Criterios y desafíos en la renovación de la Suprema Corte de Justicia
Escrito Por: José Luis Taveras
He censurado con acidez la intromisión de fundaciones, asociaciones y grupos de presión en atribuciones de los poderes públicos. Esa injerencia, aun sutil, condiciona. Se trata muchas veces de una solapada coacción.
Lo malo es cuando esos centros pretenden legitimar tal intrusión con el pretexto de fortalecer la institucionalidad. Nada más paradójico. La institucionalidad se edifica sobre una premisa innegociable: la independencia, condición que le atribuye a los órganos del Estado la capacidad de decidir al margen de los intereses privados.
A pesar de lo dicho, me asiste el derecho a opinar, y pretendo hacerlo por primera vez sobre este asunto, convencido de que mi posición no compromete intereses personales. Hace dos años me retiré del derecho y de la práctica litigiosa, después de agotar 37 años en el ejercicio del derecho comercial, societario, corporativo, financiero, de los negocios y las telecomunicaciones. De manera que no tengo otros motivos que la libertad de expresión, ejercicio que hago en la condición más noble: simple ciudadano.
El Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) debe evaluar el desempeño de jueces actuales de la Suprema Corte de Justicia cuyo período constitucional venció. El número de plazas a elegir o reemplazar dependerá de cuántos de esos jueces sean confirmados en sus puestos o decidan no postularse. El CNM contempla abrir un proceso de acreditaciones públicas para escoger los reemplazos a las vacantes definitivas que se formen tras las evaluaciones o las renuncias de los jueces.
Si pudiera citar nombres de profesionales con un excelente perfil bien lo haría, pero sería un esfuerzo inservible, ya que muchos de los sugeridos pueda que no tengan interés en ser jueces, aparte de que mi opinión vale poco o nada en una dinámica compleja y negociada de elección. Pero, opino: es mi derecho y no pierdo nada.
Hoy se debate en bajo perfil si el presidente de la Suprema Corte de Justicia debiera ser o no un juez de carrera. Por un lado, se sataniza la escogencia de un abogado sobre la base de que pudiera ser más dependiente, manejable o influenciable. Ese argumento se ha hecho verdad por repetición, pero no es del todo objetivo porque la misma «gratitud» que pudiera condicionar la independencia de un abogado es la que le faltaría a un juez «agradecido». Tal condición —la independencia— deriva más de la formación y el carácter del prospecto que de la actividad profesional que practique.
Además, existe una situación concreta que pudiera obrar en beneficio de un abogado, y es que el presidente de la Suprema Corte de Justicia, en nuestro modelo, no solo es juez, también es un gestor administrativo, independientemente de las atribuciones del Consejo del Poder Judicial. En esa función, la condición de juez, dedicado solo a la actividad jurisdiccional, pudiera limitar la visión y eficiencia de su desempeño.
Otro tanto a favor del abogado es la perspectiva comprensiva de la realidad, sobre todo en asuntos económicos, financieros y patrimoniales. Los jueces suelen ser seres aislados y asépticos, desconectados muchas veces del mundo «secular» y provocados generalmente a la aplicación abstracta de la ley al dirimir una litis. Tal comprensión lo empuja a soluciones legalistas y sin ángulos prácticos de análisis, produciendo muchas veces fallos inútiles. Un abogado, en cambio, pudiera acumular una experiencia más holística porque vive y trabaja en la esfera real, condición que, acompañada de una buena formación jurídica, pudiera constituir una opción apetecible. Esa razón me movió en la práctica legal a preferir el arbitraje comercial que los tribunales ordinarios.
¿Dónde pudiera residir el problema del abogado? En que sea parte de la cercanía o lealtad al presidente de la República, ya como consejero legal o asesor profesional; o que tenga una militancia política activa. Esas dos situaciones, en un sistema concentrado de presidencialismo, es pernicioso, y, quiérase o no, condicionan. Tampoco le luciría a un gobierno que vino armado de la retórica de la «independencia«. En tales casos, preferiría a un juez de carrera.
La otra idea que me permito sugerir es la conveniencia de que el CNM guarde una reserva para la confirmación de los jueces de mejor desempeño. Una práctica de buena gobernanza evita la destitución total de un órgano colegiado y opta por una renovación parcial para proteger la continuidad institucional, preservar la memoria histórica y evitar la paralización operativa, permitiendo que los nuevos miembros aprendan de los veteranos sin comprometer la eficiencia del trabajo ni cometer errores superados, sobre todo en una materia como la interpretación y aplicación del derecho. De manera que siempre será provechoso escalonar la renovación como forma de combinar las ideas nuevas con la experiencia previa.
Del plantel de jueces de la Suprema Corte de Justicia que no ha renunciado a su derecho de someterse a evaluación figuran algunos que debieran permanecer por su historia, cometido y competencia. No confirmarlos sería una pérdida sensible. Jueces que llegaron por su capacidad y que la demostraron en su desempeño.
En esa ponderación puedo hablar del magistrado Francisco Antonio Jerez Mena, actual presidente de la Segunda Sala, un juez de formación, temperamento y vocación, con 35 años de servicio judicial ininterrumpidos. Una vida marcada por la prudencia: sin ruidos, ni sospechas ni sumisiones. Oriundo de Cotuí, donde mantiene arraigo. Dedicado al trabajo desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, Jerez ha sido de los pocos jueces de la Suprema Corte en presidir dos salas (la otra fue la Civil y Comercial), en ambas con un rendimiento de altos estándares. De esa manera no solo acumula una experiencia integral en las materias más socorridas del derecho (civil, comercial y penal), sino en el despacho administrativo. Por él hablan sus sentencias; desde 2019 hasta 2025 la Sala que preside dictó 23,579 decisiones. Si me preguntaran quién tiene el perfil para presidir la Suprema Corte de Justicia, no dudaría en colocarlo como primero en la lista de elegibles, pero de mí no depende nada; solo un buen deseo. Mientras, nos cuesta esperar. Ojalá ese ejercicio sea iluminado por la sabiduría y conducido por la prudencia. In God we trust.
Fuente: Diario Libre

