuestas variadas. Hay un tipo de reacción que me parece fascinante: personas mexicanas que desconfían de mi premisa de que los casamientos todavía son importantes, pero están casadas o se han casado alguna vez, y están convencidas de que lo han hecho por alguna razón super específica y personal, pero que son algún tipo de excepción, y la gente ya no se casa tanto. Me pasa esto con varias personas, entre ellas mi amigo Daniel, que se ha casado no una, no dos, sino tres veces, pero cree que lo suyo es una rareza. Me vuelve a pasar con el bajista de una banda de jazz que vamos a ver con mi novio en Condesa unos meses después, cuando efectivamente logro conseguir una boda en la que infiltrarme: le parece raro lo que digo, aunque él “justo” se acaba de casar. Me divierte muchísimo esta paradoja, pero no me sorprende. Sé esto desde que escribí El fin del amor (4): todas las estadísticas están hechas de personas que se autoperciben como casos especiales.
Igual que en la moda y las canciones de trap, el concepto del lujo silencioso está completamente PASADO DE MODA en los casamientos fastuosos.
Son interesantes, en general, los prejuicios de las personas sobre los casamientos. Los argentinos a los que les hablo de esta nota y este viaje sí aceptan la premisa de que en México la gente todavía se casa, sobre todo en relación con Argentina. Lo que parece sorprenderlos, incluso al punto de negarlo, es que casarse sea de ricos. Una creencia muy común en Argentina es que casarse “es de ricos y de pobres”; la excepción, se supone, es la clase media. Imagino que este prejuicio dialoga con esa peculiaridad argentina según la cual casi todo el mundo se autopercibe de clase media, esté donde esté ubicado realmente en la pirámide socioeconómica (5). Se repite, también, esa creencia en la propia excepcionalidad que escuché en mis amigos mexicanos: la gente se sigue casando, pero nosotros ya no nos casamos. Quienes se autoperciben parte de una clase media ilustrada suponen que su parte de la sociedad ha avanzado mucho, se transforma y cambia permanentemente, pero imaginan trayectorias mucho más estáticas para los pobres y los chetos: la evidencia, sin embargo, no les da la razón. La tasa de nupcialidad, a diferencia de la de natalidad, que ha bajado de manera pareja en todos los niveles de ingreso, ha disminuido en cambio de manera mucho más desigual, y en una correlación muy clara con el nivel de ingreso. Casarse hoy es de ricos, en Argentina y en todo el mundo (incluso, de hecho, en México o en Colombia). La explicación es bastante sencilla: hacer un casamiento es un gasto, y en las clases populares la mayor aceptación social de las uniones de hecho implica que el gasto se vuelve suntuario, más que obligatorio (6). Llego entonces a una de las hipótesis fuertes de este texto: una boda, hoy, es literalmente un lujo. ¿Será por eso que las bodas son cada vez más lujosas? A medida que casarse va pasando de ser una marca universal de la adultez a convertirse en un símbolo de status, es lógico que los casamientos se vuelvan más extravagantes, en varios sentidos; que, como pasa con la ropa o los autos o los muebles de las casas, ya no alcance con hacer algo lindo. Hay que impresionar, sorprender. Si no, ¿para qué lo hacemos?
Las únicas que no cuestionan los datos son las verdaderas expertas. No hablo de demógrafas, ni de sociólogas, sino que uso la palabra experta como la usan los antropólogos, en el sentido de informante nativo: expertas en su cultura. Estoy hablando de las wedding planners.

Contacto a unas cuantas planners mexicanas, un poco para informarme y otro poco porque, ya lo dije, necesito hacerme invitar a una de estas bodas majestuosas. Con la que más termino hablando es con Valeria Carballo (7), una planner especializada en bodas destino que me dice que no habrá problema en infiltrarme en uno de sus eventos. Tiene sentido: Valeria hace casamientos muy grandes, en los que trabaja muchísima gente. Si te vestís de negro igual que el resto de los trabajadores no llamás la atención de nadie. Valeria, además, viene de una familia con historia en el rubro: sus padres (y, por lo que entiendo, también algunos tíos) trabajaban armando distintas formaciones musicales para casamientos. “Es cierto que hay menos casamientos que hace unas décadas –me dice, con confianza–, pero los que hay son más imponentes que nunca.” Me gusta conversar con ella e intercambiar teorías: no solo tiene pensado el tema, sino que lo tiene pensado con frialdad, aunque sea su métier, o quizás por eso mismo. Me cuenta, entonces, su propia hipótesis: “Antes la gente se casaba más joven, y era como el comienzo de algo. Ahora, en cambio, un casamiento es la culminación. Es un lugar al que uno ha llegado cuando ya tiene sus logros personales, profesionales. Y bueno, en parte la fiesta tiene que ser reflejo de eso: del lugar al que uno ha llegado. De hecho, antes siempre los pagaban los padres de los novios, y ahora muchas veces ya no es así, salvo que se trate de una familia muy tradicional, o muy rica”, me explica Valeria.
