Tras forzar el cierre sin reapertura a la vista del Kennedy Center, la Casa Blanca pone en el punto de mira al Museo Smithsonian de Historia de Estados Unidos
Una lona cuelga desde hace 96 días de la fachada del Kennedy Center como una gigantesca metáfora de los ataques de Donald Trump a las instituciones culturales de Washington.
Estos se redoblaron con el anuncio este miércoles de que el secretario de Interior, Doug Burgum, está listo para colocar a la entrada del Museo Nacional de Historia Estadounidense (NMAH son sus siglas en inglés) una decena de carteles que adviertan a los visitantes de “los puntos de vista personales” de quienes programan las exposiciones. La Casa Blanca acusa a la institución, que forma parte de la red Smithsonian, de haber “adoptado explícitamente un marco ideológico que ya no considera la historia [de Estados Unidos] como un legado compartido, sino como un instrumento político para dividir, desmoralizar y desalentar” a sus compatriotas.
Cuando instalen esos carteles (a razón de 7.000 dólares cada uno) se unirán a la lona del Kennedy Center como símbolos de la obsesión de Trump por reducir la cultura a instrumento para avanzar sus ideas MAGA (Make America Great Again), cimentar su legado y agrandar su ego.
La lona de la gran institución de la música y la ópera de Washington la dejaron ahí los operarios encargados de quitar de su fachada, por orden de un juez, las letras con el nombre del actual presidente de Estados Unidos que un patronato de fieles a Trump había mando poner meses antes. Decenas de personas asistieron en junio en directo a su retirada, y esperaron durante horas, junto a decenas de miles de testigos por streaming, para ver caer la veladura del edificio blanco del Kennedy Center.

Pero esta nunca cayó. Este martes, el patronato leal tomó la decisión −en una reunión que acabó con Trump a gritos, según los testigos− de hacer efectivo un cierre de la institución que anunció el presidente de Estados Unidos en febrero. Entonces dijo que urgía acometer una “reconstrucción completa” de “un centro deteriorado, obsoleto y en mal estado”. Ahora, después de que la Casa Blanca difundiera un vídeo de lo que parece el desprendimiento de una parte del techo del grand foyer, amenaza con no aprobar esa renovación de 257 millones de dólares si la institución no vuelve a estampar su nombre junto al de John F. Kennedy, presidente en honor de quien se inauguró el centro en 1971.
El miércoles, con el Kennedy Center cerrado desde la tarde anterior, se sumaron nuevos símbolos a la lista de pruebas de la obsesión cultural de Trump con las vallas que los trabajadores de la institución han colocado para impedir el acceso al complejo a orillas del Potomac.
El último capítulo del drama del centro llega a menos de 50 días de las elecciones de mitad de mandato. Las encuestas indican que los votantes preferirían ver a Trump enfocado, más que en las escaramuzas de su guerra cultural, en asuntos como la inflación o el precio de la gasolina.

Hace también una semana de que anunciara su renuncia Lonnie Bunch III, presidente del Smithsonian. Lo deja por motivos personales, contó, pero tras un año y medio de acoso de la Administración de Trump a una red de 21 museos nacionales y un zoo a la que la Casa Blanca puso en el punto de mira en marzo del año pasado con la publicación de un decreto titulado Restaurando la verdad y la cordura en la historia de Estados Unidos que instaba a una “limpieza ideológica” del Smithsonian.
Estatua de Washington
Días después del adiós de Bunch, el presidente de Estados Unidos, que ya presionó con éxito para que la National Portrait Gallery cambiara lo que en ese museo se contaba y cómo sobre él, ordenó al Smithsonian la sustitución de la estatua abstracta Infinity (1967), de José de Rivera, frente al MNAH, por otra, “de 10 metros”, de George Washington.
Trump, en una confusión sin precedentes de la labor de presidente con la de conservador de museo, también exigió al centro en un post en su red social la organización de una exposición sobre el primer presidente de Estados Unidos, y que esta se mantenga en cartel “durante cinco años”.
Más allá de su valor artístico, Infinity es un símbolo de la renovación de la capital; fue la primera escultura de arte moderno en incorporarse al paisaje hasta entonces neoclásico del National Mall, ideal estético que Trump también quiere resucitar. Y no es el único ejemplo de la estatuaria pública de la ciudad que ha conquistado titulares políticos estos días: la orden de desmontaje y retirada de la explanada del Kennedy Center de Blue (2019), de Joel Shapiro, fue a principios de septiembre otra demostración de la inquina del presidente hacia el arte moderno y contemporáneo.

