Escrito Por: Nassef Perdomo Cordero
Este sábado se cumplen doscientos cincuenta años de la declaración de independencia de los Estados Unidos de América, una nación surgida de la búsqueda de la libertad religiosa por parte de puritanos ingleses que rechazaban la imposición gubernamental de creencias.
Incluso antes de desembarcar en el continente americano, John Winthrop, uno de los líderes de esta migración, llamó a sus correligionarios a ser una “brillante ciudad en la colina”, sentenciando así el papel que habría de cumplir la nación que apenas nacía.
Esta búsqueda de la libertad tuvo su fruto en la más importante revolución democrática de la historia, la que en 1776 sentó las bases para el concepto que hoy tenemos de democracia.
Su Constitución, de 1787, es la primera carta magna escrita que implicó un pacto social, no sólo un armisticio entre reyes y gobernados, y perduró en el tiempo.
Estados Unidos es un gigante que estremeció al mundo al despertar en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX.
Su condición de potencia mundial ha condicionado la relación con sus vecinos latinoamericanos, que ha sido —y sigue siendo— compleja y difícil. No se ha privado de ejercer su poder, y es poco probable que lo haga en el futuro.
A pesar de ello, sigue siendo, incluso para sus adversarios y sus críticos, un referente por excelencia para la vida democrática.
Sus virtudes superan sus defectos y errores, y son la razón por la que perdura como símbolo de la esperanza en el mundo.
Lo era en la década de 1880, cuando Bartholdi y Eiffel cristalizaron esta idea en la Estatua de la Libertad, y lo siguió siendo en el siglo XX, cuando en dos ocasiones salvó a Europa, y a Occidente, de sus propios demonios.
No obstante ser imperfecto, es el experimento político y democrático más exitoso que hemos conocido. Es capaz de reponerse y renovarse cuando falla, sin dejar nunca de llamar a quienes desean una mejor vida o a los que buscan un ejemplo a emular.
No es el espejo en el que buscamos la perfección, sino en el que vemos, como dijo Abraham Lincoln en su primera toma de posesión, “los mejores ángeles de nuestra naturaleza”.
Transcurrido un cuarto de milenio, y luego de todos los avatares históricos que ese lapso implica, Estados Unidos sigue siendo esa brillante ciudad en la colina.
Fuente: EL DIA

