Un porcentaje ínfimo de brasileños indecisos decantará la balanza para Lula o Bolsonaro hijo

0
12
Comparte esto:

El 3% de los votantes que, según las encuestas, aún dudan tienen la llave para los comicios en Brasil, marcados por el empate entre los favoritos

Hace semanas que observar las encuestas de las elecciones brasileñas requiere lupa y mucha atención al detalle. Los porcentajes apenas se mueven, una décima arriba, una abajo, siempre dentro del margen de error. Los sondeos dibujan un país partido en dos: la mitad pretende apostar por la continuidad del presidente, Luiz Inácio Lula da Silva. La otra mitad quiere la vuelta de la extrema derecha con Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente. Entre medio de los dos bloques, congelados desde hace tiempo, una pequeña brecha: los indecisos, ese 3% que según una encuesta de esta semana aún no saben a quién votar este domingo, cuando se celebra la primera vuelta. Ellos decidirán quién ocupará el palacio del Planalto de Brasilia los próximos cuatro años.

Serán personas como Elza Mendes, una trabajadora de la limpieza de Río de Janeiro, que dice estar “medio confundida” con todo el ruido de la campaña: “Se acusan mutuamente todo el rato, ¿no? Lo que hizo uno, lo que dejó de hacer, lo que promete… y yo acabo indecisa, porque en unas cosas estoy de acuerdo con uno y en otras con el otro”, dice.

Según la encuesta de Quaest de esta semana, de los 158 millones de electores hay un 3% que aún no sabe a quién votar. El número de brasileños con dudas cae a medida que se acercan los comicios, pero aún sigue siendo decisivo. “Yo lo decidiré allí mismo, delante de la urna”, asegura ella.

La mayoría de analistas coincide en que los dos principales candidatos han tocado su techo de intención de voto. Para Leonardo Paz, profesor de Ciencia Política de la Fundación Getúlio Vargas, las elecciones de varios países, incluido Brasil, se parecen cada vez más a las de EEUU. “Ya no debates con el electorado en general, sino con el hombre blanco, de más de 40 años, con tal nivel de renta, tal nivel de escolaridad, que vive en el suburbio de Atlanta… por poner un ejemplo. La disputa está en esos nichos específicos. La gente que está en la derecha votará a la derecha, no importa quién sea el candidato, y en la izquierda igual. El voto ya está cristalizado en al menos el 80% de la población brasileña, la cuestión es qué hará ese 15 o 20% restante”, explicó por teléfono.

En Brasil, ese perfil de indecisos tiene un rostro, como el de Mendes: el de una mujer de entre 35 y 59 años, que gana menos de 3.200 reales al mes (620 dólares) y vive en los estados del sureste del país. São Paulo, Río de Janeiro y Minas Gerais agrupan más del 40% de electores, por eso los candidatos están concentrando aquí sus últimos actos de campaña. La batalla está en las periferias pobres de las grandes metrópolis de esta región, el motor económico de Brasil.

Mendes siente afinidad con Flávio por su discurso en defensa de la familia tradicional y de mano dura contra la violencia. Le gustan sus promesas de reducir la mayoría de edad penal a los 16 años y de elevar las penas para quien roba celulares, por ejemplo. En cambio, teme que recorte programas sociales como Bolsa Familia, una ayuda económica que ella recibe cada mes (y cuya cuantía Lula acaba de incrementar un 15%), o las cuotas para alumnos pobres, negros y mestizos en las universidades.

Su hija tiene 18 años, recibe una paga del Gobierno para evitar la evasión escolar y el año que viene ya pretende estudiar en la universidad, aún no sabe si Derecho o Psicología. “Pienso en eso y entonces ya me pongo del lado de Lula, porque pienso en mi hija, en su futuro, porque seguramente con Flávio sea más difícil. No es que el actual Gobierno sea una maravilla, porque no lo es, pero [Flávio] probablemente acabará con esas ayudas”, dice.

La decisión final no depende solo de a quién acaben votando esos indecisos. También de cuántos finalmente optarán por quedarse en el sofá de casa. A pesar de que en Brasil votar es obligatorio, cada año ha ido creciendo el índice de abstenciones (en ese caso, la penalización es una multa simbólica). Hace cuatro años, cuando había que elegir entre seguir con Bolsonaro padre o permitir el regreso de Lula, 31 millones de brasileños no se sintieron interpelados. Eso representa el 21% del electorado. Fue la mayor abstención desde 1998, y los analistas advierten de que este año, con una campaña electoral mucho más monótona, podría ser aún mayor.

Es una mala noticia sobre todo para Lula, porque quienes más suelen abstenerse son los más pobres, y esa es su principal base electoral. Mendes dice que muchos de sus vecinos y familiares no votan. “Yo les digo que hay que votar, luego no sirve de nada quejarse”, afirma convencida.

La vertiginosa campaña electoral brasileña incluye anuncios en radio, televisión y redes que se van grabando y actualizando en función de los acontecimientos. En esta última semana, tanto Lula como Flávio Bolsonaro han ido a buscar a ese elector que rehúye a la polarización. “No necesitas ‘hacer la L’ (el signo con los dedos en apoyo a Lula), no necesitas vestirte de rojo, sólo pensar que Brasil puede ir más lejos”, decía el líder del Partido de los Trabajadores. “Si tú también quieres un cambio no hace falta que yo te guste, te puede gustar tu familia, te puede gustar Brasil y puedes darme tu voto de confianza”, decía Bolsonaro hijo.

Mendes asegura que no ha tenido tiempo de ver nada. Confiaba en el debate televisado con los candidatos presidenciales de la noche del jueves para acabar de decidirse, pero el presidente Lula ha decidido no acudir.

Las maniobras de seducción, sobre todo en el caso de Bolsonaro hijo, se dirigen a los votantes de los otros candidatos, los grandes olvidados de estos comicios. Augusto Cury, Renan Santos, Ronaldo Caiado y Romeu Zema tienen, juntos, menos del 12% de intención de voto. Son candidatos de derechas y la mayoría de sus electores, si estuvieran entre la espada y la pared elegirían a Flávio, pero no pocos preferirían votar nulo o abstenerse. En estas circunstancias, donde cada voto cuenta, la gran misión del primogénito del clan Bolsonaro es convencerles del voto útil.

A Mendes lo que de verdad le gustaría es un tercer candidato, pero asume frustrada que nunca hay nadie que realmente despegue. No recuerda a quién votó en las elecciones de 2022, pero diría que optó por Lula porque no le gustó la gestión que Bolsonaro hizo de la pandemia.

Para este domingo, ha quedado en ir a votar con su hija. Será el primer voto de la joven, que está muy ilusionada y convencida de votar a Lula. La madre se lo sigue pensando, aunque a medida que ha ido verbalizando sus pensamientos parece haberse aclarado un poco: “Por el futuro de mi hija creo que estoy 80% convencida de votar a Lula, pero no sé, ya veremos”.

Fuente: EL PAIS