La mayoría de los chinos considera excitantes los productos de esta tecnología, mientras más de la mitad de los estadounidenses teme que destruya la humanidad
La inteligencia artificial será uno de los protagonistas absolutos de la cumbre en la Casa Blanca el próximo jueves entre el estadounidense Donald Trump y el chino Xi Jinping, los líderes de los dos países más poderosos del mundo y más adelantados en esa tecnología. El debate está servido: ambos gobiernos consideran que los avances en esos modelos son fundamentales para su competitividad económica y militar. Las diferencias no son solo geopolíticas. También, de mentalidad. Sus poblaciones tienen percepciones muy distintas sobre los riesgos y las bondades de estos sistemas. Mientras en Estados Unidos, una mayoría de personas los ve con preocupación, en China los adoptan con entusiasmo.
Las hojas de ruta de los sectores respectivos son diferentes. Los referentes de Silicon Valley apuestan por modelos cerrados, en los que sus sistemas de entrenamiento son un alto secreto industrial. China abandera el modelo de código abierto como herramienta para el desarrollo de la IA, algo que amenaza la competitividad de sus rivales norteamericanos, entre acusaciones de Estados Unidos sobre posible espionaje industrial. El director general de Anthropic, Dario Amodei, vinculaba su llamamiento de la semana pasada a frenar el desarrollo de modelos más potentes con el bloqueo del acceso de Pekín a los semiconductores más avanzados. El antiguo asesor de Trump, Steve Bannon, echaba esta semana más leña a ese fuego en un simposio en el que compareció con su antípoda ideológica, el senador progresista Bernie Sanders, para advertir de los riesgos de la nueva tecnología.
“Deberíamos aislar ya cada uno de los aspectos del ecosistema de la inteligencia artificial frente al Partido Comunista de China. Tenemos que aislarlos. Es el único modo en el que podremos sentarnos a pensar con adultos cuál debería de ser el mecanismo regulador” de la IA, declaraba Bannon, antiguo ideólogo del movimiento trumpista. En la cena de gala de la cumbre el jueves estarán presentes muchos de los principales gigantes estadounidenses: Sam Altman, consejero delegado de OpenAI; el de Nvidia, Jensen Huang; el fundador de X AI, Elon Musk; o Sundar Pichai, de Google.
Hoy por hoy, Estados Unidos está ganando la carrera a su rival en cuanto a la tecnología de vanguardia —“de frontera” en la jerga de la industria— y la capacidad de sus modelos. China, cuyas propuestas gustan en un Sur Global con problemas para permitirse la IA norteamericana más avanzada y más cara, va por delante en lo que respecta a la adopción por los consumidores de sistemas que sus gigantes del sector implantan directamente en las aplicaciones de uso más popular.
Un sondeo de Morgan Stanley deja clara esa diferencia de actitud entre ambos ecosistemas y, sobre todo, entre sus usuarios. En el gigante asiático, el 80% de los consultados declara utilizar la inteligencia artificial al menos una vez por semana. En Estados Unidos, esa cifra se reduce al 54%. En China, la base de usuarios de IA generativa creció de 249 millones en diciembre de 2024 a 602 millones un año más tarde, un ritmo mucho mayor incluso que el de los móviles inteligentes en su día en ese país, según el informe.

La misma nación que organiza juegos olímpicos para robots y que adoptó con entusiasmo aplicaciones con las que se puede comprar cualquier cosa online y tenerla en casa en cuestión de minutos, o hacer una llamada o reservar una bicicleta para ir de A a B, ha adoptado con naturalidad funciones generativas de IA —capaces de producir texto, imágenes, vídeo o código— implantadas directamente en esas aplicaciones de mensajería y entretenimiento. Los usuarios pueden aprovechar esa tecnología sin tener que descargar software adicional. Ya está en lugares que parecían imposibles hace solo unos meses: en agosto se presentó la primera serie de televisión generada con IA.
En Estados Unidos, al contrario, el recelo no deja de aumentar. Un 63% de los ciudadanos cree que existe al menos un “riesgo moderado” de que la inteligencia artificial destruya a la humanidad, frente a solo un 22% que opina que el riesgo es leve o inexistente, según un sondeo del medio digital Politico. Otra encuesta de YouGov muestra resultados similares: dos tercios opinan que los modelos avanzan demasiado rápido. Solo el 2% cree que progresan demasiado despacio.
Las razones de la aprensión estadounidense son variadas: temor a la pérdida de empleos; preocupación por su impacto en el medio ambiente, especialmente en lo que respecta a los grandes centros de datos que necesita el sector y su fuerte consumo eléctrico; miedo a que desencadene aún más desigualdades sociales; desconfianza en las empresas del sector y en su regulación.
