A propósito de Trump, la educación y el país aplazado que somos

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Escrito Por: Pablo McKinney

Es un mandato sociológico irrefutable: cuando están en malas, los ricos dan una fiesta y, si es diciembre, los gobiernos —además del sarao— aprovechan la ocasión para sacar a pasear la bandera nacional que, como se sabe, mientras más se exhibe, menos se respeta. 

Ahora que un país amigo del norte del continente de nombre América (el país se llama Estados Unidos) ha reaccionado a las locuras de su Nerón anaranjado —quien ha logrado superar con creces a nuestro admirado Melesio Morrobel, es buen momento para advertir a nuestras élites sobre nuestras viejas querellas, indignaciones e indignidades. 

Pasa el tiempo y nada cambia en lo fundamental: educación, tránsito, inseguridad, subsidios, orden, paz, respeto. Debemos tener cudidad. Que Trump sea un infierno no significa que los demás, incluido el Partido Demócrata de Estados Unidos, seamos el paraíso. Somos un país aplazado en sus urgencias decimonónicas y ya vamos por el siglo XXI. Aquí lo urgente siempre posterga lo importante. Atrás quedó aquella reflexión de gobernar siempre para las nuevas generaciones y no para las próximas elecciones. Por eso tenemos pendiente una reforma fiscal que llega a retazos. Y todo porque, cada vez que se habla de la necesidad de una reforma fiscal integral que revise a profundidad y con detalles las utilidades y conveniencias de todas las exenciones fiscales, los presidentes hacen “mutis por el foro”, y miran hacia otro lado cada vez que algún organismo internacional (FMI, BID o Banco Mundial) les advierte del peligro del constante aumento del déficit fiscal, de los altos niveles de la deuda o de la peligrosa informalidad de nuestra economía; de lo desigual de nuestra sociedad, donde demasiadas personas solo disfrutan de nuestros éxitos macroeconómicos, mineros o turísticos… en las estadísticas.

Porque somos un país aplazado, aquí la educación y su calidad están aplazadas, postergadas por un sindicato de docentes que posiblemente sea el principal obstáculo para la mejoría de su calidad. Es cierto que “si canta la escuela, la patria se eleva”, pero si el saber de un maestro no arranca, los hijos de la patria retroceden. Mucha gente erudita ha leído a John Dewey, pero olvidó su frase más verdadera: “Educarse no es prepararse para la vida… es la vida misma”.