Escrito Por: Pablo McKinney
Veintitrés posibles asesinatos en una semana son muchos asesinatos.
Treinta y siete muertos en un mes son demasiados muertos.
¡Los videos no mienten!
Ciento ochenta posibles ejecuciones en ocho meses son el descenso a los infiernos, el ingreso a la barbarie en el gobierno de un partido que se define progresista, en un país cuya Constitución se fundamenta en el respeto a la dignidad humana.
En un esfuerzo por recuperar una popularidad disminuida a partir de la crisis de aquellos apagones de junio de 2025, el gobierno ha cedido a la tentación de ejecutar a los supuestos delincuentes exclusivamente pobres, pues, históricamente, los supuestamente grandes desfalcadores del Estado no han recibido ni siquiera una condena definitiva.
El gobierno está cambiando vida por popularidad. Mientras lo hace, debería recordar de dónde viene la delincuencia barrial, de dónde brota este comportamiento, esta suma de horrores, errores y descuidos encadenados: así, el adolescente barrial vive en la exclusión y la frustración cotidiana, que lo llevan a cortar sus vínculos virtuosos —digamos— con la escuela, con el trabajo que perdió o nunca tuvo, con la familia que quizás nunca ha tenido, porque es hijo de padres ausentes que emigraron, o son irresponsables, o son adolescentes mayores que todavía se están criando a sí mismos.
Perdido el vínculo primario, las pandillas son el camino en el que al joven le comienza a llegar la recompensa económica y social de sus primeras raterías, y con ellas la normalización de su conducta; además, la banda le ofrece una identidad, un sentido de pertenencia que en el barrio genera admiración, respeto, poder y hasta expectativas de progreso.
Antes de ceder a la tentación del 29 como arma para conectar electoralmente con las mayorías que apoyan estos linchamientos, el gobierno debería apostar primero por mejorar la escuela y los docentes, enfrentar la cúpula de las redes del crimen organizado que controlan los barrios en complicidad con políticos y agentes policiales, y asegurar un acompañamiento social, cultural, deportivo, espiritual y psicológico a nuestros jóvenes. Todo ello para que, en nuestros barrios, la delincuencia deje de ser el modelo a seguir y la violencia casi la única manera de sobrevivir, de pertenecer, de ser aceptado y hasta de ser respetado.
Segundas partes nunca fueron buenas, muy señores míos: «Si bailas con el diablo, el diablo no cambia; el diablo te cambia a ti.»