Las advertencias que el secretario Burgum se dispone a instalar a la puerta del NMAH son consecuencia de la publicación el 4 de julio, día del 250° cumpleaños del país, de un informe de 160 páginas, con 500 notas al pie, sobre el museo. En él, sus autores (anónimos) lo criticaban por centrarse demasiado en las contradicciones de los Padres Fundadores, en la esclavitud y en el genocidio indio. Por ofrecer un retrato inconveniente del papel del cristianismo en la forja de la nación. O por dedicarse al activismo “contra los blancos” y en favor de las personas transgénero y de los inmigrantes “ilegales”.
M. J. Rymsza-Pawlowska, historiadora pública de la American University, en Washington, define en una entrevista telefónica el informe de la Casa Blanca como “ridículo y absurdo”, y los ataques de Trump a la cultura, como “clásicas maniobras autoritarias”. “En el caso del Smithsonian, denotan además la ignorancia sobre su funcionamiento”.
“Las exposiciones del NMAH acogen una inmensa cantidad de puntos de vista ideológicos”, según la experta. “Y [durante su gestación] se someten a varias revisiones por pares y por las comunidades y las partes interesadas. Nunca obedecen a la ocurrencia de los conservadores, que, por otra parte, siempre son historiadores del máximo nivel que renuncian a puestos en prestigiosas universidades para dedicarse al servicio público”. Rymsza-Pawlowska tampoco comparte la urgencia de montar una exposición sobre Washington. “Ya hay un museo enteramente dedicado a él, Mount Vernon, a veinte minutos en coche”, aclara.
La historiadora confía asimismo en que los visitantes al NMAH entiendan cuánto tienen de “pantomima política” los ataques de Trump. Para los asiduos del Kennedy Center , una institución con la que muchos melómanos de la ciudad mantienen vínculos casi emocionales, ya es demasiado tarde.
Poco después de volver a la Casa Blanca, Trump quiso poner el centro al servicio de los ideales MAGA. Echó a su patronato para ponerse a sí mismo de presidente y nombrar a un grupo de fieles sin experiencia en la gestión o la filantropía culturales. Después, añadió su nombre al de Kennedy. Y cuando los abucheos a sus visitas y a las de miembros de su Administración y las cancelaciones voluntarias de artistas y bajas de abonados se sumaron a la caída de la venta de entradas, decidió que había que cerrarlo para una profunda renovación, que ahora supedita a que los jueces le den la razón.
Toni Codinas, uno de esos aficionados, explica que en estos 18 meses ha sentido, por este orden, “incredulidad”, “rabia” y “tristeza”. Incredulidad, “por lo fácil que le resultó hacerse con el control del centro” con “descaro, desprecio a las normas, y política de hechos consumados”. Rabia, cuando lo convirtió “en una sala de fiestas MAGA y en ejemplo de la corrupción galopante de su Administracion, usando la ópera para presentar el documental de Melania o para hacer una fiesta a la FIFA [por el sorteo del Mundial].
La tristeza, continúa Codinas, miembro del patronato del Washington Bach Consort, otra institución de referencia de la música clásica de la ciudad, la siente al ver como Trump ”vapulea los restos» del Kennedy Center, cuya fachada aún cubre, 96 días después, una gigantesca metáfora de los ataques de Donald Trump a las instituciones culturales de la capital de Estados Unidos.
Fuente: EL PAIS