Investigando, noto que esta caracterización de Valeria está muy cerca de lo que la bibliografía llama capstone model of marriage, o el modelo del matrimonio como culminación. Para Andrew Cherlin, el sociólogo que desarrolló este enfoque en los tempranos 2000, el matrimonio contemporáneo (que, como decía Valeria, no es ya la transición hacia la adultez sino algo que sucede más tarde en la vida) ha dejado de ser un marcador de conformidad para ser un marcador de prestigio (8). Dado que el matrimonio ya no es estrictamente necesario para la supervivencia económica, la actividad sexual o la formación de una familia, su ubicuidad ha disminuido al tiempo que su status simbólico ha aumentado. Eso mismo, en otras palabras, piensa Valeria, y lo conecta en su rubro con una búsqueda de ostentación y sorpresa. Llegar en un caballo blanco, en un barco, en un carruaje antiguo; tres vestidos, cuatro vestidos, cinco vestidos; una fuente de chocolate, una pirámide de copas de champagne, una cascada de vodka; por lo que escucho, hay una especie de tensión entre querer seguir la última tendencia y la necesidad de superarla con algo que nunca se haya visto. “Hay que estar siempre corriendo la vara”, me dice Valeria, con una sonrisa pero seria.
Voy conversando con Valeria en los ratos que ella encuentra para charlar conmigo; es muy amable y tiene muchas ganas de conversar, pero también tiene muy poco tiempo. Cuando me pasa el excel de uno de los casamientos, lo entiendo: es como producir dos Lollapaloozas por semana. Se nota, también, que tiene experiencia en hablar con la prensa. Seguimos hablando y lo voy entendiendo: un par de veces ha hecho bodas para gente famosa, pero sobre todo, es la gente que no es famosa la que quiere que su boda aparezca en medios. Yo no sabía que esto seguía existiendo, pero parece que sí: las revistas femeninas (Vogue, Elle, etcétera) siguen teniendo sus “páginas de bodas”, lugares donde se cuentan casamientos. No suelen ser casamientos de gente famosa (esos van a las secciones de espectáculos o farándula), sino justamente de gente no conocida que hace bodas llamativas, por lo que sea: el lugar en el que se celebran, el diseñador del vestido, la estética, alguna atracción especialmente extravagante. “Una vez, una boda mía salió en Vogue –me cuenta Valeria–. A partir de eso, todas las novias pedían al mismo fotógrafo, porque suponían que él tenía los contactos para sacarlas en Vogue.” Igual que en la moda y las canciones de trap, el concepto del lujo silencioso está completamente pasado de moda. No tiene ninguna distinción hacer una boda pequeña y sencilla: todos, celebrities y no celebrities, quieren un casamiento despampanante, y sobre todo, salir en las revistas. Los ricos y famosos, en otra época, valoraban la privacidad: en la era de las redes sociales, parecería tan incomprensible como una reivindicación de la fealdad o el fracaso.
La teoría de Cherlin es muy anterior a las redes sociales, de modo que no incluye tan explícitamente esta dimensión de la visibilidad que hoy, en cambio, me parece clave. De hecho, todo lo que la mayoría de la gente que conozco piensa y dice sobre los casamientos, incluso todo lo que piensan y dicen a la hora de planear sus propios casamientos, viene de Instagram. Nadie dice que esté lleno de invitaciones: solo que ven los casamientos. Se produce, entonces, un efecto extrañísimo: muchísimas personas, sobre todo mujeres, sienten que son las únicas que no se casan ni se embarazan. Lo sienten tanto o más intensamente que las mujeres de otra época: el hecho de que sea muchísimo más común no hacer ninguna de esas dos cosas parece haber tenido mucha menos influencia de la que debiera en nuestros sentimientos sobre el tema. No es raro: jamás estuvimos más pendientes del pasto del vecino que ahora. Hay menos casamientos que nunca, objetivamente, pero nunca fueron tan visibles, tan evidentes, tan inevitables.
