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Orhan Pamuk: «Si las próximas elecciones en Turquía son limpias, Erdogan caerá»

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‘Las noches de la peste’ es el último libro del premio Nobel turco, una ficción con trasfondo histórico que traza paralelismos (políticos y sanitarios) entre el pasado y el presente.

Orhan Pamuk (Estambul, 1952) es una especie de Puente del Bósforo de la literatura: une dos continentes, dos culturas, dos visiones filosóficas y religiosas que se han dado la espalda históricamente con tenacidad. En su país, conforme ha ido aumentando la deriva autoritaria del presidente Recep Tayyip Erdogan, se ha ido convirtiendo en un intelectual más y más incómodo. Sin embargo, sus encontronazos con el régimen islamo-nacionalista no han hecho mella en su personalidad risueña y optimista. Pamuk disimula muy bien su hüzün, un sentimiento que describe profusamente en su libro autobiográfico Estambul y que vendría a ser el equivalente turco a la saudadeportuguesa mezclado con dosis típicamente locales de fatalismo y mala leche. Traducido a más de 80 idiomas y profundamente enamorado del oficio de escribir, Pamuk adora su vida, no duda en describirse como «un afortunado» y vislumbra lo que nadie, en un mundo marcado por la guerra, la pandemia y el ascenso de la extrema derecha, puede ver aún: un futuro mejor.

En su última novela, Las noches de la peste (traducida al español por Xavier Gallart y Miguel Ángel Romero y editada por Literatura Random House), mezcla personajes reales y de ficción para contar una fábula política, detectivesca y sanitaria. La acción transcurre en 1901, en Minguer, una isla imaginaria del Mediterráneo –«inspirada en Creta», revela– en la que se desata una epidemia de peste bubónica. El Imperio Otomano trata de contener la enfermedad para que no se extienda por el continente, lo que le obliga a imponer medidas sanitarias estrictas que soliviantan a una parte de la población y provocan una crisis de gobierno. Les suena, ¿verdad? Pamuk empezó a escribirla en 2016 y, cuando se desató la pandemia del coronavirus, se vio obligado a cambiar algunos pasajes para no parecer oportunista. «Me ocurrió lo mismo cuando estaba terminando de escribir Nieve: unos meses antes de su publicación se produjo el atentado de las Torres Gemelas. En la novela había dos menciones a Osama Bin Laden y las borré. En esta novela he tenido que acortar los pasajes en los que describo la cuarentena porque todo el mundo conoce ya los detalles. Tengo que reconocer que estaba un poco celoso de la realidad. Todo mi trabajo de investigación se vino abajo», explicó el autor en una rueda de prensa online con periodistas de España y América Latina.

En Nieve, Pamuk intentaba meterse en la cabeza de un terrorista para conocer sus motivaciones. Esa cree que es la principal misión de la literatura, ponerse en la piel del otro para comprenderlo: «Obviamente, yo no entiendo a un asesino fundamentalista, pero me arriesgo a entenderlo. Esa es una paradoja inherente al oficio de novelista. Por ejemplo, a mí me encantaría ser capaz de escribir una novela verdaderamente profunda sobre gente que no es estúpida y que, a pesar de toda la información de la que dispone, rechaza vacunarse. En Estados Unidos he conocido a personas así. Médicos respetados, inteligentes, cultos, que entendían la importancia del confinamiento y la vacunación, pero que votaban a Donald Trump y que, como se consideran defensores de la libertad, estaban en contra de las medidas sanitarias». 

Esas contradicciones son un misterio fascinante para Pamuk, quien anticipa lo que se diría de él si consiguiera recrear fielmente un personaje así: «Pues lo de siempre. ¡Dirían que lo estoy defendiendo! ¡Que soy uno de ellos!», exclama entre risas. «Tendría que hacer la promoción del libro enseñando mis certificados de vacunación. ¡Y tengo cinco! Porque en Turquía nos pusieron Sinovac, la vacuna china, pero no valía para viajar a Estados Unidos y me pusieron otras tres de BioNTech. ¡Y estoy muy feliz con ellas!».

