Francia prende fuego al macronismo

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El segundo mandato del presidente, desconectado de la sociedad, tiene aún por delante seis largos meses en los que el país debe aprobar un presupuesto y buscar respuestas al imparable ascenso de la ultraderecha

Francia salió a la calle el 17 de octubre de 2026 y, entre manifestaciones, incendios y pillajes, certificó la muerte del macronismo. Lo hizo con violencia, como suele hacerlo. Rabia, cólera y también miedo hacia el futuro. Y lo que constató mientras destrozaba comercios e incendiaba Ayuntamientos y comisarías fue la defunción de una idea política que quería instaurar una centralidad ideológica radical y contener el auge de los extremos. En lugar de eso, fueron nueve años en los que se vaciaron los servicios públicos, se multiplicó la deuda (pasó del 98% del PIB al 119% actual) y los polos ideológicos en el Parlamento engulleron el debate público hasta ser hoy las dos fuerzas políticas —la izquierdista La Francia Insumisa (LFI) y el ultraderechista Reagrupamiento Nacional (RN)— con más posibilidades de llegar a la segunda vuelta en las elecciones de la próxima primavera.

El sábado se encontraron en las calles y las rotondas de Francia todos aquellos que desde hace mucho temen por la llegada del fin de mes y los que, además, lo hacen por la del fin del mundo. O, al menos, el mundo en el que vivieron sus padres.

Macron, que pocas horas antes de la anunciada protesta se fue a ver el concierto de Céline Dion con su esposa, llegó al poder cuando tenía 39 años. Era joven, listo y arrogante. Ni de izquierdas ni de derechas, anunciaba la construcción de su relato político. Había que introducir fluidez en la economía y flexibilidad en el mercado laboral. Macron conocía ese mundo, venía de la banca. Entendía el dinero. Pero se había criado en el Partido Socialista y era también consciente de la necesidad de preservar ciertos equilibrios, impartir justicia social, coser las fracturas identitarias. Engrasar el ascensor social que impulsaba la educación pública. Pero nada de eso ocurrió.

Un agente de policía corre frente a un incendio en una calle de París durante las protestas.Carl Court (Getty Images)

Francia está más fracturada que nunca y la extrema derecha, que el macronismo pretendía marginar, se encuentra a las puertas del Elíseo por primera vez desde la II Guerra Mundial: los sondeos le dan un 35% de intención de voto en la primera vuelta de los comicios. “Es el final de un reinado con una gran descomposición. Hay ecos del 1968, cuando también se llegaba al final del gaullismo. La protesta de los estudiantes es un movimiento inesperado que el Gobierno vio venir, pero no pudo imaginar la magnitud. Además, otro aspecto peligroso para Macron es que no hay dinero en la caja. Y eso rompe la regla de oro de una crisis social: pagar”, explica el periodista y biógrafo del presidente de la República, François-Xavier Bourmaud.

El jefe del Estado prometió revertir una sociedad gobernada y diseñada por y para boomers, la generación nacida entre 1946 y 1964. Lo tenía todo. En las últimas elecciones presidenciales obtuvo el voto mayoritario de la generación entre 25 y 34 años. Solo cinco años después, los treintañeros le desprecian, según los sondeos de Ipsos-BVA, y se inclinan por cualquier otra opción política. En las elecciones legislativas de 2024, menos de uno de cada diez votantes jóvenes apoyó a un candidato del bloque presidencial.

Macron siempre se rodeó de jóvenes colaboradores. Pero no le sirvió para entenderles. En junio de 2025, al margen de una cumbre del G-7, confesó al escritor Emmanuel Carrère que “nunca ha sido adolescente” y que no le “gustan” ni “comprende” a los adolescentes. La “Francia de Macron”, como la definen en las protestas de los estudiantes, ha dado la espalda a los jóvenes. La edad media de consumo televisivo en el país (France 2 y France 3) es de 60 años. El relato publicitario de los grandes segmentos de consumo no es para ellos: la edad a la que uno puede permitirse un coche nuevo son 55 años. El sábado, nueve de cada diez detenidos por los altercados eran menores de edad.

Un manifestante lanza un bote de gas lacrimógeno durante los disturbios en Nantes, este sábado.Stephane Mahe (REUTERS)

El deterioro de las cuentas públicas, la desaceleración del crecimiento y el aumento del desempleo han dejado obsoleto ese ideal, hasta el punto de reavivar un conflicto generacional. Pocos candidatos se atreven a defender abiertamente los intereses de los jóvenes, que se abstienen de votar en una medida ampliamente superior que las personas mayores.

