Las promesas de la ultraderecha que De la Espriella imita de Milei, Bukele, Bolsonaro, Uribe y Trump

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El presidente electo ha promovido megacárceles, un recorte significativo de la burocracia y sacar al país del sistema de Naciones Unidas. Ahora tiene medio país en contra para lograrlo

Abelardo de la Espriella ganó la presidencia de Colombia este domingo con un estrecho margen sobre la izquierda de Iván Cepeda, lo que le hará complejo avanzar en las promesas grandilocuentes que hizo durante la campaña presidencial. Casi todas esas propuestas llamativas imitan lo que han hecho otros líderes de la ultraderecha en la región, que hoy sienten que ganaron un espacio en la Casa de Nariño. Quienes conocen al presidente electo dicen que es más pragmático que ideológico, que solo llevará a cabo las promesas realizables y populares, y dejará de lado las que se vuelvan políticamente complejas. No es claro aún si De la Espriella moderará algunas de las ideas más radicales para evitar un mayor choque con la mitad del país que no votó por él, como hizo en la recta final de la campaña, o si las seguirá replicando para mantener su popularidad o hacer felices a sus bases.

Del presidente argentino Javier Milei, De la Espriella compró un símbolo y una propuesta. El símbolo es la imagen de un felino, pues el porteño hizo campaña con la imagen de un león, mientras que el candidato del Caribe colombiano escogió a un tigre. “Vamos a hacer una liga maravillosa: un tigre y un león”, le dijo De la Espriella a Milei en una videollamada. De Milei compró también una propuesta: ha prometido recortar un 40% la burocracia del Estado, lo que equivale a eliminar los contratos de unas 700.000 personas. Se trata de una propuesta casi imposible de realizar sin una reforma legislativa, que sería larga y políticamente costosa para los congresistas que suelen exigir puestos en esa misma burocracia. Es más fácil que el presidente electo cierre embajadas que creó el Gobierno Petro, por ejemplo, o intente fusionar ministerios, como también prometió y ya hizo el expresidente Álvaro Uribe. Pero la meta del 40% no le será ni fácil, ni popular.

Abelardo de la Espriella hace campaña en Medellín, Colombia, el 13 de mayo.
Abelardo de la Espriella, en Medellín, el 13 de mayo.Fernando Vergara (AP)

De Nayib Bukele también compró el discurso de la mano dura. El candidato tomó la idea del salvadoreño de construir diez megacárceles y, como el expresidente Uribe en 2002, ha prometido que la fuerza militar va a recibir mayor presupuesto y dotación para combatir a los grupos armados. En su plan de gobierno ha hablado de solucionar la crisis de seguridad en el sur del país en 90 días, algo que ha matizado en capturar o dar de baja a 10 cabecillas en los primeros tres meses.

La promesa caló entre el electorado colombiano que tiene duras críticas a la política de paz total que impulsó el presidente de izquierdas Gustavo Petro, quien se sentó a negociar con distintos grupos armados que se fortalecieron a lo largo de su mandato y no entregaron las armas. Es esta promesa en la que seguramente más se enfoque el presidente electo, con dos dificultades: no es fácil capturar 10 cabecillas, pero sobre todo enfrenta un enorme y creciente déficit fiscal que pondrá límites al gasto militar o a otras inversiones sociales.

También, igual que Milei en Argentina, quien cambió las reglas institucionales para delimitar los glaciares protegidos, De la Espriella ha dicho que quiere revisar bien cómo se determinan los límites de páramos o parques naturales. El presidente electo es cercano a empresarios ligados a la industria de los hidrocarburos, y ya ha dicho que quiere no solo volver a una política de explotación mineroenergética más agresiva ―que Petro había frenado con una bandera medioambiental―, sino que también quiere explorar la posibilidad de hacer “fracking a lo que dé”. La promesa ha alertado a los activistas ambientalistas,que han logrado movilizar ya en el pasado a miles ante la causa ambiental, en un país que se enorgullece de ser uno de los más biodiversos del mundo. De no moderar su ambición, De la Espriella seguramente choque con el movimiento social que no votó por él.

Al igual que Donald Trump, lo del penlista no son los organismos internacionales, y ya ha dicho que no le interesa que Colombia mantenga su embajada en Naciones Unidas. “La ONU es un directorio político de la izquierda”, afirma. Es una promesa que se enfrentaría a varios retos legales, especialmente por los compromisos internacionales que ha adquirido Colombia y que están plasmados en la jurisprudencia colombiana. Sí espera tener una relación más fluida con el norteamericano ―cuando Petro atravesó duras crisis el año pasado― y el partido republicano, del que ha sido donante, como ciudadano de ese país, que espera se traduzca en más apoyo militar de Estados Unidos hacia Colombia.