En su afán por ponerse retos literarios, Pamuk confiesa que quiere aprehender la mirada femenina: «Quisiera escribir una novela de 600 páginas narrada en primera persona del singular femenino y que nadie se diera cuenta de que la he escrito yo, un hombre». ¿Y por qué? «Bueno, es una decisión ética que yo me impongo. Me hago mayor y quiero ver el mundo a través de los ojos de la mujer. Cada vez más. Soy un hombre de Oriente y conozco toda la estupidez de este mundo. Ya he tenido bastante. Quiero oír esa voz femenina en mis novelas. Y esto va más allá de la corrección política, con la que, por otra parte, estoy completamente de acuerdo».

En realidad, esa pretensión ya la ha ejercitado en novelas como Me llamo Rojoo esta misma, Las noches de la peste, que está contada desde el punto de vista de la princesa Pakize Sultan, la esposa del doctor que trata de controlar la peste en la isla de Minguer. Pero, a tenor de sus palabras, Pamuk no ha llegado a ese nivel de perfecta transmutación al que aspira. «Yo soy un gran admirador de Rousseau y él decía una cosa con la que siempre he estado de acuerdo: cualquier hombre adulto que se pelee con su madre se equivoca. [Risas] Y añadiría más: cualquier escritor de Oriente Próximo que se pelee con sus críticas femeninas se equivoca».

Enemigos de la patria

Pamuk fue siempre un gran defensor de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Ese sueño cosmopolita y laico, que estuvo cerca de concretarse en la primera década del siglo XXI, es hoy una quimera. A lo largo de todos estos años, el gobierno de Erdogan se ha ido entregando cada vez con más vigor a la nostalgia por la grandeza del antiguo Imperio Otomano. Esta visión retrógrada ha sido ratificada y consolidada en diferentes elecciones gracias al apoyo de los islamistas. Un escritor como Pamuk, que ha llegado a hablar públicamente del genocidio armenio, el gran tabú, no lo iba a tener fácil en la Turquía de Erdogan. De alguna manera, su prestigio internacional lo protege, pero recibe continuas amenazas, tanto físicas –«tengo que ir con protección por la calle»– como procesales.

La última de ellas le atribuía insultos a la bandera y al padre de la República Turca, Mustafá Kemal Atatürk, en Las noches de la peste. «Y no era cierto», explica. «Lo único cierto es que esta novela es una suerte de alegoría del auge de las naciones después de la desintegración de los grandes imperios. Se habla de Grecia, Serbia, Bulgaria, Egipto o Turquía, de todos esos países que nacieron tras la caída del Imperio Otomano, pero sin ninguna conexión con Kemal Atatürk. Acudí a la oficina del fiscal con el libro bajo el brazo y pedí que me señalara la página exacta en la que estaban esos supuestos insultos. Por supuesto, no pudo hacerlo. Mi conocimiento del Derecho impidió que este caso se eternizara en los laberintos burocráticos de Ankara y que se convirtiera en una especie de proceso kafkiano. No olvidemos que esta deriva judicial es una parte importante de la lucha política en Turquía. Yo tuve suerte y tampoco quiero presentarme como una víctima». Otros, efectivamente, están peor.

«Las personas que tienen problemas no son escritores de ficción como yo –añade Pamuk–. Son periodistas valientes, muchos de ellos amigos míos, que escriben, pasan dos años en la cárcel, salen, vuelven a escribir algo valiente y vuelven a la cárcel». Para ilustrar la situación política de su país, el escritor recurre a uno de los hombres del gabinete de Erdogan: «Tenemos un ministro de Justicia [Bekir Bozdag] que anuncia con orgullo que están construyendo nuevas cárceles. ¡Con orgullo! ¡Como si fueran hospitales!».

«El gobierno de Erdogan ha acabado con la libertad de expresión. Y sin libertad de expresión no hay democracia. Esto ha ocurrido en los últimos seis o siete años, ante los ojos de toda la humanidad», se lamenta. Pero fiel a su optimismo inquebrantable, ve una luz al final del túnel: «Las últimas encuestas están señalando un claro descenso en la popularidad de Erdogan. La economía ha caído en picado y quizás a la gente no le importe demasiado que haya periodistas en la cárcel, pero sí que les importa comer. Y de eso hablamos ahora, de pobreza. Hasta sus seguidores islamistas le están dando la espalda. Si las próximas elecciones son limpias, Erdogan caerá. Creedme».