Las protestas ya no alcanzan solo el problema de las pensiones ni llegan de la parte alta generacional, obsesión de sus dos mandatos. Hoy, eso es lo inquietante, no hay un interlocutor. El primer ministro, Sébastien Lecornu, no sabe si sobrevivirá al debate presupuestario de las próximas semanas. El presidente de la República apenas se ha referido al conflicto estos días y, a seis meses de ser relevado, es ya una figura de escasa autoridad. “Esta es la crisis final del macronismo”, insiste Bourmaud. “El movimiento de los estudiantes ya resuena como el de los chalecos amarillos en el primer mandato. Pero es todavía más sorprendente que se produzca meses antes de una elección presidencial, cuando nunca ocurren estos fenómenos. Las protestas suelen llegar después de una reforma o unos meses después de unas elecciones a causa de alguna desilusión. Los periodos antes de unas elecciones suelen ser tranquilos”.

El Ejecutivo sabe que no podrá satisfacer sus demandas económicas. El paisaje de fondo banaliza este tipo de esfuerzos. El Banco de Francia ha rebajado su previsión de crecimiento para 2026 hasta una horquilla entre el 0,4% y el 0,5%, muy por debajo del 1% que manejaba a finales de 2025, y elevó su pronóstico de inflación hasta el 2,5% para este año, casi un punto por encima de lo calculado meses atrás. La propia entidad admite que ese menor crecimiento, combinado con el encarecimiento de la deuda, empujará el déficit público al 5,2% del PIB en 2026, frente al 5,1% de 2025. Un cóctel que eleva la deuda pública hasta el 119,8% del PIB.

El politólogo Pascal Perrinau cree que Francia atraviesa “una crisis de confianza política”. “La desilusión en el sistema político es enorme. El presidente bate récords de impopularidad, el primer ministro no logra aprobar el presupuesto. Los franceses tienen la impresión de que no pueden esperar nada de la política y que el sistema está completamente gripado. Los jóvenes son los portavoces de un malestar y una reivindicación que también comparten con los padres. Y anuncia una campaña presidencial que oscilará entre la indiferencia y el apoyo a los partidos de protesta: el Reagrupamiento Nacional y La Francia Insumisa”, advierte.

Policías se protegen tras sus escudos durante las protesta en Nantes, este sábado.Stephane Mahe (REUTERS)

La izquierda radical de LFI, liderada por el vehemente Jean-Luc Mélenchon, es la única capaz de entrar en las manifestaciones y canalizar políticamente la rabia de los estudiantes (tiene un 40% de intención de voto entre los menores de 35 años). Y la ultraderecha del RN, de Marine Le Pen, aparece como la formación capaz de restablecer el orden y la ley. “Macron prometió que esa idea de no ser ni de derecha ni de izquierda marginalizaría al RN. Pero la ultraderecha no ha estado nunca tan fuerte como hoy. Estamos objetivamente en un momento de fin de reinado. El presidente está al final de su mandato, no puede presentarse y el macronismo afronta su destino: ser un paréntesis en la historia”, insiste Perrineau.

El problema va mucho más allá. La violencia y la sensación de caos se han apoderado de las calles. Las escenas de pillaje, ultraviolencia y sabotaje del sábado han dado la vuelta al mundo. Unos 300 estudiantes de secundaria han resultado heridos, junto con 150 miembros del personal educativo y 900 integrantes de las fuerzas del orden desde el inicio del movimiento. Este balance humano va acompañado de 9.000 detenciones policiales, de las cuales el 85% corresponden a menores de edad, y de una treintena de investigaciones encomendadas a la Inspección General de la Policía Nacional (IGPN), el organismo encargado de indagar en posibles irregularidades policiales.

Daños causados en una calle de París tras los disturbios, este domingo.Benoit Tessier (REUTERS)

Manuel Valls, exprimer ministro y exministro del Interior durante el mandato de François Hollande, cree que el Estado es ahora “muy débil”. “Nunca los manifestantes, la calle, habían tenido la sensación de enfrentarse a un Estado y un poder político tan frágil. Tan incapaz de plantar cara y buscar soluciones”, señala. “El vacío de poder es tremendo y advierte, con todos los síntomas, como una policía en crisis, el papel de LFI y los chalecos amarillos, que el Titanic se hunde. La situación favorece a las dos fuerzas de los extremos: el RN y LFI”, explica Valls al teléfono.

Los problemas de estabilidad se agravaron con la inesperada disolución de la Asamblea Nacional que decretó Macron en junio de 2024. El presidente de la República, en una jugada política que nadie entendió y que todos sus asesores le desaconsejaron, logró justo lo contrario de lo que se proponía y sembró el caos parlamentario. “Macron además de no dar un sentido a su segunda legislatura, destrozó lo poco que quedaba. Cuando fui primer ministro tuve una crisis en el Partido Socialista, cero crecimiento, a Europa presionando en el presupuesto y terrorismo… Pero nunca tuve la impresión de perder el control del camión. Si destruyes el legado gaullista, que es la estabilidad, creas una confusión enorme. Soy muy pesimista. Creo que estos seis meses se harán muy largos”, advierte Valls.

Fuente: EL PAIS