De los 7.000 comercios previos al desastre sobreviven poco más de 1.700
Dos semanas después de perder su hogar y su peluquería, Alejandra volvió a trabajar. No lo hizo en un local reconstruido, sino bajo una carpa instalada en Playa Verde, en Catia La Mar, epicentro del segundo terremoto que azotó La Guaira el pasado junio. Allí armó un pequeño puesto de manicura y pedicura para atender a sus vecinos. “Monté mi carpa para ofrecer mis servicios a la comunidad. Con trabajo nos podemos recuperar, y también podemos ayudar a la comunidad en este momento tan difícil”, cuenta.
Alejandra ofrece sus servicios a precios bajos y, cuando puede, gratis. A pocos metros, su primo, Jhonny Moisés Acosta, brinda fisioterapia a colaboración. Ambos pudieron montar sus estaciones gracias a donaciones de mesas, luces, materiales de trabajo, una camilla y dos carpas.
La carpa de Alejandra y su primo es una imagen pequeña de un problema enorme. A dos meses del doble terremoto, La Guaira intenta volver a poner en marcha una economía que todavía funciona muy por debajo de su capacidad. El turismo prácticamente se detuvo, miles de negocios siguen cerrados y buena parte de los establecimientos que han reabierto lo hacen alrededor de las necesidades creadas por la emergencia.
El 23 de julio, el gobernador, Alejandro Terán, informó de que un primer censo dijo que solo están en funcionamiento 1.752 negocios de los casi 7.000 que había antes del terremoto. Las proyecciones también son severas: el economista Asdrúbal Oliveros estima que la actividad económica podría contraerse entre un 55% y un 70% durante el tercer trimestre de 2026 respecto de 2025.



El golpe tiene una dimensión difícil de imaginar: los daños directos en La Guaira se estiman en 4.982 millones de dólares, según el Banco Mundial. Detrás de esas cifras hay personas como Alejandra, que están intentando volver a producir.
Algo similar ocurre en el Mercado El Mosquero, en Maiquetía. El ruido de los cuchillos sobre las tablas, el agua que corre por el piso, los vendedores que anuncian pescado fresco y mariscos y los gatos que se mueven entre las cajas dan al mercado una apariencia de normalidad. Pero basta mirar los puestos vacíos para entender que esa normalidad no existe.
La actividad regresó apenas dos semanas después de los terremotos. Seis puestos, sin embargo, nunca volvieron a abrir. “Quienes trabajan ahí fallecieron, lamentablemente. Algunos vivían en las OPPPE que colapsaron”, dice Daniel Arvel, uno de los trabajadores.
Los comerciantes que sí regresaron también cargan con pérdidas. Algunos perdieron sus viviendas; otros, familiares o amigos. Aun así, cada mañana vuelven a limpiar, cortar, pesar y vender. El mercado funciona, pero con menos trabajadores y muchos menos clientes.
Una encuesta de la Cámara de Comercio de La Guaira encontró una caída de 80% en los ingresos del sector productivo tras los terremotos. Las ventas, confirman los comerciantes, han caído drásticamente. A las consecuencias económicas del terremoto se sumó otro golpe: rumores falsos en redes sociales afirmaban que el pescado estaba contaminado. Muchos clientes dejaron de comprar.
El resultado es una paradoja que se repite en toda La Guaira: los negocios pueden volver a abrir mucho antes de que vuelva la economía que los sostenía. Hay puestos con mercancía, pero sin clientes; trabajadores que regresaron, pero que todavía no tienen casa; y establecimientos que funcionan gracias a una emergencia que algún día tendrá que terminar.

Una nueva clientela
Durante décadas, La Guaira vivió al ritmo de los turistas que bajaban desde Caracas los fines de semana. Más de 15.000 personas trabajaban en actividades vinculadas al turismo, pero después de los terremotos ese flujo prácticamente desapareció. Con los balnearios de las zonas más afectadas, como Macuto y Caraballeda, todavía restringidos, los negocios que lograron sobrevivir han tenido que aprender a trabajar con una clientela distinta.
En la empanadería Los Mou, esa transformación ocurre frente al mostrador. Decenas de policías pasan cada día por el local mientras trabajan en el control del tránsito y las demoliciones de los edificios afectados. Henry Jiménez, su propietario, estuvo cinco semanas sin abrir. Cuando finalmente levantó la santamaría, lo hizo con una idea sencilla: que sus clientes supieran que el negocio seguía allí. “Seguimos abiertos para que los clientes vayan viendo que Los Mou volvimos”, dice.
Ahora trabaja junto a su hermana y vende mucho menos que antes. Pero el negocio encontró una nueva demanda en medio de la emergencia. “La clientela ahora son los funcionarios, los rescatistas, los familiares que siguen buscando a su gente. Las ventas han disminuido, pero todavía hay gente que necesita el apoyo de los servicios”, explica.
A pocos kilómetros, frente a las OPPPE de Caraballeda, una de las zonas más afectadas, Abel Salcedo abrió su bodega quince días después del terremoto. El sismo destruyó buena parte de su mercancía: “Todas las botellas de alcohol se rompieron”.

