Las hojas están cambiando de color, la oscuridad llega cada vez más temprano y el frío aumenta día tras día: oficialmente, ha llegado el otoño. Parece el momento perfecto para empezar a disfrutar de la comodidad del hogar. Sin embargo, este otoño, mientras continúo escuchando los distintos medios de comunicación, siento que es más necesario que nunca resistir la tentación de encerrarnos en nosotros mismos y perdernos en nuestras crecientes preocupaciones. ¿Qué pasaría si consideráramos profundizar nuestros vínculos comunitarios más allá de nuestra familia inmediata y comenzáramos a reunirnos con mayor regularidad? He estado pensando en el valor de encontrarnos en nuestros hogares sin otro propósito que ofrecernos mutuamente nuestra presencia. ¿Qué podríamos descubrir sobre nuestra capacidad para sobrellevar estos tiempos difíciles y fomentar el bienestar colectivo si fuéramos más conscientes de la importancia de compartir nuestras vidas con los demás?
En la obra de 1893 «Un almuerzo. El artista, su esposa y el escritor Otto Benzon», el artista noruego-danés Peder Severin Krøyer se representa a sí mismo, a su esposa y a un amigo reunidos alrededor de la mesa del comedor. En el perímetro de la obra aparecen varios objetos de color azul: la chaqueta de color azul cobalto de Krøyer, las estanterías de la pared, el azul marino de la vajilla y el diseño del papel pintado. Estos elementos atraen al espectador hacia la conversación íntima que ocupa el centro de la imagen. La mesa se extiende hasta el borde inferior del lienzo, y alrededor de ella Krøyer y su esposa permanecen sentados, muy concentrados, mientras su invitado habla. Fácilmente podríamos ocupar el cuarto asiento de la mesa.

La primera vez que vi esta obra, me llamó la atención la mirada concentrada de la esposa y la manera en que la pareja se inclina hacia Otto Benzon. Podrían estar hablando de cualquier cantidad de asuntos, pero imagino una conversación de profundo interés, aunque con cierto grado de seriedad. Cualquiera que sea el tema de su conversación, la pintura me hizo pensar en el valor del diálogo en un momento en que las divisiones en torno a tantos asuntos de alcance mundial son profundas y las opiniones parecen inamovibles. Aunque tengamos puntos de vista diferentes sobre determinados asuntos, conversar juntos con calma y reflexión quizá pueda ayudarnos a sentirnos menos abrumados por la gravedad de los problemas que todos enfrentamos. Incluso podría despertar nuevas formas, o formas más útiles, de afrontar los crecientes desafíos en todo el mundo. Si nos reunimos con mayor regularidad, tendremos más oportunidades de ofrecernos mutuamente valor, inspiración y fortaleza.
El artista francés Édouard Vuillard es conocido por sus escenas de la vida doméstica y por su capacidad para plasmar la atmósfera de los espacios interiores. Su obra de 1937-1938, «El concierto matutino, plaza Vintimille», muestra una de las numerosas ocasiones en que el apartamento de su madre, Marie Vuillard, acogía encuentros musicales improvisados, ofrecidos por amigos músicos del artista. En algunas mañanas, sin previo aviso, unos cuantos amigos se reunían con la familia para escuchar interpretaciones de música clásica que, según Jacques Salomon, sobrino político del artista, servían para «aliviar su abatimiento matutino». En la pintura, dos amigos tocan el violín y otro interpreta el piano. La paleta de marrones, cremas y dorados crea una sensación de riqueza y calidez en la escena; los cuadros de las paredes y los caballetes utilizados como atriles nos recuerdan que el artista ha abierto su espacio privado con el propósito de dar cabida a la expresión creativa.
Imaginemos que, durante estos días de desánimo, abrazáramos la alegría de hacer música, leer relatos breves o poesía.
Reunirse con amigos en casa por el simple placer de compartir talentos musicales o participar colectivamente en actividades artísticas es una idea muy generosa y enriquecedora. Hace muchos años, cuando apenas llevaba unos años fuera de la universidad, mi grupo de amigos solía organizar comidas compartidas en los apartamentos de unos y otros, además de tocar música y cantar juntos. Era un ritual que fortalecía tanto nuestros vínculos como la confianza en que podíamos recurrir unos a otros por diferentes motivos. Más adelante, cuando cursaba estudios de posgrado, organizaba lecturas de poesía en mi apartamento e invitaba a mis amigos a llevar un poema favorito para leerlo en voz alta. Nuestras vidas eran menos complejas y tenían menos capas que ahora, pero, si pudiéramos dejar de lado nuestra necesidad de tener todos los detalles perfectamente definidos, reunirnos para crear arte juntos podría convertirse más fácilmente en un ritual. La pintura de Vuillard nos recuerda que, en el siglo XIX, los salones musicales celebrados en residencias privadas eran habituales en algunas regiones de Europa. ¿Qué nos impide adoptar esta práctica? Imaginemos que, durante estos días de desánimo, abrazáramos la alegría de hacer música, leer relatos breves o poesía. Pronto recordaríamos que la alegría es gratuita y que la alegría compartida siempre está a nuestro alcance cuando hacemos el esfuerzo de propiciarla.
En la obra de 2025 de la artista estadounidense Katherine Bradford, «Nadadores bajo una luna naranja», cinco figuras abstractas se reúnen en aguas color turquesa para contemplar un cielo cósmico salpicado de estrellas, donde la Luna brilla como si estuviera en llamas. Me encanta que los individuos carezcan de rasgos que permitan identificarlos; incluso parecen formar un solo cuerpo con el agua. No hay manera de saber quiénes son ni dónde se encuentran, pero se percibe una vulnerabilidad colectiva y una disposición a mostrarse sin reservas. Es una comunión mística de seres humanos reunidos para contemplar la misteriosa belleza y composición de la vida, los elementos y el cosmos. Casi parece estar envuelta en un aura de adoración.

¿Con qué frecuencia pensamos en reunirnos para experimentar el asombro? ¿Con qué frecuencia compartimos encuentros extraordinarios que nos recuerdan que vivimos en un universo misterioso y complejo? Recuerdo la pasada primavera, cuando cuatro astronautas de diferentes razas, etnias y géneros realizaron un sobrevuelo lunar y circunnavegaron la Luna durante la misión Artemis II de la NASA. Fue la primera misión lunar tripulada en más de 50 años. Recuerdo haber visto a los astronautas compartir sus experiencias y las reacciones del público ante aquel acontecimiento. La energía de la emoción y los sentimientos de asombro que surgieron de aquella concentración colectiva y consciente fueron contagiosos: la transmisión en directo de la NASA registró 149 millones de visualizaciones y los medios de comunicación evocaron una sensación de «efervescencia colectiva», término acuñado por el sociólogo de principios del siglo XX Émile Durkheim para describir la intensa energía que se genera cuando un grupo numeroso de personas se reúne para experimentar una misma actividad o concentrarse en una misma idea. Estas experiencias crean profundos sentimientos de unidad, incluso nociones de lo sagrado, y renuevan la percepción de las posibilidades de la humanidad. Reunirnos este otoño podría tener consecuencias mucho más profundas para nuestra humanidad compartida de lo que imaginamos.
Enuma Okoro. Copyright The Financial Times Limited 2026. © 2026 The Financial Times Ltd. All rights reserved. Please do not copy and paste FT articles and redistribute by email or post to the web.
Fuente: Acento

