Inteligencia artificial, decisión humana

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Escrito Por: Margarita Cedeño

Por primera vez en nuestra historia estamos construyendo una inteligencia capaz de producir conocimiento, conversar, persuadir y participar cada vez más en decisiones que antes correspondían exclusivamente a los seres humanos. Y, nueva vez, enfrentamos un reto conocido. Mientras esa inteligencia avanza a una velocidad extraordinaria, la política corre el riesgo de llegar tarde.

Escuché recientemente una extensa conversación del historiador Yuval Noah Harari sobre inteligencia artificial. Más que sus predicciones, me inquietaron las preguntas que plantea. ¿Qué ocurrirá cuando confiemos más en una máquina que en otra persona? ¿Quién tendrá el poder cuando los algoritmos conozcan nuestras preferencias, temores y vulnerabilidades? ¿Qué países controlarán esas tecnologías y cuáles dependerán de ellas? Son preguntas que parecen pertenecer al futuro. Pero el futuro ya comenzó.

La inteligencia artificial está transformando el trabajo, la educación, la ciencia, las empresas, los gobiernos y hasta la manera en que producimos y consumimos información. Por eso sería un error reducir el debate a cuántos empleos desaparecerán. Está en juego una nueva distribución mundial del poder, algo mucho más profundo.

Durante el siglo XX, la riqueza de las naciones estuvo estrechamente relacionada con su capacidad industrial, energética, financiera y tecnológica. En el siglo XXI se agrega otro activo estratégico. La capacidad de desarrollar, controlar y utilizar inteligencia. Los datos, los modelos de inteligencia artificial, el talento especializado, la infraestructura digital y la capacidad de cómputo se están convirtiendo en recursos estratégicos para los Estados. Y eso nos obliga a hacernos una pregunta incómoda. ¿Qué lugar ocupará República Dominicana en ese nuevo mundo?

No podemos aspirar a fabricarlo todo ni competir en cada frontera tecnológica. Pero tampoco podemos conformarnos con ser simples consumidores de inteligencia creada en otros países. Podemos y debemos desarrollar capacidades propias, que es la verdadera responsabilidad política. Necesitamos una estrategia nacional que convierta la inteligencia artificial en instrumento de desarrollo, productividad y movilidad social.

El primer gran desafío es la educación. Durante décadas enseñamos a nuestros niños a encontrar respuestas y memorizarlas. Hoy una máquina puede producirlas en segundos. La ventaja humana estará cada vez más en saber preguntar, analizar, verificar, relacionar conocimientos y distinguir información de manipulación.

Tendremos que educar para el pensamiento crítico, la creatividad, la ética, la empatía y el discernimiento. Son capacidades humanas que no podemos seguir debilitando justo cuando más las necesitamos. También tenemos que enseñar inteligencia artificial. No como una asignatura reservada a especialistas, sino como una nueva alfabetización. Un joven que termine la escuela sin comprender cómo utilizar responsablemente estas herramientas podría encontrarse en una desventaja semejante a la de quien ingresó al mercado laboral sin conocimientos digitales.

El segundo desafío es productivo. La inteligencia artificial debe llegar a nuestras mipymes, industrias, agricultura, turismo, salud y servicios. La gran preocupación no debe ser únicamente la sustitución de trabajadores, sino cómo lograr que cada trabajador pueda producir más, aprender más rápido y generar mayor valor.

El tercer desafío es el Estado. Imaginemos la inteligencia artificial ayudándonos a detectar enfermedades tempranamente, personalizar aprendizajes, reducir burocracia, identificar fraudes, anticipar necesidades sociales o mejorar servicios públicos.

Eso sí sería una nueva etapa de desarrollo. Pero debemos establecer un principio inviolable. Cuando una decisión automatizada pueda afectar derechos, oportunidades o libertades de una persona, deben existir transparencia, supervisión humana y responsabilidad.

Y existe un cuarto desafío que quizás sea el más delicado. La democracia. Una tecnología capaz de conocer nuestros comportamientos también puede aprender a influir sobre ellos. Ya no hablamos solamente de información falsa. Entramos en una época en la que será cada vez más difícil distinguir una imagen verdadera de una fabricada, una voz auténtica de una clonada o incluso una conversación humana de otra producida por una máquina.

Por eso necesitamos ciudadanía digital, protección de datos y reglas claras sobre el uso de inteligencia artificial en los procesos democráticos. El mundo ya está discutiendo estas cuestiones. Naciones Unidas ha impulsado espacios de diálogo global sobre la gobernanza de la inteligencia artificial porque ha comprendido algo esencial. Estas decisiones no pueden quedar exclusivamente en manos de las grandes potencias o de las grandes empresas tecnológicas. Los países pequeños también debemos sentarnos en esa mesa.

Propongo que República Dominicana avance hacia un gran pacto nacional para la era de la inteligencia artificial, convocando al Estado, las universidades, las empresas, los docentes, los trabajadores, los jóvenes y la sociedad civil. No para producir otro documento, sino para decidir qué capacidades necesitamos construir durante los próximos diez años y comenzar desde ahora.

Porque posiblemente una de las grandes desigualdades del futuro será entre sociedades que aprendieron a utilizar la inteligencia artificial para multiplicar las capacidades de su gente y aquellas que se limitaron a consumirla pasivamente. Todavía estamos a tiempo de escoger nuestro camino. No digo que no podamos importar tecnología. Lo que no podemos importar es nuestra visión de país. La inteligencia podrá ser artificial. Pero el propósito, los valores y la responsabilidad de decidir qué hacemos con ella deben seguir siendo profundamente humanos.

Fuente: Listín Diario