Liderazgo: ¿emocional o racional?

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El fracaso de las promesas de campaña y el agotamiento de la vieja política

Escrito Por: José Luis Taveras

Nadie que prometa acabar con un problema a tantos días de llegar al gobierno habla honestamente. Esa solución no está atada al tiempo, pero sí a la eficacia de planes o modelos, y pocos los tienen.

La cuestión no es denunciar, es trazar y aportar soluciones.  Pero la crítica es más cómoda que la estrategia. Aquella no siempre es responsable; esta al menos es honesta. La primera la puede hacer cualquiera; la segunda, solo quien acredite algún conocimiento de causa.

El déficit eléctrico, por ejemplo, fue «resuelto» en promesas de campaña por los candidatos Mejía, Fernández, Medina y Abinader —30 años entre los cuatro con reelecciones incluidas de los últimos tres—, y todavía tenemos una generación eléctrica cara y escasa sobre un modelo de distribución desastroso. Igual diagnóstico reportan la educación, la salud y la seguridad social, sistemas vencidos en gerencia, eficiencia y resultados. El tiempo pasa y las soluciones no solo tardan, también se encarecen.

Sí, lo sabemos, estamos mejor que hace cuarenta años y que algunos países de Centroamérica. Nadie lo discute, pero eso no nos da ventaja. La idea es preguntarnos cómo y dónde estaríamos si se hubiese obrado de forma distinta. La comparación justa no es con otras naciones, es con nuestra propia historia. Las demandas caducan sobre las mismas promesas: es la perversa lógica de la conformidad forzosa. Con la instalación de cada gobierno se agrega frustración a una larga crónica de expectativas desatendidas.

Como respuesta a ese cuadro, hoy detona la euforia de los liderazgos emocionales. Esos que procuran cosechas en las decepciones del electorado.  Enarbolan causas huecas, pero de recia empatía social. Es la nueva demagogia del espectáculo y la adrenalina. Su discurso es pobre, pero efectista; con él drenan la rabia de los inconformes y les dan cauce catártico a las autocensuras sociales. Son liderazgos díscolos, repentistas e impredecibles, de los que puede esperarse cualquier cosa.  Seducidos por su propio ego, se autoconfirman en la devoción de un pueblo sin ilusión, dispuesto a tomar la venganza con cualquier mercader de sueños. 

Son los que pregonan lo que la gente quiere oír —no escuchar—, y lo dicen sin corrección política para provocar adherencias entusiastas y con ello vender una autenticidad de pretendida base popular.  Dicen resolverlo todo y pronto, pero nunca cómo. Disimulan sus ineptitudes con maldiciones, reproches y condenas. Mandan al carajo a las elites, se defecan sobre los emblemas políticos y profanan los símbolos del poder. Claro, eso es cautivante para una sociedad decepcionada. Ayuda como desquite, pero no como solución. Sin embargo, no buscamos consuelo terapéutico, queremos vivir mejor.

Es el mismo populismo con otro disfraz, ahora en versión digital, con trama algorítmica y conexión de cortisol.  Esos que cuentan su manada por la cantidad de impresiones que digitalmente recaudan y que se creen la fantasía de poder conducirla a cualquier corral. Hoy muchos países de Latinoamérica sufren el embate de ese liderazgo nervioso, místico y estrambótico.

Junto a esa especie decae el liderazgo de la vieja política. Agotado en su propio descrédito y probado en su fracaso, se resiste a aceptar su ocaso.  Sin capacidad para renovarse ni para encantar, mucho menos para persuadir. Su demagogia es un zurcido de clichés que ni ellos se creen. Cada palabra es desmentida por sus pasadas ejecutorias. No saben que la sociedad evolucionó, que los tiempos son otros y que la política estrena códigos. Se trata de liderazgos caducos y desconectados de las comprensiones sociales.

Precisamos de un liderazgo racional, inteligente y «aburrido». Frío, sereno y equilibrado. Sin espectáculos ni aspavientos. Que privilegie la gestión basada en resultados, la deliberación y el respeto a las instituciones. Que asuma el poder no como gracia del destino ni designio de la historia, sino como resultado normal de un proceso consultivo que brinda la oportunidad de administrar un Estado, condición que no convierte a nadie en Mesías, elegido ni insustituible.

El liderazgo racional no propone «revoluciones» ni «refundaciones», opera con reformas graduales, consistentes y seguras. Las decisiones públicas las basa en el cálculo de costos, beneficios, incentivos y objetivos concretos. Se apoya en expertos, académicos y centros de investigación para entender razones antes que proponer soluciones. No cede por prejuicios ni presiones de intereses; actúa con convicciones formadas en la comprobación objetiva. Pero es abierto a la negociación y a la comprensión de posiciones.

Nos llegó el momento de construir la política racional: la de planes, consensos, ingenierías y esfuerzos asociativos; la que rebasa la retórica grandilocuente, el casuismo, el empirismo y la ideología del empleo social.  La del Gobierno como gerente idóneo de un Estado en el que las decisiones se toman por criterios técnicos, científicos o económicos, buscando la máxima eficiencia objetiva, pero con sentido social.  La política no como espectáculo, sino como constructo humano en las relaciones de poder. La política para hacer futuro.

Fuente: Diario Libre