Un nuevo nombre para el golfo de México, la toma de Groenlandia y ballenas perdidas: Trump está de regreso

0
220
Comparte esto:

La conferencia de prensa del martes del presidente electo de Estados Unidos en Mar-a-Lago fue un recordatorio de lo que pueden deparar los próximos cuatro años.

Escrito Por: David E. Sanger

Se habló del creciente número de ballenas varadas en Massachusetts, víctimas, dijo el presidente electo, de los molinos de viento que se han erigido frente a la costa. Están “volviendo locas a las ballenas, obviamente”.

Hubo una promesa de renombrar el golfo de México, por decreto presidencial, como “golfo de América”, refiriéndose a Estados Unidos. Y también la negativa de Donald Trump a descartar el uso de la fuerza militar para apoderarse de los 82 kilómetros del canal de Panamá por motivos de seguridad nacional, junto con los 2166 millones de kilómetros cuadrados que forman Groenlandia, la isla más grande del mundo.

El Times  Una selección semanal de historias en español que no encontrarás en ningún otro sitio, con eñes y acentos. Get it sent to your inbox.

A la familia y a los partidarios de Trump les gusta decir “¡Estamos tan de vuelta!”, y lo están, sin duda. Sin embargo, mientras el hombre que volverá a ser presidente profería amenazas y denuncias airadas contra el gobierno de Biden y quejas personales durante más de una hora el martes en el salón de su residencia de Mar-a-Lago, algo más estaba de vuelta: la caótica presidencia del monólogo interior.

Trump ha vuelto a nuestra conciencia nacional cotidiana, aunque se podría argumentar que en realidad nunca se fue. La rueda de prensa del martes fue un recordatorio de cómo era, y de lo que pueden deparar los próximos cuatro años.

Habló de una de sus quejas favoritas durante su primer mandato: los cabezales de las duchas y los grifos de los lavabos que no suministran agua, símbolo de un estado regulador enloquecido. “Gotea, gotea, gotea”, dijo. “La gente se ducha más tiempo, o vuelve a poner el lavavajillas”, y “acaban consumiendo más agua”.

Luego pasó a la perspectiva de un enfrentamiento militar con Dinamarca. Tras negarse a descartar la posibilidad de forzar a un aliado de la OTAN con el uso de la fuerza si seguía mostrándose reacio a entregar una propiedad codiciada por el presidente electo, Trump sugirió que, de todos modos, Dinamarca tenía un dudoso derecho sobre Groenlandia.

“La gente ni siquiera sabe si Dinamarca tiene algún derecho legal sobre ella, pero si lo tiene, debería renunciar a ella, porque la necesitamos para la seguridad nacional”, dijo.

En cuanto a Panamá, insistió en que Estados Unidos tenía que defenderse de una amenaza urgente para la seguridad nacional por parte de China, aunque la situación en torno al canal había cambiado un poco desde la última vez que Trump se sentó en el Despacho Oval.

“Puede que tengan que hacer algo”, dijo con la vaguedad que le caracteriza, cuando le preguntaron sobre su sugerencia de que la única solución a este problema podría ser la fuerza militar.

Hubo muchos déjà vues en la conferencia de prensa del martes que recordaron escenas de su primera presidencia. Las teorías conspirativas, los datos inventados, las quejas encendidas, todo ello a pesar de que ha protagonizado una de las remontadas políticas más notables de la historia. Las vagas referencias a “personas” que nunca nombra. La plana declaración de que la seguridad nacional estadounidense estaba amenazada ahora, sin definir cómo ha cambiado el entorno estratégico de modo que pudiera impulsarlo a violar la soberanía de naciones independientes.

Pero también había varias diferencias en esta versión de Trump que son fáciles de pasar por alto en un hombre que puede ir, en un instante, de los fracasos de la fontanería estadounidense a la necesidad de revivir el espíritu de conquista de territorios del presidente William McKinley.

