La actividad que más demanda y cautiva al ego es la política. Al político se le sigue, se le aplaude, se le reconoce, se le hace un culto a la imagen, se le adula y se le trata como un Dios terrenal que debe satisfacer y encontrar oportunidades personales y colectivas.
Escrito Por: José Miguel Gómez
La sociedad posmoderna, las redes, el algoritmo y la vida hedonista, hacen prisionero del ego psicológicamente hablando a cualquier persona. Hoy más que nunca se vive necesitado de validación, aceptación, notoriedad, presentismo, reconocimiento y legitimidad.
La necesidad de placer, de poder y de admiración, son las que gratifican y producen descargas dopaminérgicas del cerebro, produciendo recompensa, necesidad impulsiva de buscar gratificaciones para sustituir otras carencias, otras necesidades, miedos y ansiedad que se satisfacen a través del ego, el poder y la política.
La actividad que más demanda y cautiva al ego es la política. Al político se le sigue, se le aplaude, se le reconoce, se le hace un culto a la imagen, se le adula y se le trata como un Dios terrenal que debe satisfacer y encontrar oportunidades personales y colectivas.
Si por mala suerte ese ego se infla más, se personaliza todo y crea una megalomanía que termina distorsionando la percepción con el entorno, separar la persona del cargo o deja crear contrapeso con el equilibrio social.
La política es una actividad social, se nutre de vocación de servicio, de altruismo, solidaridad, generosidad, compasión, amabilidad y humildad, para poder conectar, sentir la cercanía, la empatía y crear el sentido de pertenencia con los grupos sociales.
La trampa del ego en la política es cuando se infla, se llena de soberbia, de arrogancia, de prepotencia, petulancia y pone distancia de la sociedad, perdiendo la conexión, el contacto y la dirección para ocuparse del destino, del poder, de los beneficios tangible y de la vanidad enfermiza.
El político debe saber escuchar las críticas, ataques, confrontaciones y desacuerdo frontales, pero sin mirarlas como ataques personales a su ego. Debe, sobre todo, poner límites y reconocerlo, ya que es humano, vulnerable, que vive en el territorio y no en el mapa.
Es decir, el político prisionero de su ego se hace vulnerable a la crítica, susceptible a las manipulaciones, controlado por adulones y grupos que legitiman los antivalores.
En política, un político domina su ego y sus detonantes sociales y personales. Aprende a distanciarse de los que buscan el poder sin ética y sin valores. Además, sabe de la importancia de los grupos y de los seguidores, pero siempre lo urgente es gobernarse y administrarse él.
La política es cambiante, su dinámica envuelve, seduce, el poder corrompe, los amigos traicionan, los adulones son temporales, los aplausos tienen épocas y el reconocimiento es escaso; de ahí que el político debe mantener una vida fuera de la política y del poder.
Sin embargo, tanto la política como el poder son adictivos. Es raro un político que separe su propio ego de la política y del poder para tomar distancia y encontrarse consigo mismo, para no enfermar o terminar siendo su propio verdugo o prisionero.
El político debe controlar sus hábitos, tener un cerebro reflexivo, darle diferentes miradas a la vida, saber lo que es prioritario y urgente, pero saber que es lo necesario y primordial, lo que no se puede negociar ni ceder: la ética, los valores y los principios.
Ahora, el algoritmo construye políticos, el mercado y los grupos crean las necesidades y la sociedades anestesiadas y entretenidas han perdido el pensamiento crítico; el político debe gerenciar su ego, conectar con la sociedad y analizar el contexto.
Resumen:
El ego en la política puede ser una trampa que lleve a la búsqueda del protagonismo, el culto a la imagen, la intolerancia a la crítica, la soberbia y la petulancia. El político debe aprender a gerenciarlo y administrar su ego para conectar desde el humanismo y el servicio social.
Fuente: Hoy

