El PRM viene de una crianza política de incertidumbre, hábitos, aprendizaje y comportamiento disfuncionales del viejo y agotado modelo perredeísta, basado en grupismos, tendencias, reparticiones, confrontaciones y sin resaca moral e histórica
Escrito Por: José Miguel Gómez
El PRM viene de una crianza política de incertidumbre, hábitos, aprendizaje y comportamiento disfuncionales del viejo y agotado modelo perredeísta, basado en grupismos, tendencias, reparticiones, confrontaciones y sin resaca moral e histórica; de repetir los mismos comportamientos para obtener los mismos resultados.
El desafío del PRM era ese y no otro propósito: diferenciarse del PRD, respetar la institucionalidad, trillar la democracia y aprender para qué se va al poder, sobre todo, perdurar y crecer en el.
En menos de una década ya estaba en el poder, con un presidente joven, sin experiencia de poder, sin liderazgo dentro del partido y con una lista de incógnitas políticas en aprender a dirigir un país difícil, con problemas acumulados y una “ciudadanía en déficit” en un siglo XXI en crisis: pandemia, crisis geopolítica, económica, ambientales, migratorias, desastres naturales, corrupción, violencia social, incertidumbre y modelos agotados políticamente.
El nuevo liderazgo de Luis Abinader se debatía entre la centroderecha, la social democracia o un poco de las dos, debido a que, no tiene piel de autoritario, ni de permisivo, ni de repartidor.
Sin embargo, Latinoamérica se pendulaba entre el autoritarismo de izquierda o derecha, del sistema populista y clientelar que creaba crisis inflacionaria, devaluación de la moneda, crisis sociales y económicas para terminar en crisis política.
Abinader imponía un liderazgo personal basado en solucionar problemas, crear oportunidades, fomentando un liderazgo inclusivo y visionario, apoyándose en un relato y narrativa: “Tengo amigos, pero no cómplice” “Aquí nadie está blindado” “El que la hace, la paga” “El que se equivoca con el dinero público lo entregamos a una justicia independiente”.
Parecía que Luis leía a don Francisco Bonó cuando dijo: “El dominicano, individualmente, piensa bien, pero cuando se agrupa piensa y actúa mal”. En poco tiempo, Luis Abinader entendió las trampas y mañas de la patología social dominicana cuando se llega al poder.
El cerebro político de Abinader ha sido reflexivo, empático, enfocado en conectar con las problemáticas sociales, reproducir reformas, crear empleo, mantener estabilidad, crecimiento, desarrollo e inversiones.
En el camino ha tenido que aguantar reformas, suspender inversiones mineras, suspender funcionarios amigos, confrontar grupos insaciables, entregar a la justicia a funcionarios y entender que un líder no crea grupos, no tiene tendencia, no reparte ni acepta la cultura del favor, ni el “dejar hacer, ni el dejar pasar”
Luis se ha crecido políticamente, hoy es el líder de su partido, ha conducido una transición del PRM sin los traumas del viejo PRD. Ahora, bajo su liderazgo tienen que realizar elecciones internas democráticas, transparentes e institucionales. Pero también, debe terminar un gobierno con credibilidad, digno de admiración, diferente y moralmente aceptable que imponga y deje una impronta para las futuras generaciones un liderazgo cercano, democrático, respetuoso de la libertad ciudadana y decente para diferenciarse de los pares de Latinoamérica.
Eso habla de la metacognición de Luis, de la capacidad para evaluar su propio resultado, adaptarse, cambiar y reflexionar sobre lo que hace y dice, sobre cómo quiere terminar y cómo desea ser recordado.
Los liderazgos partidarios y regionales parece que no son sostenibles en el tiempo; no conectan con sociedades que han cambiado (las redes, el algoritmo, la inmediatez, la crisis de identidad). Porque solo el tiempo determina la funcionabilidad y la importancia histórica de un líder como modelo de referencia y digno de imitar
Fuente: Hoy