Hasta el último momento pienso que no voy a lograr ir al casamiento. Valeria me ha confirmado la invitación, pero no la dirección de las diversas locaciones, ni los horarios, ni cómo voy a hacer para que me dejen pasar. Faltan cinco días para el viaje y Valeria no me contesta. Entro en pánico: empiezo a imaginar un escenario en el que me pagaron todo un viaje con mi marido y mi hija bebé del que vuelvo con las manos vacías. Nunca fui buena cronista; hay varias razones –una es que, como ya es evidente, me termino enganchando más con las ideas que con los acontecimientos–, pero la más importante es que no soy muy buena produciendo: consiguiendo hablar con gente, entrar a lugares. Cada crónica que logro escribir es un verdadero milagro. Por suerte, una vez más, el milagro se produce: unas horas antes de mi vuelo a Ciudad de México Valeria me pasa el contacto de Elí, su marido, que trabaja con ella, y evidentemente tiene el teléfono un poco menos incendiado. Elí me pasa, primero, los datos de otro evento que tienen, fuera de la ciudad: es un casamiento judío y francés, de modo que entre mi apellido y que estoy haciendo un texto para Le Monde diplomatique es lógico que haya pensado que iba a ese. Le digo que voy al de CDMX y me explica: la recepción es en el Sofitel, el sangeet en el ex Convento San Hipólito y la ceremonia en General Prim 30. El sangeet es la fiesta: tal como me había adelantado Valeria, se trata de una boda india.

Llego a México un miércoles y el viernes a las 7 de la tarde estoy, con mi pantalón negro, mi remera negra y mi blazer negro, en el hall del Sofitel. Estuve ensayando en mi cabeza peleas y justificaciones por si no me dejaban entrar al casamiento; pero como siempre (este es el único talento de cronista que sí tengo) la mejor estrategia es entrar a paso firme, con una sonrisa segura. Es evidente, por mi modo de manejarme y porque no tengo ni una cámara, ni un ipad ni un headset, que no trabajo en el casamiento; pero a nadie parece importarle mucho. Los mozos que pasan con bandejas me ofrecen copas de champagne y bocaditos, confundidos por mi ropa que parece casi de staff pero no. No acepto nada, pero una vez que noto que nadie me mira me sirvo un té del surtidor de chai que hay justo antes de la entrada al salón.
La fiesta se va armando muy de a poco. Los invitados llegan desde distintos pisos: entiendo que todos o casi todos se están quedando en el Sofitel. Algunos llevan saris, kurtas y otras prendas indias cuyos nombres desconozco. Otros están vestidos con ropa occidental común, esos vestidos de volados y colores fuertes que usan las chicas en los casamientos en los países anglosajones, trajes bastante bien cortados en el caso de los varones. Los oigo hablar inglés, con acentos muy americanos; de hecho, cuando ya están casi todos, noto que más de la mitad son gringos. Están maravillados, igual que yo, en su primer casamiento indio.
Mientras la gente va llegando los novios y sus familias inmediatas hacen fotos. Recién entonces identifico quién es la novia, porque no va de blanco; como ella no va de blanco, cualquiera va de blanco, pero en realidad no cualquiera. Las gringas compañeras de universidad no se atreverían: siempre que alguien está de blanco se nota que es una tía o un tío de India, de los pocos que hay. Es bellísima, la novia; él también es apuesto, y me sonríe muy afablemente cuando me lo cruzo camino al baño. Algo en su manera de caminar y portar la ropa tradicional que lleva puesta me indica que él no es demasiado religioso. Luego lo veo tomar champagne con mucha naturalidad, cosa que entiendo no sucede en bodas indias tradicionales. Cuando los escucho hablar a él y a su novia noto que ninguno de los dos tiene acento indio; no suenan como migrantes, son tan estadounidenses como sus amigos rubios.
