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Entre mis agresores y yo

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Por Harold Modesto

Santo Domingo, 18 de abril de 2022. En el centro de retención vehicular de la Digesett, conocido como el “Canódromo el Coco”, descubrí que hay sabores mucho más agrios que el de la sangre de tus propios labios rotos… En ese lugar me convencí de que la única herramienta para transformar esta sociedad es la educación y sin ella el imperio de la ley es un ideal vacilante que se sostiene con una tímida esperanza en el futuro, en el desarrollo, a sabiendas de que la anomia y la estulticia amenazan con destruirnos antes.

Desde que ellos despojaron a los fotorreporteros del Listín Diario y de CDN de sus cámaras supe a lo que nos enfrentábamos. Les sobraban los motivos para ser violentos y, aunque todavía no aquilato en el tintero un ángulo positivo para describir qué se siente ser golpeado por sorpresa, debo confesar que mientras tanto los míos —los motivos que me llevaron a ese lugar como servidor público—, también eran suficientes para resistir todo lo que implica una agresión en un sujeto con los procesos que pocos saben que me ha tocado vivir. A pesar de todo, me alegra haber conservado la calma ante un golpe sin honor que solo puede lastimar la superficie.

Para Ortega y Gasset la vida es el resultado de tres factores esenciales: la vocación, la circunstancia y el azar. No me cabe duda de que todos esos “agentes del orden” tampoco sabían que ese día podían llegar a tanto como golpear al Defensor del Pueblo, pero esa distorsión ante la que claudica la vocación de servir de muchos de nuestros policías ya no es la excepción, sino que se convierte en su “leitmotiv” hasta normalizarse. Cuando eso pasa, basta con poner a prueba el poder en medio de las circunstancias, cuando el uniforme los ayuda a sentirse dominantes, para verlos disfrutar de una violencia aplastante que se acumula sin que la ley o ninguna autoridad creada por ella los contenga.

En el azar, en esa selectiva e impredecible decisión del universo, estoy yo; desconocía que con el mismo uniforme con el que durante años me han llamado profesor, y se han construido tan genuinos nexos de respeto, alguien podría propinarme un golpe. En las aulas siempre tuve la oportunidad de recibir con amor el desacuerdo del otro hasta que pudiéramos regresar al lugar de nuestras diferencias, como digo en mi cuento Convivencia, “el uno conscientemente necesitado del otro”.

La diferencia entre mis agresores y yo es que contamos con autopercepciones distintas, nuestra coincidencia en ese lugar se dio por roles idénticos, aunque nos mueven vocaciones cuya naturaleza es oponerse. Para esta vida, decidí recibir el consejo que proviene de las complejidades que proporciona la soledad, prestándole atención a la razón rehúyo del ruido y del espectáculo, de las tendencias, de las maldades, del oportunismo, de la corrupción y del confort que acoge a cualquier servidor público que decida hacer más de lo mismo.

Ellos son sobrevivientes en un sistema que los esclaviza enfrentándolos al peligroso dilema de elegir entre el bien que a nadie importa y el mal que lucra, entre el deber cumplido que nadie recuerda y la abulia que ya nadie critica. Son inventores de su mismo lenguaje; de sus mismas reglas, los creadores de un mundo con el que pretenden tragarse el nuestro.

Ellos y yo somos muy diferentes, tan diferentes que puedo comprenderlos y sentir compasión por su tragedia diaria. Tan diferentes que puedo saber a estas alturas, sin conocerlos, que entre ellos hay buenas personas con sus luces y sus sombras. En fin, somos tan diferentes que los he perdonado, no albergo el más mínimo deseo de venganza ni de que padezcan un sufrimiento desmedido para enviar un mensaje con las imágenes ya desgastadas de la prisión. Lo que sí anhelo es que algún atisbo de reflexión les permita responsabilizarse de los cambios en sus vidas y que el tiempo sea lo suficientemente indulgente para permitirles retribuir a nuestro país un poco de decencia por lo mucho que les ha dado.

