Al mal tiempo buenos besos

0
213
Comparte esto:

Mientras el país nacional resiste las embestidas de una parte de la opinión pública internacional, y la campaña electoral -como siempre- lo pervierte todo, uno se extasía casi feliz en la sentencia de Milán Kundera: “allí donde habla el corazón “es de mala educación que la razón lo contradiga”. Hablemos de lo importante.

Nada fastidia tanto a los cultores del odio, como las sinceras expresiones de amor entre los otros. Hablo de gente, que hace una par de semanas, pretendió devaluar y criticar con venenoso “gadejo” el beso espontaneo, audaz y enamorado de la señora Arbaje a su señor marido que, casualmente, es el jefe del Estado, Luis  Rodolfo.

La envidia, como el universo o la estupidez, pueden llegar a ser infinitas. Por eso critican aquello que deberían celebrar. No es “con buena cara” y menos con odio, que debemos enfrentar  los “malos tiempo” sino con acciones, con besos, que son el consuelo del azar, las caricias de la vida. (Lo que no cura el amor no hay médico, gobierno u oposición que lo sane).

Ocurre a veces que, con el mal tiempo político o el fronterizo, llegan los buenos tiempos del amor correspondido. Durante estos últimos años, en más de una ocasión uno ha podido notar la ternura que esconden las miradas que viajan entre la pareja presidencial. (En una rosa roja cabe toda la pasión del mundo y dos abrazos).

¡Al mal tiempo, buenos besos. Ya amanecerá algún día! Al fin, en este país siempre hay unas primarias que ganar, unas bandas terroristas que vencer,  un ministro sin memoria, un director alocado, una sotana sublevada, un empresario cabreado, una Embajada en lo suyo. Sin embargo, a pesar de todas las miserias humanas, y las mezquindades políticas en Technicolor que nos trae cada campaña, el amor permanece, motiva, inspira, ilumina, salva.

Lo anunció hace años el obispo de La Habana, Monseñor Silvio Cardenal Rodríguez en un inolvidable Tedeum iluminado de mulatas: “sólo el amor engendra la maravilla, sólo el amor convierte en milagro el barro.”

Entonces, dejemos dormir nuestro machismo-leninismo. Admitamos que cuando una mujer nos arregla la corbata, nos critica la camisa, se queja por el organizado desorden de nuestro escritorio (¡perdón!) y nos corrige el penúltimo párrafo de la columna, en realidad no está haciendo nada de eso. Nos está diciendo: Te quiero. 

Al mal tiempo, buenos besos.