Hace solo unas semanas, las naciones árabes se habían esforzado por volver a acoger a Bashar al Asad, dando por sentado que duraría en ese lugar. Estaban muy equivocadas.
Escrito Por: Steven Erlanger
Hace apenas unas semanas, las naciones árabes suníes, encabezadas por Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, intentaban que el presidente sirio Bashar al Asad volviera al redil, instándole a romper con un Irán debilitado.
Asad ya había sido invitado a volver a la Liga Árabe, una asociación de naciones de habla árabe de la región, 12 años después de haber sido expulsado por su brutal represión de la oposición siria. Luego, en septiembre, Arabia Saudita reabrió su embajada en Damasco, tras casi una década de relaciones rotas, una muestra de confianza en que Asad estaba allí para quedarse.
Incluso la Unión Europea había empezado a hablar de negociar con Asad para frenar la inmigración ilegal.
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Pero Asad dudó en alejarse de Teherán, incluso cuando Irán y Rusia, el otro principal apoyo de Asad —que lo mantuvo en el poder—, estaban debilitados y llegando a sus límites por las guerras en Medio Oriente y Ucrania.
Todavía el sábado, en Doha, Catar, los ministros de Asuntos Exteriores de los Estados árabes, Turquía, Rusia e Irán se reunieron en vano para intentar contener la revuelta contra Asad y evitar el caos que podría producirse con su destitución.
Sin embargo, pocas horas después de esa reunión, el destino de Asad estaba sellado, pues los rebeldes avanzaron sobre Damasco, derrocaron a su gobierno y lo obligaron a huir a Rusia. El domingo por la mañana, funcionarios saudíes, egipcios, cataríes y de otros países árabes se reunieron para empezar a reflexionar sobre las implicaciones de un mundo posterior a Asad en Medio Oriente, donde la influencia de Irán se está desmoronando y el poder de Turquía e Israel ha aumentado.

Ahora todos compiten por influencia en un país clave en una encrucijada, ya muy fragmentado por años de guerra civil, e intentan recordar las lecciones de anteriores esfuerzos fallidos en la región por construir una nación a partir del caos, el más evidente en Irak. Porque lo que se ha perdido es claro, mas no lo que está por venir.
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Geir O. Pederson, enviado especial de la ONU para Siria, quien se reunió en Doha con los ministros de Asuntos Exteriores de Rusia, Irán y Turquía, dijo que habían acordado intentar trabajar con los nuevos dirigentes sirios para formar un gobierno provisional que respete a las minorías y vuelva a crear una autoridad central para toda Siria.
“La esperanza es que los grupos armados se unan y creen un Estado sirio unificado y no intenten mantener el control sobre sus diversos territorios”, afirmó en una entrevista. Eso permitiría a la comunidad internacional movilizarse para que los desplazados y los refugiados —casi la mitad de la población siria de antes de la guerra— pudieran regresar a sus hogares.
“Pero no quiero ser demasiado optimista”, dijo. “Es el momento de un optimismo cauto, pero también de advertir sobre los retos que nos esperan si no conseguimos unirnos para lograrlo”.
El riesgo es que los diversos grupos armados sirios mantengan el control de sus territorios actuales y luchen entre sí por la primacía —como ocurrió en Afganistán—, impidiendo el surgimiento de una Siria unificada. Eso podría permitir a los radicales islamistas aprovecharse de otro Estado caótico y fallido que puede amenazar no solo a Israel, sino también a las monarquías suníes del Golfo.
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Los Estados suníes se han opuesto tradicionalmente al alcance del Irán chií. Asad es alauita, una rama del chiismo.