Fuente: La Marea

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‘Las noches de la peste’ es el último libro del premio Nobel turco, una ficción con trasfondo histórico que traza paralelismos (políticos y sanitarios) entre el pasado y el presente.

Orhan Pamuk (Estambul, 1952) es una especie de Puente del Bósforo de la literatura: une dos continentes, dos culturas, dos visiones filosóficas y religiosas que se han dado la espalda históricamente con tenacidad. En su país, conforme ha ido aumentando la deriva autoritaria del presidente Recep Tayyip Erdogan, se ha ido convirtiendo en un intelectual más y más incómodo. Sin embargo, sus encontronazos con el régimen islamo-nacionalista no han hecho mella en su personalidad risueña y optimista. Pamuk disimula muy bien su hüzün, un sentimiento que describe profusamente en su libro autobiográfico Estambul y que vendría a ser el equivalente turco a la saudadeportuguesa mezclado con dosis típicamente locales de fatalismo y mala leche. Traducido a más de 80 idiomas y profundamente enamorado del oficio de escribir, Pamuk adora su vida, no duda en describirse como «un afortunado» y vislumbra lo que nadie, en un mundo marcado por la guerra, la pandemia y el ascenso de la extrema derecha, puede ver aún: un futuro mejor.

En su última novela, Las noches de la peste (traducida al español por Xavier Gallart y Miguel Ángel Romero y editada por Literatura Random House), mezcla personajes reales y de ficción para contar una fábula política, detectivesca y sanitaria. La acción transcurre en 1901, en Minguer, una isla imaginaria del Mediterráneo –«inspirada en Creta», revela– en la que se desata una epidemia de peste bubónica. El Imperio Otomano trata de contener la enfermedad para que no se extienda por el continente, lo que le obliga a imponer medidas sanitarias estrictas que soliviantan a una parte de la población y provocan una crisis de gobierno. Les suena, ¿verdad? Pamuk empezó a escribirla en 2016 y, cuando se desató la pandemia del coronavirus, se vio obligado a cambiar algunos pasajes para no parecer oportunista. «Me ocurrió lo mismo cuando estaba terminando de escribir Nieve: unos meses antes de su publicación se produjo el atentado de las Torres Gemelas. En la novela había dos menciones a Osama Bin Laden y las borré. En esta novela he tenido que acortar los pasajes en los que describo la cuarentena porque todo el mundo conoce ya los detalles. Tengo que reconocer que estaba un poco celoso de la realidad. Todo mi trabajo de investigación se vino abajo», explicó el autor en una rueda de prensa online con periodistas de España y América Latina.

En Nieve, Pamuk intentaba meterse en la cabeza de un terrorista para conocer sus motivaciones. Esa cree que es la principal misión de la literatura, ponerse en la piel del otro para comprenderlo: «Obviamente, yo no entiendo a un asesino fundamentalista, pero me arriesgo a entenderlo. Esa es una paradoja inherente al oficio de novelista. Por ejemplo, a mí me encantaría ser capaz de escribir una novela verdaderamente profunda sobre gente que no es estúpida y que, a pesar de toda la información de la que dispone, rechaza vacunarse. En Estados Unidos he conocido a personas así. Médicos respetados, inteligentes, cultos, que entendían la importancia del confinamiento y la vacunación, pero que votaban a Donald Trump y que, como se consideran defensores de la libertad, estaban en contra de las medidas sanitarias». 

Esas contradicciones son un misterio fascinante para Pamuk, quien anticipa lo que se diría de él si consiguiera recrear fielmente un personaje así: «Pues lo de siempre. ¡Dirían que lo estoy defendiendo! ¡Que soy uno de ellos!», exclama entre risas. «Tendría que hacer la promoción del libro enseñando mis certificados de vacunación. ¡Y tengo cinco! Porque en Turquía nos pusieron Sinovac, la vacuna china, pero no valía para viajar a Estados Unidos y me pusieron otras tres de BioNTech. ¡Y estoy muy feliz con ellas!».