Antes de acercarme más a los invitados para seguir oyendo conversaciones, le pregunto a Elí, el marido de Valeria, si hay alguna restricción. “Lo más importante es no molestar a los fotógrafos –me dice–, ni a las creadoras de contenido que trajeron los novios de Canadá.” Noto, entonces, que hay como dos tipos de fotógrafo: un par de “clásicos”, digamos, con cámaras grandes, flashes y asistentes que les dan una mano con las luces y los lentes, y unas chicas con celulares. Los de las cámaras hacen las imágenes oficiales clásicas de las bodas, varias de las familias, un par de cada grupo de amigos, pero después de eso tratan de robar momentos casuales, capturar algo espontáneo para la posteridad. Las creadoras de contenido, en cambio, explican consignas y piden retomas. Me acerco a preguntarles su nombre y me pasan un perfil de Instagram: @onekahani, especialistas en creación de contenido de bodas de lujo para casamientos indios. Cuando Elí me dijo que eran de Canadá pensé que yo habría escuchado mal, pero no: Valeria puso a sus fotógrafos oficiales, especializados en atrapar el momento exacto en que salen volando cien globos o la amiga de la novia atrapa el ramo, y los novios contrataron a estas chicas, que ofrecen un servicio distinto. No el de un casamiento clásico, las fotos que tenían nuestros abuelos y nuestros padres, sino reportear una boda de gente común como si se tratara de una boda de celebrities. Ellas no solo toman fotos y hacen videos: eligen los momentos más hiteros y los acompañan con textos que siguen la tendencia, buscando que un casamiento de dos desconocidos se vuelva atractivo para gente que no los conoce. Buscando el viral, igual que hacen hace décadas las marcas y hace un poco menos de años, las personas.
Mientras tomo uno de los tragos con nombre de la novia que circulan en la carta armada para la ocasión, veo un cartel en el que no había reparado antes. Un chihuahua con sombrero mexicano dice “Let the fiesta begin”. Minutos después aparece un norteamericano bajito y simpático con un micrófono, que se presenta como el “MC” de la noche: es como una especie de animador pero mucho más involucrado de lo que se estila en Argentina, al menos en mi experiencia. Pide que levanten la mano los que vienen de Texas, los que vienen de Nueva York, los que vienen de Los Angeles. No menciona ninguna ciudad india, ni Mumbai ni Delhi; no entiendo si es una cuestión de corrección política o que realmente nadie viene de ahí. Veo un grupo de chicos de traje haciendo una coreografía en la terraza: son los amigos del novio, todos gringos blanco teta, practicando un baile Bollywood que evidentemente les toca hacer hoy o mañana. Mientras tanto, el MC avisa que hay un carrito de churros, porque “nadie puede venir a México y no comer churros”; dado que son las 10 de la noche y están sirviendo tragos y cena, yo creo que uno perfectamente puede evitar comer churros esté donde esté, pero son opiniones. El MC pasa otro anuncio parroquial: se ha habilitado la “henna station”, un lugar por el que todos los invitados pueden pasar a hacerse un tatuaje de henna, siguiendo una tradición hindú. Las tías indias, esas que vi vestidas de blanco cuando llegué, les explican el ritual a los norteamericanos que preguntan en un inglés sin errores. Escucho que algunas tienen acento indio, pero esos acentos lavados: creo que en efecto nadie vino de India, ellas deben vivir en Texas hace décadas, que es de donde es, hasta lo que entendí, la novia. Las chicas que hacen los tatuajes son mexicanas y les recomiendan restaurantes a las tías.
LA BAJA DE LA TASA DEnupcialidad Y LA BAJA DE LA TASA DE NATALIDAD SON PARTE DE UN MISMO FENÓMENO, QUE ES EL DE LAdisminución de las parejas en general.
Llega la parte de las coreos de Bollywood: parece que hay tantas preparadas que hoy van a hacer ya un par, aunque lo común es que eso se haga en el sanjeet. Mientras miro la que armaron los amigos, una especie de Backstreet Boys de dudoso estado físico y relaciones polémicas con la musicalidad y el ritmo, pienso que lo que estoy presenciando es el sincretismo entre tres grandes culturas de casamiento. India y Estados Unidos son dos lugares que, más allá de que participen de la tendencia global a la baja, siguen manteniendo tasas de nupcialidad relativamente altas. En ambos lugares los casamientos tienden a durar varios días y tener altos niveles de protocolización y reconocimiento social. En India es tradicional que duren entre tres y cinco días y que incluyan, cuando se trata de familias ricas, algunas celebraciones más íntimas y otras que abren sus puertas a todo el pueblo. Sigue siendo, además, una cultura en la que los matrimonios arreglados son populares, incluso entre personas que no son tan religiosas. Estados Unidos es, por supuesto, una sociedad mucho más laica y liberal que la india, pero así y todo los casamientos caros tienden a incluir fiestas de compromiso meses antes, rehearsal