Hoy, policías, militares y rescatistas forman buena parte de su clientela. Su presencia, incluso, ha tenido un efecto inesperado: también ha ayudado a proteger los pocos comercios que permanecen abiertos. “Eso nos ha ayudado contra los saqueos. Los militares y policías de la zona están pendientes de cuidar el negocio porque les es útil tener la bodega funcionando”, cuenta.
Pero para Salcedo, la pérdida más profunda fue otra: “La mayoría de nuestros clientes vivían en las OPPPE, casi todos colapsaron, así que perdimos a clientes que veíamos todos los días”.
Es una frase que resume cómo el terremoto alteró algo más que los edificios y los negocios: cambió a las personas que sostenían la economía cotidiana de los barrios. Los comerciantes no solo perdieron mercancía; perdieron vecinos, clientes y parte de la comunidad que daba sentido a sus negocios.
En Camurí Chico, Pollos Jack decidió abrir prácticamente de inmediato. Al día siguiente del terremoto, sus trabajadores encontraron las neveras dañadas y comida que podía perderse. Decidieron repartirla entre las personas afectadas. Desde entonces, el restaurante ha mantenido sus puertas abiertas para quienes llegan a la zona a trabajar en las labores de rescate y recuperación.
“Nuestro trabajo ha sido de servicio a la comunidad. Desde el principio ha habido muchas personas trabajando en labores relativas al terremoto, y para ellos fue que abrimos las puertas cada día”, explica una de sus trabajadoras.
En La Guaira, la economía todavía se mueve, pero alrededor de una realidad que nadie quisiera que durara: una ciudad donde los turistas fueron reemplazados temporalmente por quienes llegaron para enfrentar sus consecuencias.
Entre ruinas y reparaciones
En la avenida La Playa de Caraballeda, un negocio se levanta literalmente entre los escombros. A su alrededor, todos los edificios colapsaron. El Café Alejandrina, en cambio, resistió: sufrió daños moderados en su interior, pero su estructura permaneció en pie.
Su dueño, Carlos Franco, lleva 56 años viviendo y trabajando en La Guaira. Durante décadas convirtió un pequeño espacio en el Centro Comercial Costa del Sol en un negocio conocido, con tres áreas y dos turnos de trabajo. Años después, pudo abrir un nuevo local, con terraza y espacios separados y horarios que iban desde el desayuno hasta la madrugada. “Teníamos música en vivo, servíamos desde el desayuno hasta los tragos en la noche con música en vivo”, recuerda.

De sus 65 trabajadores, Franco calcula que apenas unos 15 podrán regresar. Muchos perdieron sus casas, familiares o amigos. Él mismo perdió su vivienda. Aun así, está trabajando en las reparaciones y espera volver a abrir en unos 20 días.
Esta contracción no es única de su negocio: una encuesta elaborada por la Cámara de Comercio de La Guaira indica que el 84% del Litoral no puede garantizar la preservación de puestos de trabajo y que más del 30% anticipa despidos inevitables.
Reconstruir el Café Alejandrina implica mucho más que reparar paredes y equipos. También significa recuperar el entorno que lo rodea. Franco asegura haber mantenido conversaciones positivas con la Gobernación de La Guaira, aunque todavía no existen avances concretos en la recuperación de los espacios públicos cercanos. “Son momentos difíciles y las prioridades en este momento son otras.”
El gobierno regional ha prometido financiamiento para la recuperación de los negocios. El gobernador J osé Alejandro Terán, anunció un paquete de 20,5 millones de dólares para 2.300 comercios formales, emprendedores y pequeñas y medianas empresas de La Guaira, como parte del Plan Venezuela Renace. También ha prometido que la infraestructura turística de las playas será reconstruida y mejorada. Pero entre los anuncios y la reapertura existe una distancia que los comerciantes conocen bien.
Los datos disponibles muestran que la recuperación económica será gradual. José Gregorio Rodríguez, presidente de Consecomercio, señala que más del 30% de la actividad económica ya se ha restablecido. De aproximadamente 600 negocios identificados, 60% sufrió algún nivel de afectación y 16 registraron destrucción total. Estas cifras no toman en cuenta espacios como centros comerciales como Costa del Sol, que tenía más de 60 locales activos al momento del terremoto en una infraestructura catalogada de alto riesgo y posible demolición.

En el Mercado Comunitario de La Guaira, esa recuperación ocurre bajo retazos de carpas humanitarias. El terremoto dañó el mercado y posteriormente un incendio destruyó buena parte de los equipos de los comerciantes. José Graterol ahora vende charcutería desde uno de los espacios improvisados, pero calcula que reconstruir su puesto le tomará años.
“Una nevera de charcutería cuesta 7.500 dólares. Una rebanadora buena cuesta 2.500. Por eso es tan importante reactivar la economía rápido, porque la recuperación en sí tardará mucho tiempo. Hoy trabajamos con lo que podemos, para mañana poder ampliar nuevamente nuestra capacidad”, explica.
Una encuesta de Ecosistema muestra la magnitud de ese esfuerzo: los negocios encuestados reportan que operan al 40% de su capacidad; más del 70% funciona a menos de la mitad.
Frente al Café Alejandrina, en una avenida donde casi todo quedó destruido, solo otro negocio mantiene las puertas abiertas: una autocerrajería manejada por Hover Cardona. Nacido en Pereira, Colombia, Cardona lleva más de 30 años en La Guaira. También conoce de cerca la fragilidad de las ciudades: su ciudad natal sufrió un sismo devastador el pasado 10 de agosto: “Estés donde estés, algo puede pasar. Y estemos en la situación que estemos, es importante seguir adelante, abrir las puertas y poner tu lugar a trabajar”, dice.
En una ciudad donde tantas puertas se cerraron de golpe, mantener una abierta tiene un significado que va más allá de un negocio. Por eso, las carpas de Alejandra, los puestos abiertos de El Mosquero y los negocios que intentan levantar sus persianas no son todavía señales de una recuperación económica. Son algo más incipientes: señales de que, incluso después de perderlo casi todo, hay personas que todavía están dispuestas a apostar por el regreso de La Guaira.
Fuente: EL PAIS