En su afán por ponerse retos literarios, Pamuk confiesa que quiere aprehender la mirada femenina: «Quisiera escribir una novela de 600 páginas narrada en primera persona del singular femenino y que nadie se diera cuenta de que la he escrito yo, un hombre». ¿Y por qué? «Bueno, es una decisión ética que yo me impongo. Me hago mayor y quiero ver el mundo a través de los ojos de la mujer. Cada vez más. Soy un hombre de Oriente y conozco toda la estupidez de este mundo. Ya he tenido bastante. Quiero oír esa voz femenina en mis novelas. Y esto va más allá de la corrección política, con la que, por otra parte, estoy completamente de acuerdo».

En realidad, esa pretensión ya la ha ejercitado en novelas como Me llamo Rojoo esta misma, Las noches de la peste, que está contada desde el punto de vista de la princesa Pakize Sultan, la esposa del doctor que trata de controlar la peste en la isla de Minguer. Pero, a tenor de sus palabras, Pamuk no ha llegado a ese nivel de perfecta transmutación al que aspira. «Yo soy un gran admirador de Rousseau y él decía una cosa con la que siempre he estado de acuerdo: cualquier hombre adulto que se pelee con su madre se equivoca. [Risas] Y añadiría más: cualquier escritor de Oriente Próximo que se pelee con sus críticas femeninas se equivoca».

Enemigos de la patria

Pamuk fue siempre un gran defensor de la entrada de Turquía en la Unión Europea. Ese sueño cosmopolita y laico, que estuvo cerca de concretarse en la primera década del siglo XXI, es hoy una quimera. A lo largo de todos estos años, el gobierno de Erdogan se ha ido entregando cada vez con más vigor a la nostalgia por la grandeza del antiguo Imperio Otomano. Esta visión retrógrada ha sido ratificada y consolidada en diferentes elecciones gracias al apoyo de los islamistas. Un escritor como Pamuk, que ha llegado a hablar públicamente del genocidio armenio, el gran tabú, no lo iba a tener fácil en la Turquía de Erdogan. De alguna manera, su prestigio internacional lo protege, pero recibe continuas amenazas, tanto físicas –«tengo que ir con protección por la calle»– como procesales.

La última de ellas le atribuía insultos a la bandera y al padre de la República Turca, Mustafá Kemal Atatürk, en Las noches de la peste. «Y no era cierto», explica. «Lo único cierto es que esta novela es una suerte de alegoría del auge de las naciones después de la desintegración de los grandes imperios. Se habla de Grecia, Serbia, Bulgaria, Egipto o Turquía, de todos esos países que nacieron tras la caída del Imperio Otomano, pero sin ninguna conexión con Kemal Atatürk. Acudí a la oficina del fiscal con el libro bajo el brazo y pedí que me señalara la página exacta en la que estaban esos supuestos insultos. Por supuesto, no pudo hacerlo. Mi conocimiento del Derecho impidió que este caso se eternizara en los laberintos burocráticos de Ankara y que se convirtiera en una especie de proceso kafkiano. No olvidemos que esta deriva judicial es una parte importante de la lucha política en Turquía. Yo tuve suerte y tampoco quiero presentarme como una víctima». Otros, efectivamente, están peor.

«Las personas que tienen problemas no son escritores de ficción como yo –añade Pamuk–. Son periodistas valientes, muchos de ellos amigos míos, que escriben, pasan dos años en la cárcel, salen, vuelven a escribir algo valiente y vuelven a la cárcel». Para ilustrar la situación política de su país, el escritor recurre a uno de los hombres del gabinete de Erdogan: «Tenemos un ministro de Justicia [Bekir Bozdag] que anuncia con orgullo que están construyendo nuevas cárceles. ¡Con orgullo! ¡Como si fueran hospitales!».

«El gobierno de Erdogan ha acabado con la libertad de expresión. Y sin libertad de expresión no hay democracia. Esto ha ocurrido en los últimos seis o siete años, ante los ojos de toda la humanidad», se lamenta. Pero fiel a su optimismo inquebrantable, ve una luz al final del túnel: «Las últimas encuestas están señalando un claro descenso en la popularidad de Erdogan. La economía ha caído en picado y quizás a la gente no le importe demasiado que haya periodistas en la cárcel, pero sí que les importa comer. Y de eso hablamos ahora, de pobreza. Hasta sus seguidores islamistas le están dando la espalda. Si las próximas elecciones son limpias, Erdogan caerá. Creedme».

Fuente: La Marea

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