dinners en las que se ensaya la logística del casamiento con todos los invitados (una especie de fiesta bis antes de la fiesta, una PASO antes de la elección definitiva) y a veces hasta un desayuno o almuerzo a la mañana siguiente. A pesar de ser una sociedad laica y liberal hay muchas reglas sobre quién hace qué y quién se pone qué: están las damas de honor, los brindis muy reglados y, en los últimos años, hasta despedidas de soltera y soltero que se han vuelto casi obligatorias y que pueden implicar, igual que el casamiento, viajes. De hecho, aunque lo de casarse en otro país era una costumbre entre muchos nobles europeos, las bodas destinos tal como las conocemos hoy fueron inventadas en Estados Unidos en los 70, y es principalmente el mercado norteamericano el que hoy las sostiene. Yo que sigo mucho estos temas leo al menos cada dos o tres meses una nota sobre la “inflación” de los costos de los casamientos, ya ni siquiera los propios, sino los ajenos; para los sectores medios y medios altos, que tienen plata pero no para dejar de hacer cuentas, el asunto de tener que pagarse el viaje a la despedida de soltero y el viaje al casamiento de un familiar, un amigo o a veces incluso de un conocido (sumando la plata para el regalo y todos los outfits diferentes que hay que llevar para los distintos eventos) se les va volviendo un yunque entre los veintilargos y los cuarenta y pocos. Una pareja que participa de estas dos culturas decide, no obstante, o quizás, justamente por eso, hacer su casamiento en México; como mostró Bad Bunny en el Super Bowl, y como dice el perrito chihuahua del cartel, los mexicanos saben casarse con mucha alegría y sin tanto aspaviento. Aunque no tomen ninguna de las tradiciones de boda de pueblo, y se limiten a una versión completamente americanizada y globalizada de lo mexicano, los estadounidenses que eligen estos casamientos no lo hacen solamente (aunque no es menor) porque Ciudad de México es comparativamente más barata que una ciudad comparable en su país: lo hacen también, paradójicamente, porque entre las miles de cosas que quieren conseguir y proyectar está la de saber relajarse y pasarla bien. En el fondo ni la más bridezilla de las más bridezillas quiere un casamiento que se sienta acartonado; la frescura es un valor y la marca México hoy lo puede vender sin sacrificar ninguna de las cosas que este tipo de novias espera de un casamiento bien estructurado y repleto de consignas y actividades. La mezcla entre estas tres culturas de boda, entonces, es en algún sentido perfecta: un cóctel explosivo para convertir a una boda en el contenido más instagrameable del planeta, y así salvar al matrimonio de su virtual desaparición.
Casi me olvido de contar algo, me doy cuenta. Antes de los bailes hubo unos cuantos discursos: las hermanas de los novios, que aparentemente los presentaron, algunos amigos y finalmente los propios novios. Cuando fue su turno, la novia dijo que ella había conocido en internet a Valeria, la planner, desde mucho antes que su novio le pidiera matrimonio: ella no tenía idea de cuándo se iba a casar, ni siquiera de si se iba a casar, si con este novio o con alguno que viniera después, pero ya sabía que quería casarse con Valeria en Ciudad de México. No puedo imaginarme una frase así dicha por una chica que no sea Indian American, y después de haber vivido el casamiento, creo que tampoco se me ocurre un destino mejor para ella que el que efectivamente eligió.
Esto que digo del destino no lo entendí el primer día, sino el segundo, cuando fui al sangeet en el ex Convento de San Hipólito. La verdad es que el primer día me resultó un poco desconcertante: no parecía que valiera la pena hacer viajar a toda tu familia para casarse en el salón genérico de un hotel cinco estrellas, pero después entendí. La recepción estuvo impecable, pero en el fondo no era mucho más que un punto de encuentro en el que todos los recién llegados a México se reunían para que les explicaran el itinerario y la logística de los dos días siguientes.
El ex Convento de San Hipólito, locación del segundo día, es majestuoso. Hay un bus que sale del Sofitel, pero yo voy derecho para allá y llego antes que muchos. Comprendo entonces el atractivo de una ciudad como esta para un evento así: Buenos Aires es preciosa, pero no tiene un convento del siglo XVI lleno de arcadas, balcones y pasillos hermosos, preservado en tan buenas condiciones, y que encima se pueda conseguir para una fiesta de casamiento. La recepción sucede en uno de los niveles superiores: abajo están armadas las mesas para la comida y la pista de baile. Más allá de que otra vez la comida es un cocoliche multicultural extrañísimo (aunque delicioso), la decoración es discreta y refinada, respetando las fantasías que uno puede hacerse con un convento o un monasterio en su época original; sobre todo, me encanta la iluminación cálida, que produce la ilusión de una intimidad imposible.