Pero con Trump comparte mucho más. Por un lado, De la Espriella también se vendió en la campaña como un empresario exitoso y multimillonario ostentoso que decidió entrar a administrar el Estado como una empresa, usando una emoción patriótica para entrar a la política: si Trump hablaba de volver a hacer grande a Estados Unidos, el colombiano habla de no sentir vergüenza por la patria. El norteamericano también recortó el Estado con la ayuda de Elon Musk, y se lanzó en una campaña legal contra lo que llamaba “el pantano”: el Partido Demócrata, a quien ahora persigue con el Departamento de Justicia. De la Espriella camufló en campaña el apoyo que recibió de quienes llama “los de siempre”, y ahora tiene el reto de formar un gabinete con caras nuevas sin que esas se vean como las viejas fórmulas del pasado.

José Manuel Restrepo y Abelardo de la Espriella, en Cali, el 12 de marzo.Santiago Saldarriaga (AP)

De la Espriella, de forma parecida a Trump contra los demócratas, llega al poder impulsado en parte por los colombianos molestos con el gobierno de Gustavo Petro, a quienes les prometió justicia. En campaña habló de destripar a la izquierda y de extraditar al ahora presidente. En su discurso de victoria, sin embargo, ya moderó un poco ese discurso de venganza, y habló de unión con el lado que no votó por él. De intentar hacer dicha venganza, en todo caso, conoce como penalista experimentado que existe un sistema judicial independiente donde la venganza política difícilmente tiene cabida.

De Jair Bolsonaro, De la Espriella robó una idea estética, en parte por militarizar el discurso, lo que le permitió conseguir muchos adeptos entre los oficiales retirados. También robó la idea de usar la camiseta amarilla del equipo de fútbol del país para hacer campaña: le pedía a sus seguidores ponérsela para sus eventos políticos. En medio de una época futbolera como el Mundial, cada colombiano futbolero en la calle era también una pancarta política. Ahora tiene el reto de mantener el apoyo de esos oficiales retirados que quieren una mano dura, con la dificultad del déficit fiscal y la presión de la oposición frente al respeto de derechos humanos si regresan los bombardeos y las fumigaciones en el campo con glifosato.

De la Espriella también llega con la bandera provida en su espalda, pues es ahora un católico devoto, e hizo campaña con iglesias evangélicas que ahora esperan que su candidato imponga un referendo que acabe con el derecho al aborto como existe hoy en Colombia, pues está despenalizado hasta la semana 24 de embarazo. El candidato dijo que será respetuoso de las decisiones de la Corte Constitucional, pero también ha hecho énfasis en que él es tan provida como sus seguidores. Algo parecido pasa en el tema de la adopción para parejas del mismo sexo: respeta que la Corte lo permita, pero también dice que le preocupa la “ideología de género”. Ahora tendrá a todas las iglesias cristianas que lo apoyaron esperando que ese discurso sea más que una bandera, al tiempo que es poco el estrecho margen que tendrá para hacer cambios en ese aspecto en el legislativo.

Pero a quien más recuerda De la Espriella en su país es a Uribe, quien gobernó a Colombia del 2002 al 2010 fue el líder nato de la derecha hasta esta elección. El veterano político llegó impulsado por una mayoría mucho mayor y en sus primeros meses cortó la burocracia fusionando ministerios, cerró embajadas y, sobre todo, cambió la doctrina militar por una más dura, que en sus ocho años de gobierno generó tranquilidad a muchos, pero también fue objeto de críticas por repetidas y dramáticas violaciones a los derechos humanos. Uribe llegó al poder con un partido enano, Primero Colombia, como un outsider: si bien había sido miembro del Partido Liberal, se apartó de este e hizo campaña con un discurso contra los políticos.

“Yo no vengo a hacer la política de siempre, yo vengo a cambiar la política para siempre”, dice ahora Abelardo de la Espriella, quien fue avalado por un partido pequeño ultraconservador llamado Salvación Nacional. El que se dice representante de “los nunca” contra “los de siempre”, ahora ocupará la silla más importante de Colombia con una agenda que prometieron todos los de su región, pero una oposición más grande de la que esperaba.

Fuente: EL PAIS