Esta vez, parece ansioso por ponerse en marcha de una forma que no lo estaba en 2017. El martes pareció molestarse una y otra vez por el hecho de que Joseph R. Biden Jr. siguiera siendo presidente. Se quejó de que no pudiera reunirse con Vladimir Putin para negociar el fin de la guerra de Ucrania hasta que no hubiera jurado su cargo. Se quejó del aluvión de órdenes ejecutivas que Biden ha promulgado en los últimos días, destinadas a atar las manos de Trump, o al menos a ralentizarlo. Parecía especialmente enfadado por una que prohibía las perforaciones marinas en gran parte de la costa estadounidense, que dijo que revocaría inmediatamente, a menos que tuviera que llevarla primero a los tribunales.

Biden, dijo, estaba “deshaciéndose esencialmente de activos con un valor de entre 50 y 60 billones de dólares” bajo el lecho marino, sin explicar por qué pocas empresas perforaban allí en las décadas anteriores a la orden. Nunca abordó las consideraciones medioambientales que influyeron en la decisión de Biden.

Cuando el tema pasó a Medio Oriente, Trump habló como si ya estuviera al mando de las negociaciones, y llamó al estrado a su negociador jefe, Steve Witkoff, para declarar que “hemos hecho grandes progresos”. Pero como Witkoff señaló más tarde, las negociaciones estaban siendo dirigidas por el equipo de Biden, no por el de Trump, aunque se ha invitado a representantes de Trump a participar, ya que pronto heredarán la diplomacia tridimensional con Israel y Hamás.

No obstante, por momentos parecía que Trump ya era presidente, en gran parte porque Biden se ha desvanecido de la escena tan rápidamente.

Esta fue la segunda conferencia de prensa completa de Trump en Mar-a-Lago desde que empezó a formar su gobierno, y en ese sentido, sigue la tradición: Biden celebró varias ruedas de prensa en Delaware hace cuatro años, denunciando a Rusia por su hackeo a la empresa SolarWinds de una pieza crítica de software estadounidense y expresando después su horror ante la violencia desatada en el Capitolio el 6 de enero.

Pero en los últimos seis meses, Biden ha cedido el escenario, haciendo que la voz de Trump sea cada vez más fuerte y su influencia cada vez mayor. La última conferencia de prensa prolongada de Biden tuvo lugar el pasado julio, tras la cumbre de la OTAN en Washington, y sus ayudantes estuvieron muy nerviosos todo el tiempo, temerosos de que volviera a paralizarse como lo hizo en el debate con Trump en junio.

En la actualidad, cuando Biden dicta órdenes ejecutivas, lo hace en papel o por correo electrónico; rara vez habla de ellas o responde a preguntas detalladas. Nunca ha hablado públicamente sobre el hackeo chino de las empresas de telecomunicaciones estadounidenses, que sus ayudantes describen como quizá la nueva amenaza más urgente para la seguridad nacional de los últimos seis meses. (Curiosamente, tampoco lo ha hecho Trump, quien podría argumentar con más claridad por qué el hackeo de las entrañas de los sistemas de comunicaciones estadounidenses es una amenaza para el gobierno y la industria privada estadounidenses que lo que podría argumentar sobre los puertos chinos existentes desde hace tiempo cerca del canal de Panamá).

Con el presidente saliente desapareciendo de la vista, Trump parece intuir que, si sube al escenario, no habrá nadie que se oponga a su interpretación de la historia reciente. Está reescribiendo esa historia rápidamente, del mismo modo que reformuló los acontecimientos del 6 de enero, con la esperanza de que su elección fuera una prueba de que los estadounidenses creen que los fiscales lo persiguieron por venganza, no por aplicar la justicia.

“Es un grupo de gente enferma, y todo fue para influir en las elecciones”, dijo Trump sobre las investigaciones dirigidas por Jack Smith, el fiscal especial. “Todo era una lucha contra su oponente político. Nunca hemos tenido eso en este país. Lo hemos tenido en algunos países. Lo hemos tenido en países de tercer nivel”. Inevitablemente, empezó a hablar de “repúblicas bananeras”, una línea familiar del primer mandato. Algunas cosas no cambian.

David E. Sanger cubre el gobierno de Joe Biden y la seguridad nacional. Ha sido periodista del Times durante más de cuatro décadas y ha escrito varios libros sobre los desafíos a la seguridad nacional estadounidense. 

Fuente: The New York Times