Me sorprende la escasa cantidad de mesas, o más bien, lo gigante que es el lugar en relación con el tamaño del evento. Mientras van empezando los bailes (hoy hay algunos más “oficiales”: las hermanas de los novios y otros familiares cercanos y lejanos), Valeria me explica que la novia es bailarina de danzas hindúes, y que por eso pidió una pista de baile inusualmente enorme. Voy entendiendo algunos comentarios y chistes que se hicieron la noche anterior, sobre que el novio había tenido que estudiar un montón porque nunca en su vida había bailado Bollywood. Lo busco en internet: él tiene una startup, le va muy bien. Ella claramente tiene una relación más estrecha con la cultura india, pero los dos son muy occidentales, por lo que se ve. Es una boda india, pero más como cuando mis amigos que comen panceta deciden medio de la nada hacer una boda judía. Él tiene al menos treinta y cinco, ella al menos treinta. Observando el lenguaje corporal de todos los involucrados es evidente que los padres de los novios son invitados al casamiento y no autores intelectuales (y, me atrevo a decir, tampoco autores materiales). Este casamiento tan despampanante, siguiendo con el leitmotiv de Cherlin, no es para los novios una obligación familiar sino un gusto que se dan.
En este segundo día ya no queda gente vestida de normie: todos los gringos vinieron con hindúes, indistinguibles de los que lleva la familia al menos para mi ojo no entrenado. Pienso en todo el esfuerzo que no solamente pusieron los novios para armar este evento, sino en el esfuerzo que ponen los amigos: el viaje, las coreografías, la ropa. Pienso, también, en algo que parece una paradoja, pero creo que no lo es: estas culturas en las que casarse implica tanto involucramiento de todo el mundo, tanta demanda de amor, no son las culturas en las que la gente está dejando de casarse, sino lo contrario. En términos de clase, es cierto que los casamientos se abandonan en los estratos más pobres porque son costosos; pero en términos culturales, los casamientos desaparecen, sobre todo, en las sociedades que no los valoran, no en aquellas donde casarse es más costoso. No valorar los casamientos no significa, en general, no valorar las parejas: significa no valorar las ceremonias, el protocolo, la parafernalia.
Quizás estas reivindicaciones instagrameras del matrimonio sean una versión consumista, capitalista, postcapitalistao lo que se quiera de una reivindicación del amor que sí hace falta.
Leo sobre la relación entre la fecundidad y la nupcialidad: no se puede afirmar que la caída de los matrimonios haya tenido un efecto directo sobre la natalidad. En general, que haya menos matrimonios tiene que ver con una mayor aceptación social de las uniones de hecho, y esas uniones de hecho son tan capaces de producir hijos como las uniones legales. Pero lo que algunos investigadores argumentan es que, aunque una cosa no sea causa de la otra, la baja de la tasa de nupcialidad y la baja de la tasa de natalidad son parte de un mismo fenómeno, que es el de la disminución de las parejas en general. Hay más uniones de hecho, entonces, y más hijos extramatrimoniales que nunca, pero esos aumentos no llegan ni cerca de compensar la caída de la natalidad. Creo que el diagnóstico es certero: lo que está en crisis es el encuentro (9). En parte, pienso, porque todo es mucho trabajo: salir de casa, verse con alguien, verse de vuelta, aguantarle las mañas, superar las propias. Hay un sentido, entonces, en el que pasarse un año organizando un casamiento, aunque sea el más instagrameable de los casamientos, puede ser contracultural en su acepción más literal de ir en contra de la cultura dominante. Si lo verdaderamente mainstream es estar encerrado solo en tu casa scrolleando, la parafernalia deja de ser pura banalidad para ser alguna otra cosa: no subversión, pero algo más parecido a eso de lo que sus propios practicantes pensarían.
Vuelvo del sangeet al hotel y me encuentro con Florianne, le niñere que contraté por unas horas para que mi novio no estuviera tan solo con la bebé en Ciudad de México estos días que me tocaba ir al casamiento. Quedé en explicarle qué venía a hacer cuando volviera, y entonces le cuento: se ríe bastante, y concuerda conmigo en que los novios son muy guapos, cuando le muestro las fotos. Antes de irse, Florianne me muestra las fotos de su ceremonia de casamiento: fue solo un civil, porque elle es canadiense, por los papeles nomás. “Bueno –me sonríe–, no solo por eso, ¿no?”.
El domingo estoy puntualmente a las 10 en General Prim 30. Lo de ayer fue imponente, pero lo de hoy es romántico. La mayoría de los estadounidenses han vuelto a su ropa original. La mitad lleva anteojos oscuros: no sé si será una costumbre tradicional esto de hacer la ceremonia a la mañana siguiente del sangeet, pero no es compatible con la tradición norteamericana de tomarse hasta la presión.