Entre las mayores incertidumbres se encuentran la verdadera naturaleza y las ambiciones de Hayat Tahrir al Sham, grupo islamista que alguna vez fue un aliado cercano de Al Qaeda, y de su líder, Abu Mohammad al Jolani. Jolani, de 42 años, rompió públicamente con el Estado Islámico y Al Qaeda y ha estado diciendo todo lo adecuado sobre la inclusividad. Pero en las zonas que su grupo controlaba alrededor de la ciudad de Idlib, en el noreste de Siria, ha gobernado con una ideología islamista suní conservadora y, en ocasiones, de línea dura.
Mientras el grupo de Jolani se movilizaba el lunes para ejercer el poder en Damasco, Pedersen dijo: “Siria no puede gobernarse como Idlib. Ningún grupo armado o comunidad puede tener el monopolio”.
Turquía, actor regional clave que ha apoyado al grupo, tiene sus principales intereses en el norte de Siria. Creó allí su propia zona de seguridad a lo largo de la frontera y ha estado luchando contra los kurdos sirios, a quienes considera enemigos del Estado. Es incierto si Turquía cederá el control de esa zona, pero es seguro que tendrá una influencia significativa en cualquier nuevo gobierno sirio.
Los kurdos sirios han sido apoyados en parte por Estados Unidos, que tiene un pequeño número de sus propios soldados sobre el terreno, luchando contra lo que queda de ISIS. Esto sitúa a Turquía en oposición a Estados Unidos en lo que respecta a los kurdos, aunque persigan los mismos objetivos de estabilidad en la Siria posterior a Asad.
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Aprovechando el caos, Turquía anunció el lunes que sus aliados habían arrebatado la ciudad de Manbij a los kurdos sirios respaldados por Estados Unidos.
“Será clave ver cómo maneja Turquía su problema kurdo, que es la principal razón por la que se involucró con Siria en primer lugar”, dijo Lina Khatib, miembro asociado del instituto de investigación Chatham House. “Si es pragmática, tendrá gran influencia en la política de Siria y podría allanar el camino para que muchos refugiados sirios regresen a sus hogares”.

Turquía acogió a casi cuatro millones de refugiados sirios que huyeron de la brutal represión de Asad, y los costos económicos y sociales de esa generosidad se han convertido en problemas políticos importantes para el presidente Recep Tayyip Erdogan.
Asli Aydintasbas, experta turca de la Brookings Institution, dijo que la caída de Asad era una victoria para Turquía y una pérdida para quien intentaba normalizar con él.
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“Para Turquía, no se trata de la frontera, sino de ganar Siria”, dijo. Con sus conexiones con la oposición tanto dentro como fuera de Siria, “Turquía se beneficiará políticamente de expulsar a Irán y económicamente de la reconstrucción”.
En cuanto a Rusia, que apoyó a Asad, ha sufrido “un enorme golpe de reputación”, aunque consiga mantener sus bases navales y aéreas en Siria, dijo Hanna Notte, quien estudia la política rusa en la región. Aunque los árabes suníes hayan detestado a Rusia por salvar a Asad en 2015, dijo, “Putin obtuvo cierto respeto por apoyar a un aliado y dejar en evidencia a los estadounidenses. Pero ahora Rusia ha perdido su influencia”.
Israel también tiene sus propios intereses, pues comparte frontera con Siria y se ha anexionado los Altos del Golán sirios. Ha intentado interrumpir el flujo de armas y dinero iraníes a través de Siria hacia Hizbulá en Líbano y Hamás en Gaza y Cisjordania. Israel toleró a Asad durante mucho tiempo, dijo Natan Sachs, de la Brookings Institution, creyendo que sus esfuerzos por contener el radicalismo islamista pesaban más que su ayuda a Irán.
Ahora Israel ya ha tomado medidas para apoderarse de la zona neutral de los Altos del Golán y ha bombardeado depósitos de armas químicas dentro de Siria para mantenerlas fuera del alcance de los extremistas. Está vigilando atentamente, temiendo una Siria caótica que pueda fomentar más grupos terroristas que desprecien a Israel.
“Las preguntas están abiertas: ¿es real o no la moderación?”, dijo Sachs refiriéndose a los rebeldes, “y en la medida en que sea real, ¿se aplica a Israel?”.
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Israel también considera que la caída de Asad es un favorable golpe para Irán y Hizbulá, que aumenta las posibilidades de mejorar las relaciones, una vez finalizada la guerra de Gaza, con Estados árabes como Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, que también recelan de los islamistas.
Khatib, de Chatham House, es optimista. Ve la posibilidad de un cambio importante en el orden regional, ya sin el dominio de Irán y sus aliados.
Israel, dijo, “puede pasar, si tiene cuidado, de ser un país que lucha por establecer alianzas con sus vecinos árabes a ser un país que marca la agenda”, abriendo la posibilidad de una mayor normalización con los países árabes.
“Tardará mucho tiempo en desarrollarse, pero existe una trayectoria en la región que va más allá del statu quo anterior, en el que Irán y los actores no estatales eran los saboteadores”, dijo.
Steven Erlanger es el corresponsal diplomático jefe en Europa y radica en Berlín. Ha reportado desde más de 120 países, entre ellos Tailandia, Francia, Israel, Alemania y la antigua Unión Soviética. Más de Steven Erlanger
Fuente: The New York Times en Español