En China ocurre lo contrario. La ubicuidad de la IA en las aplicaciones de uso diario la ha vuelto familiar. Un 83%, según una consulta de la firma Ipsos, considera los productos o los servicios propulsados por la IA como algo excitante. Es algo que se basa, en parte, en la experiencia individual: el bum económico del gigante asiático coincidió con una enorme expansión del sector tecnológico, y cada nueva adopción de una herramienta nueva, sea el desarrollo de internet, sea el uso del móvil o el de las plataformas de pagos en línea, ha estado acompañada de un salto en la prosperidad personal. Al menos hasta ahora, cuando la economía da señales de perder fuelle y la creación de empleo flaquea, especialmente entre los jóvenes.
Pero la diferencia en actitudes tiene otro gran factor clave: la confianza en sus respectivos gobiernos. En Estados Unidos, la tendencia al escepticismo, encarnada en el lema de Ronald Reagan “las palabras más terroríficas son: ‘soy del Gobierno y estoy aquí para ayudar”, se agravó con la guerra de Irak y hoy día se ha desplomado: solo un 17% confía en que sus autoridades hagan lo correcto. Pero en el gigante asiático, según la consultora de marketing Edelman, el 86% de los ciudadanos declara confiar en que su gobierno tomará las decisiones apropiadas.
A sus ojos, hay precedentes: en 2020, el Gobierno en Pekín lanzó una investigación antimonopolio contra la mayor empresa de comercio electrónico del país, Alibaba, que se acabó transformando en una gigantesca campaña reguladora que afectó a todo tipo de compañías tecnológicas, desde la educación a distancia a los videojuegos, en una reforma que recortó 1,5 billones de dólares del valor de mercado de esas empresas.
En Estados Unidos, los líderes de las compañías punteras se encuentran ahora divididos sobre la necesidad de frenar el ritmo de crecimiento de los sistemas más avanzados para dar tiempo a desarrollar herramientas de seguridad y no correr el riesgo de perder el control. Amodei está al frente de quienes abogan por el freno. Jensen Huang, el consejero delegado de la fabricante de chips Nvidia, llama a la galopada. Donald Trump insiste en que ir a todo gas es una cuestión de seguridad nacional: “Quien gane la AI, ganará”, repite.

En China, los avances en la tecnología se perciben como una cuestión de orgullo nacional. Una confirmación de que el país ha dejado definitivamente atrás la pobreza y lo que conoce como el “siglo de humillaciones” para situarse en la primera línea del escenario mundial.
Con este respaldo, el presidente chino, Xi Jinping, acude a la cumbre del jueves en la Casa Blanca con una gran confianza. El encuentro entre los dos líderes estará precedido de una reunión este fin de semana entre el secretario del Tesoro, Scott Bessent, y el viceprimer ministro chino, He Lifeng, para abordar cuestiones relacionadas con la IA. Estados Unidos trata de lograr mayores restricciones y controles a las exportaciones en torno a los semiconductores más avanzados, los modelos de IA y la infraestructura en torno a ellos. Por su parte, China quiere proteger a sus empresas de lo que percibe como un intento extraterritorial de “estrangular” su tecnología.
“Mucha gente en Estados Unidos no capta que China realmente considera la IA como la nueva internet, y que esto representa una oportunidad única en la vida… China nunca había estado en una situación en la que se encontrara tan cerca de Estados Unidos – como la segunda potencia buscando alcanzarlo en nuevas tecnologías”, explica George Chen, director de la división digital de la consultora Asia Group. “Internet se creó en la década de 1980 como algo esencialmente estadounidense. China nunca tuvo la oportunidad de unirse a Estados Unidos para establecer las normas de Internet. Pekín realmente se perdió toda la era de Internet en lo que respecta a la gobernanza global. Tampoco le fue muy bien en el sector de los semiconductores. Así que ahora llega la era de la IA”, agrega este experto.
El desafío para los dos gobiernos es doble: gestionar la IA como una fuente de competencia estratégica entre ambos. Y, al mismo tiempo, dado que cada uno percibe el ecosistema tecnológico del otro como un riesgo para su propia seguridad, necesitan establecer mecanismos de comunicación para reducir el riesgo de ciberataques, de errores de cálculo o de una escalada no intencionada.
“Existen muchos incentivos para que Estados Unidos y China mantengan un debate sustancial sobre la IA en esta cumbre”, considera Aalok Mehta, director del centro Wadhwani de Inteligencia Artificial del think tank CSIS. “La forma más probable en que podría ocurrir es que ambos países aborden un conjunto limitado de cuestiones relacionadas, en primer lugar, con prácticas básicas de seguridad. En segundo, con el establecimiento de algún tipo de línea directa de comunicación que permita a Estados Unidos y China estar en contacto sobre cuestiones que surjan o ya estén en desarrollo relacionadas con la IA. Y en tercer lugar, con algo más específico en torno a los incidentes cibernéticos. Esta es, probablemente, la medida más concreta que podría surgir de la cumbre”.
Fuente: EL PAIS

