Escrito Por: Pablo McKinney
El pasado martes, recordaba aquella consigna de mayo del 68: “Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Lo hacía para destacar el mal momento que, 58 años después de aquella explosión de esperanza, atraviesa el mundo de la utopía para unos jóvenes para quienes el futuro dejó de ser una promesa. Por eso, nuestra generación es la única en la historia de la humanidad que podría dejar a sus hijos un mundo (familiar, existencial y espiritual) peor que el que nuestros padres nos legaron. Perdón por la nostalgia. (Mi padre, Carlos McKinney, viajó poco, casi nada, por el mundo. Apenas tuvo una bicicleta; sin embargo, el profesor fue un hombre rico y fundamentalmente feliz y realizado. Un dato lo revela: durante toda su vida de padre, cada día desayunaba, almorzaba y cenaba con sus hijos. (Imagínenlo). Vivió siendo feliz, porque para él la felicidad consistía en aportar a los demás: q la de sus miles de alumnos, por ejemplo).
Y así llegamos donde íbamos. Ante lo que el triunfo de Lula representa para los pueblos de América, es hora de reincidir en la esperanza que perdimos, porque (parafraseando a Nietzsche) la vida nos enseñó que cuando unos son el infierno (Trujillo, Balaguer en doce años), los demás nunca somos el paraíso. Los partidos y gobiernos posteriores a 1978 así lo han demostrado.
En medio de la tolvanera fascistoide, lo ocurrido en Brasil es un vaso de agua fresca, un masaje con final feliz, pero mejor. Por primera vez en Brasil ganó en la segunda vuelta quien había sido derrotado en la primera. Con su victoria, Lula rompió una racha de diez victorias de la derecha en América Latina. Y hasta venció a la coalición tecnopolítica de unos señores tecno-feudales (como los llama Varoufakis), que manejan los algoritmos, cambian la percepción del ciudadano, imponen la posverdad y son dueños de plataformas digitales que actúan como si no existieran los estados soberanos con leyes, códigos y Constitución.
A pesar de sus problemas, Brasil se destaca por su capacidad para abastecer mercados globales de alimentos y minerales, y por un liderazgo regional y global que lo convierte en un brazo de resistencia y apoyo para los pueblos del continente, sometidos al acoso de un hegemón insaciable e imperial que, sin prigilio ni respeto, reclama públicamente su derecho a gobernar el continente. América no está sola.

