La política, degradada y orientada hacia la consecución de metas sin importar los métodos implementados, produce la amarga sensación de que los comportamientos retorcidos constituyen la regla.
Escrito Por: Guido Gómez Mazara
La política, degradada y orientada hacia la consecución de metas sin importar los métodos implementados, produce la amarga sensación de que los comportamientos retorcidos constituyen la regla. Asumirlos sin crisparse genera un efecto interno devastador debido al dilema alrededor de valores éticos, méritos y moral que usamos como base para evaluar los parámetros y moldes de los otros.
En múltiples ocasiones se pretende juzgar al resto en función de esquemas propios. Y al hacerlo, no nos detenemos en hacer el ejercicio de entender conductas distantes a las del soñador que sigue convencido de la existencia de una arena pública donde prevalezca la decencia sobre la podredumbre. Ahí, en la reiteración de flexibilidades de toda índole, se incuban las bases de un pragmatismo capaz de desdibujarnos, provocando la sensación de que debemos igualarnos.
En la construcción de mayorías victoriosas, lo importante y lógico es operar con espíritu electoral que, en lo inmediato, no parece perturbador. Ahora bien, en la retribución de las cuotas, los parámetros diferenciadores comienzan a generar un efecto extraño en la conciencia de los que sentimos cercanos, solo por el calor de la contienda. Nunca fuimos iguales: ni los referentes partidarios ni la visión de la sociedad exhibían propósitos coincidentes. Estuvimos juntos, pero no reburujados. Por eso, cuando el premio cae sobre hombros incorrectos, con signos de truculencias certificadas en los tribunales, nos asiste el derecho de evocar el libro de Carlos Fuentes, La silla de águila: en política se tiene que aprender a tragar sapos sin hacer gestos. Ahí comienza el tramo de no retorno.
A fuerza de tolerancia resistimos, conociendo al detalle los vericuetos de sus indecencias porque se prestan a todo. Siempre aptos para fomentar campañas pagadas, con la torpeza de dejar sus rastros oprobiosos y los financiadores. De fácil identificación debido a causas defendidas desde la óptica e interés de sus pagadores que, fomentan sus programas y le ayudan de manera consistente porque serán de utilidad para batallas caracterizadas por desinformar, trastocar el sentido de la verdad y lanzar insinuaciones contra todos los que rechazan sus encantos pecuniarios. Con su reiterada manía tergiversadora, dinamitan cualquier referente de credibilidad. Honestamente, no les importa.
Nadie puede adorar tanto el oropel oficial que termine desdiciéndose y negando sus convicciones esenciales. Al final, nadie respeta a los alabarderos de siempre. Y es que la historia está llena de oportunistas, farsantes y descompuestos, sedientos de una gracia decretada como compensación frente a sus urgencias materiales lastimosas, ansiosas de que el dinero salve su irreversible deriva existencial.
¡Oh, la política y sus sapos execrables!
Fuente: Hoy

