La dictadura exhibe un pragmatismo sin nostalgias revolucionarias, mientras que los intereses en juego reclaman tener pulso de filigrana
En los últimos diez meses no hubo consenso entre académicos, politólogos y observadores sobre si en Venezuela había comenzado un proceso de transición. Una de las voces más cautelosas era la de la historiadora Margarita López Maya. Sin embargo, tras el retorno de María Corina Machado al país, la académica matiza sus dudas: “Estamos más cerca [de una transición] porque llegó el liderazgo político que puede articular a las fuerzas opositoras y conducirlas a una posible democratización”, afirma.
Augurar el rumbo del país suramericano sigue siendo tan difícil como eran los pronósticos meteorológicos hace treinta años. Sin embargo, la mayoría de los analistas coincide en dos puntos: la llegada de Machado ha sonado como el disparo de salida de una campaña presidencial anticipada. Y el segundo es que su retorno constituye el hito que ha llevado a muchos a afirmar que ahora sí ha comenzado la transición.
El recibimiento popular a Machado también invita a las comparaciones. Uno de los chistes crueles que circulaba cada vez que Henry Alviarez, coordinador de Vente Venezuela, anunciaba una nueva fecha para su regreso, y luego debía reconocer otro intento fallido, era que aquello se parecía a la segunda venida de Cristo. A juzgar por las imágenes y la puesta en escena de estos días, la referencia mesiánica no parece tan exagerada.
Hombres que lloran, mujeres que la abrazan, niños que le piden la bendición. Un clima emocional que oscila entre la esperanza y el desamparo y que confirma lo que hasta ahora han venido registrando las encuestas. Si las elecciones fueran mañana, María Corina Machado las ganaría, con amplio margen. Además, su liderazgo parece haber mutado hacia lo carismático.
Pero todavía no hay fecha para esos comicios.
En su rueda de prensa del jueves 29 de octubre, Machado insistió en que el mejor horizonte para una elección presidencial es 2027. Específicamente, julio del próximo año. Sin embargo, declaraciones atribuidas a un “alto funcionario” del Departamento de Estado apuntaban a un calendario más distante. Ni hablar de la reciente alocución de Delcy Rodríguez, quien, en un mensaje grabado y difundido antes de la conferencia de Machado, volvió a asegurar que en Venezuela habrá elecciones, tal como establece la Constitución.
La afirmación no deja de tener algo de ironía. Si algo ha sido sistemáticamente vulnerado en Venezuela durante los últimos años ha sido precisamente el orden constitucional. Además, tanto Estados Unidos, en su rol de acompañante y garante del proceso, como Rodríguez y el resto de la cúpula gobernante, han evitado declarar formalmente la ausencia absoluta de Nicolás Maduro.
No es un detalle menor. La Constitución establece que, una vez declarada esa ausencia, existe un lapso de treinta días para convocar una nueva elección presidencial si la falta ocurre durante los primeros tres años del mandato. Si sucede después, corresponde al vicepresidente completar el período. En 2013, al morir Hugo Chávez se llamó a votación en el lapso correspondiente.
En los corrillos políticos circula la tesis de que el objetivo de los Rodríguez (Delcy y su hermano Jorge) es extender los tiempos tanto como sea posible para evitar una elección en el corto plazo. En el peor escenario para la oposición, el proceso podría dilatarse hasta hacer innecesaria una nueva consulta presidencial, permitiendo que Delcy Rodríguez permanezca en el poder hasta 2030.
La llegada de Machado, sin embargo, parece alterar esos cálculos.
Aunque todavía está por verse cuánto protagonismo institucional tendrá en esta nueva etapa, es innegable que ella concentra el respaldo popular. Pero también es cierto que enfrenta adversarios poderosos: sectores que se han beneficiado de la opacidad de los negocios y algunas alianzas que prosperan a la sombra de la corrupción; rivales políticos y el fraccionamiento de las fuerzas de oposición.
Desde el fraude electoral del 28 de julio de 2024, me cuento entre quienes han intentado mantener distancia de las euforias que suelen desatarse en el país. No celebré el 3 de enero, he sido cautelosa sobre los resultados de la Mesa de Acuerdos, instalada en junio pasado; he puesto en duda que exista el plan de tres fases que repiten como estribillo algunos voceros, y, aunque me alegra que Machado finalmente haya logrado regresar a Venezuela, tampoco me sumo a los vítores sin reservas. No tanto por ella, que merece los aplausos, sino porque sigo teniendo la impresión de que se subestima la capacidad de adaptación de la dictadura, el pragmatismo sin nostalgias revolucionarias que exhiben y sobre todo porque los intereses en juego reclaman tener pulso de filigrana.
Es una advertencia que ha formulado en distintas ocasiones Carlos Valero, dirigente de Un Nuevo Tiempo. Valero admite que la esperanza de cambio se concentra hoy en María Corina Machado y que las encuestas muestran que más del 60% de los venezolanos desea una alternancia política.
“Pero quererlo no significa necesariamente que vayamos a lograrlo”, advierte.
Recuerda las numerosas oportunidades perdidas y cómo, en reiteradas ocasiones, la oposición no ha logrado anticipar la estrategia de su adversario, sobre todo su capacidad para destruir, dividir o reinventarse.
“Los rusos también juegan. Y el antídoto para construir una transición eficaz todavía nadie lo ha descubierto. Entre otras razones, porque todas las transiciones son distintas y ninguna puede copiarse de otra”, afirma.
El historiador Pedro Benítez comparte parte de esa cautela. Aunque reconoce que Venezuela atraviesa un momento de cambio político, todavía evita afirmar que el país se encuentra plenamente en transición.
“Eso probablemente podrá verse con claridad dentro de algunos años, si efectivamente se produce una alternancia en el poder”, sostiene.
Uno de los riesgos que observa López Maya es que el hiperliderazgo de Machado pueda derivar en dinámicas sectarias que terminen dificultando la participación plural que toda transición democrática requiere.
En esa misma línea, Valero insiste en que el tablero venezolano sigue siendo extraordinariamente complejo. Allí conviven y compiten intereses diversos: Estados Unidos, el gobierno venezolano, los distintos sectores de la oposición y actores que, incluso compartiendo el objetivo del cambio político, mantienen profundas diferencias entre sí.
Lo que es evidente es que la llegada de María Corina Machado ha modificado el clima político del país. Si algún acontecimiento de estos diez meses ha logrado acercar a los escépticos a la conclusión de que la transición está en marcha, ha sido precisamente este regreso. Me sumo a los incrédulos que hoy damos el beneficio de la duda.
Fuente: EL PAIS

