La Inteligencia Artificial: ¿Riesgo existencial para la humanidad?

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Escrito Por: Leonel Fernández

A principios del pasado mes de septiembre, la atención mundial se volcó a la repentina renuncia de Jacob Coxon, un joven investigador de la compañía Anthropic, la cual ofrece herramientas de inteligencia artificial conversacional, interfaz para desarrolladores y soluciones de software empresarial.

La renuncia venía acompañada de un pronóstico sombrío que publicó en su cuenta de la plataforma social X, en el que afirmaba: “Las personas que están trabajando para construir la inteligencia artificial (IA) creen sinceramente que esta pudiera matarnos antes de que termine la década”.

Esas declaraciones desencadenaron una ola de pánico e intensos debates sobre la evolución de la inteligencia artificial hacia una superinteligencia, que operaría en forma autónoma o con independencia de participación humana; que nos superaría en términos cognitivos; y que representaría un riesgo existencial para nuestra especie.

Coxon no ha estado solo en su interés sobre el futuro de la inteligencia artificial y de la misma humanidad. La preocupación por el riesgo existencial (riesgo X) ya se había expresado desde 2014.

En esa ocasión, Stephen Hawiking, físico teórico, astrofísico y cosmólogo británico, junto con otros, advirtió sobre sistemas superinteligentes que “superarían en astucia a los mercados financieros, en capacidad de invención a los investigadores humanos, en manipulación a los líderes humanos y en el desarrollo de armas que ni siquiera podemos comprender”.

Fue un vaticinio apocalíptico. Iba en la dirección de la película 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick, la cual desde la década de los 60 presagiaba un riesgo existencial por el auge de robots con independencia humana.

La fascinación por el tema nunca ha cesado. Siempre ha estado presente en la agenda de los investigadores y en el 2023, meses después del lanzamiento de ChatGPT, 350 ejecutivos, investigadores e ingenieros que trabajan en inteligencia artificial, firmaron una declaración que decía: “Mitigar el riesgo de extinción por la inteligencia artificial debería ser una prioridad global junto con otros riesgos a escala social, como las pandemias y la guerra nuclear”.

Ahora, en julio de este año, los directores ejecutivos de Open AI, Sam Altman, y de SpaceX AI, Elon Musk, afirmaron que la singularidad, el punto hipotético en el que las computadoras se tornan autónomas, más allá del control humano, había hecho aparición.

Distintos conceptos

Por supuesto, no todos los actores vinculados a la industria de la inteligencia artificial piensan de igual manera.

Para algunos, la inteligencia artificial constituye un motor de progreso, el cual contribuirá a generar crecimiento económico, avances científicos y notables transformaciones en la medicina y la educación personalizadas.

Se trata de una visión tecno optimista para la cual el principal riesgo para continuar avanzando sería la sobrerregulación, ya que implicaría quedar rezagado frente a rivales.

Es el criterio que ha predominado durante la actual gestión de gobierno del presidente Donald Trump, en la que la prioridad consiste en ganar la carrera frente a China.

Hay otra corriente de pensamiento que, en lugar de concentrar su atención en un futuro hipotético catastrófico, fija su mirada en el presente.

Su preocupación radica en los sesgos algorítmicos; en la vigilancia sobre los ciudadanos; en el control de los datos; y en la concentración de poder en pocas empresas.

Su argumento central es que el riesgo no reside en un robot rebelde sino en quién controla la tecnología y con qué propósito. Actualmente ese enfoque converge, de manera parcial, con la corriente que enfatiza el factor de seguridad en los llamados modelos de lenguaje a gran escala, como el tipo de sistema de inteligencia artificial utilizado por ChatGPT y otros chatbots.

Por otra parte, existe también una corriente de escepticismo técnico, la cual considera que los modelos de lenguaje son un callejón sin salida para la inteligencia general, porque carecen de comprensión del mundo físico.

Las diferentes posturas asumidas en el debate sobre el futuro de la inteligencia artificial, no solamente tienen un carácter científico y tecnológico, sino que conducen a un criterio diferente sobre la pertinencia y alcance de la regulación.

¿Inversión o burbuja?

Para algunos analistas, la estabilidad y crecimiento que actualmente exhibe la economía estadounidense, en medio del conflicto geopolítico del Medio Oriente y el impacto del establecimiento de aranceles al comercio exterior, se debe, esencialmente a las astronómicas inversiones que se realizan en el sector de la inteligencia artificial. A decir verdad, el volumen de inversión en ese ámbito resulta excepcional. Las cuatro principales empresas de nube (cloud computing), como son Amazon, Microsoft, Alphabet de Google y Meta, han proyectado invertir 700 mil millones de dólares para la compra de chips, servidores y la construcción de centros de datos para este año, 2026.

Algunas voces pesimistas desempolvan el recuerdo del año 2000 en que se produjo el estallido de una burbuja financiera que se venía gestando desde la década de los 90 con respecto al desarrollo de las empresas puntocom (dot-com bubble).

Durante una década, los mercados de capitales vieron un incremento de su valor debido al crecimiento de las empresas relacionadas al sector de internet y a lo que entonces fue conocido como “nueva economía”.

Ahora, en la actualidad, se ha detectado financiación circular y opaca a través de redes de inversión cruzada y préstamos entre fabricantes de componentes, proveedores de la nube y desarrolladores de la inteligencia artificial.

El tiempo tendrá la última palabra sobre este particular. Pero, lo que resulta incontestable es que el debate sobre el futuro de la inteligencia artificial es amplio y enriquecedor.

Y aunque el desarrollo de modelos complejos de lenguaje no culmine en la catástrofe vaticinada de extinción humana, su concentración en pocas empresas si conduce, en lo inmediato, a una mayor desigualdad social y a una expansión de la brecha que separa a los países ricos de los pobres. 

Fuente: Listín Diario