General Prim 30, igual que el ex Convento de San Hipólito, es un edificio público, preservado por el Estado. Construida en 1905 por el ingeniero Alberto Robles Gil, la casa es una de las grandes joyas de la arquitectura del Porfiriato. El patio central, donde está preparada la pasarela para la boda, está bañado de sol y lleno de arreglos intrincados de flores frescas. Los más lindos son los que cuelgan del techo. La procesión baja por unas escaleras que vienen desde un balcón. Me sorprende que la música con la que entra la novia vaya grabada y no en vivo, pero después recuerdo que cuando le pregunté a Valeria si para ella había algo que se hubiera perdido en estas bodas gigantescas respecto de las más sencillas en las que su familia trabajaba cuando ella era pequeña, no me habló ni de la intimidad ni de la calidez: me habló de la música. Aparentemente a pocas parejas les interesa ya tener conjuntos de música en vivo. Mi sensación es que a menos que puedan contratar a gente famosa, les da un poco igual, y es ahí donde cortan costos, pero tiene razón Valeria: definitivamente hay algo que se pierde. Tiene razón también Valeria en que la emoción no desaparece detrás del show: hasta a mí que no conozco a nadie se me pianta un lagrimón cuando entra el novio del brazo de su mamá, y luego la novia con un velo que la hace parecer un hada de una comedia de Shakespeare. Cuando entra ella algunos de los norteamericanos aplauden, pero se callan rápido. Hay algo de que nadie sepa bien en el fondo qué es lo que tiene que pasar que lo vuelve a todo aun más mágico y majestuoso. El señor que oficia la ceremonia, de todos modos, va explicando lo que hace, en un inglés con un acento que primero me suena indio y después se evidencia claramente mexicano. Los novios y sus familias repiten las palabras que les tocan.
Un mes después de este viaje, ya en casa, reviso mis notas con varias pestañas abiertas: las páginas de boda de las revistas femeninas de las que me habló Valeria, los papers sobre nupcialidad y fecundidad, las páginas de chimentos sobre el refinadísimo casamiento de Dua Lipa y el gronchísimo casamiento de Taylor Swift. Vuelvo a la hipótesis de Cherlin y el matrimonio como símbolo de status: entiendo que habla de status socioeconómico, pero no solamente sobre eso. Un casamiento no se trata de mostrar sólo que uno tiene plata para gastar; Taylor Swift y Dua Lipa ya hacen eso en cualquier viaje de fin de semana en el que las encuentran los paparazzi. Un casamiento se trata, fundamentalmente, de exhibir el status que implica tener una relación: mostrar que una tiene no sólo dinero, sino lo que sea que se supone que hace falta para construir una pareja con ambiciones de largo plazo. La salud mental, la estabilidad emocional, la capacidad de amar y ser amada, el coraje o el arrojo para apostar por una pareja, lo que sea que te haga merecedor o merecedora de que otra persona apueste también por vos: todos estos valores aparecen, en esta época, como algo tan preciado, escaso y envidiable como el dinero. Vuelvo a la teoría de Cherlin: en un mundo en el que casarse no es obligatorio, que alguien elija hacerlo con vos habla muy bien de vos.
Siempre pensé que esta forma de entender la pareja como un logro o un éxito era un poco reaccionaria; que pensar la pareja y la familia como algo que uno había sabido conseguir era pintar a la soltería como algo negativo o inferior. De hecho creo que está claro eso: si casarse es ser exitoso, ser soltero, y sobre todo soltera, es ser un fracaso. Veo perfectamente a mi alrededor cómo sigue operando este esquema, y por eso me cuesta pensar en lo positivo de reivindicar a la pareja como un mérito o un valor, y no como un mero accidente circunstancial. Que finalmente, es lo que es: a veces uno está en pareja, a veces uno no está en pareja, y rara vez es porque uno haya hecho las cosas “bien” o “mal”.
Puede que sea cierto que no hay ningún mérito, entonces, en emparejarse o casarse; también es cierto que una sociedad está hecha de sus valores, que esos valores producen esquemas de incentivos, y que una sociedad en la que no se valora el matrimonio, la pareja o la familia inevitablemente será una sociedad con menos matrimonios, menos parejas y menos familias. No sé si me preocupa esto, pero sí me preocupa que esas no-parejas no han sido reemplazadas, en general, por grandes redes comunitarias de cuidado y amistad, sino por el solipsismo y la indiferencia: por la ansiedad y el miedo al encuentro, la especulación y la banalización de los vínculos.