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Por Harold Modesto

Santo Domingo, 18 de abril de 2022. En el centro de retención vehicular de la Digesett, conocido como el “Canódromo el Coco”, descubrí que hay sabores mucho más agrios que el de la sangre de tus propios labios rotos… En ese lugar me convencí de que la única herramienta para transformar esta sociedad es la educación y sin ella el imperio de la ley es un ideal vacilante que se sostiene con una tímida esperanza en el futuro, en el desarrollo, a sabiendas de que la anomia y la estulticia amenazan con destruirnos antes.

Desde que ellos despojaron a los fotorreporteros del Listín Diario y de CDN de sus cámaras supe a lo que nos enfrentábamos. Les sobraban los motivos para ser violentos y, aunque todavía no aquilato en el tintero un ángulo positivo para describir qué se siente ser golpeado por sorpresa, debo confesar que mientras tanto los míos —los motivos que me llevaron a ese lugar como servidor público—, también eran suficientes para resistir todo lo que implica una agresión en un sujeto con los procesos que pocos saben que me ha tocado vivir. A pesar de todo, me alegra haber conservado la calma ante un golpe sin honor que solo puede lastimar la superficie.

Para Ortega y Gasset la vida es el resultado de tres factores esenciales: la vocación, la circunstancia y el azar. No me cabe duda de que todos esos “agentes del orden” tampoco sabían que ese día podían llegar a tanto como golpear al Defensor del Pueblo, pero esa distorsión ante la que claudica la vocación de servir de muchos de nuestros policías ya no es la excepción, sino que se convierte en su “leitmotiv” hasta normalizarse. Cuando eso pasa, basta con poner a prueba el poder en medio de las circunstancias, cuando el uniforme los ayuda a sentirse dominantes, para verlos disfrutar de una violencia aplastante que se acumula sin que la ley o ninguna autoridad creada por ella los contenga.

En el azar, en esa selectiva e impredecible decisión del universo, estoy yo; desconocía que con el mismo uniforme con el que durante años me han llamado profesor, y se han construido tan genuinos nexos de respeto, alguien podría propinarme un golpe. En las aulas siempre tuve la oportunidad de recibir con amor el desacuerdo del otro hasta que pudiéramos regresar al lugar de nuestras diferencias, como digo en mi cuento Convivencia, “el uno conscientemente necesitado del otro”.

La diferencia entre mis agresores y yo es que contamos con autopercepciones distintas, nuestra coincidencia en ese lugar se dio por roles idénticos, aunque nos mueven vocaciones cuya naturaleza es oponerse. Para esta vida, decidí recibir el consejo que proviene de las complejidades que proporciona la soledad, prestándole atención a la razón rehúyo del ruido y del espectáculo, de las tendencias, de las maldades, del oportunismo, de la corrupción y del confort que acoge a cualquier servidor público que decida hacer más de lo mismo.

Ellos son sobrevivientes en un sistema que los esclaviza enfrentándolos al peligroso dilema de elegir entre el bien que a nadie importa y el mal que lucra, entre el deber cumplido que nadie recuerda y la abulia que ya nadie critica. Son inventores de su mismo lenguaje; de sus mismas reglas, los creadores de un mundo con el que pretenden tragarse el nuestro.

Ellos y yo somos muy diferentes, tan diferentes que puedo comprenderlos y sentir compasión por su tragedia diaria. Tan diferentes que puedo saber a estas alturas, sin conocerlos, que entre ellos hay buenas personas con sus luces y sus sombras. En fin, somos tan diferentes que los he perdonado, no albergo el más mínimo deseo de venganza ni de que padezcan un sufrimiento desmedido para enviar un mensaje con las imágenes ya desgastadas de la prisión. Lo que sí anhelo es que algún atisbo de reflexión les permita responsabilizarse de los cambios en sus vidas y que el tiempo sea lo suficientemente indulgente para permitirles retribuir a nuestro país un poco de decencia por lo mucho que les ha dado.

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