En ese contexto, quizás estas reivindicaciones instagrameras del matrimonio sean una versión consumista, capitalista, postcapitalista o lo que se quiera de una reivindicación del amor que sí hace falta; quizás no está mal que le subamos un poco el status al valor de mantener un vínculo. No porque cualquier vínculo valga la pena, ni porque cualquier matrimonio tenga que salvarse. No se trata, tampoco, de que la única forma de vida y de felicidad posible sea la pareja. Pero se vuelve un poco paranoico, de una corrección política un poco paródica y aburrida, pensar que celebrar las relaciones, exhibirlas y mostrarnos orgullosos de ellas implica necesariamente un desprecio de otras maneras de vivir y vincularse. Tal vez, en un mundo que sigue despreciando a los solteros pero, al mismo tiempo, nos vuelve cada vez más solipsistas y mañosos, nos sirva festejarnos entre nosotros el pequeño logro de aguantarnos mutuamente.
(1) OECD, Society at a Glance 2024: OECD Social Indicators (Paris: OECD Publishing, 2024), capítulo “Marriage and divorce”, https://doi.org/10.1787/918d8db3-en. Para el caso especifico de Argentina: Ministerio de Salud de la Nación, Dirección de Estadísticas e Información de Salud (DEIS), Estadísticas vitales. Información básica, serie anual, 1980-2024, Buenos Aires, Ministerio de Salud, disponible en “Publicaciones de la DEIS”,
https://www.argentina.gob.ar/salud/deis/publicaciones.
(2) Benjamin R. Karney, “Socioeconomic Status and Intimate Relationships”, Annual Review of Psychology, 72 (2021): 391–414 y “Child Trends, Socioeconomic Factors and Differences in Forming and Maintaining Marriages and Cohabitations” (Bethesda, MD: Child Trends, 2022). Ambos trabajos muestran que la probabilidad de contraer y mantener un matrimonio aumenta sistemáticamente con el nivel educativo, la estabilidad laboral y los ingresos.
(3) OECD, Society at a Glance 2024: OECD Social Indicators (Paris: OECD Publishing, 2024), capítulo “Marriage and divorce”. En 2022, la tasa bruta de nupcialidad promedio de la OCDE fue de 4,3 matrimonios por mil habitantes; Estados Unidos se ubicó entre los países con las tasas más altas (6 o más por mil), pese a que también ha experimentado un descenso sostenido desde 1990.
(5) Fundación Pensar, Pensar Lab, Esperando la Carroza: la “clase media Mafalda” se diluye, Serie Pensar Social, noviembre de 2025, disponible en https://www.fundacionpensar.org.ar/esperando-la-carroza-noviembre-2025/. De acuerdo a esta investigación, el 65% de los encuestados se considera de clase media, frente al 43% clasificado así por ingresos.
(6) Albert Esteve, Ron Lesthaeghe y Antonio López-Gay, “The Latin American Cohabitation Boom, 1970–2007”, Population and Development Review, 38, Nº 1 (2012): 55–81. Los autores documentan una expansión sostenida de las uniones consensuales en América Latina desde la década de 1970 y sostienen que estas dejaron de ser una práctica asociada exclusivamente a determinados grupos sociales para convertirse en una forma de unión crecientemente legitimada en el conjunto de la sociedad.
(8) Andrew J. Cherlin, The Marriage-Go-Round: The State of Marriage and the Family in America Today (New York: Alfred A. Knopf, 2009) y Andrew J. Cherlin, “The Deinstitutionalization of American Marriage”, Journal of Marriage and Family, 66, Nº 4 (2004): 848–861.
(9) Ron Lesthaeghe, “The Unfolding Story of the Second Demographic Transition”, Population and Development Review, 36, Nº 2 (2010): 211–251; Andrew J. Cherlin, “Degrees of Change: An Assessment of the Deinstitutionalization of Marriage Thesis”, Journal of Marriage and Family, 82, Nº 1 (2020): 62–80 y Lyman Stone, Baby Bust: Fertility is declining the most among Minority Women (Institute for Family Studies, 2023). En conjunto, estos trabajos sostienen que la caída del matrimonio no implica necesariamente una caída equivalente de la fecundidad, dado el crecimiento de la cohabitación y de los nacimientos fuera del matrimonio, pero también muestran que el descenso en la formación de parejas estables constituye uno de los factores asociados a la reducción sostenida de los nacimientos.
Fuente: Le Monde Diplomatique

