La incertidumbre, las crisis, las circunstancias desfavorables y las adversidades, nadie las tiene en control y, mucho menos, vivir con la certeza absoluta de que las podemos evitar, posponer o controlar.
Escrito Por: José Miguel Gómez
La incertidumbre, las crisis, las circunstancias desfavorables y las adversidades, nadie las tiene en control y, mucho menos, vivir con la certeza absoluta de que las podemos evitar, posponer o controlar.
Durante el recorrido por la vida, algunas de ellas nos van a impactar, ya sea con una pérdida, una enfermedad catastrófica no trasmisible, un divorcio, una crisis económica o la pérdida de un vínculo significativo o el desafecto de una amistad a la que se le dedicó mucho tiempo.
La diferencia del impacto de estos procesos inevitable depende de con qué cerebro analizamos, interpretamos o gestionamos la crisis vivida; la mala lectura de un cerebro de visión rígida, lineal, con actitudes emocionales negativa, predice ansiedad y depresión.
La depresión es multicausal, desde el factor hereditario, cambios químicos y hormonales, hasta problemáticas psicosociales no resueltas, enfermedades y traumas existenciales.
Sin embargo, al día de hoy, la depresión es la primera causa de discapacidad, de mala calidad de vida, de falta de propósitos, motivación y enfoque en lograr resultados de vida, pero también, sigue siendo la causa de infelicidad, de insatisfacción vital y de pensamiento negativos y de suicidio en el mundo.
Existen personas afectadas por depresión leve, con niveles altos de insatisfacción, falta de energía, con fatiga mental, desinterés, con baja productividad y bajo desempeño; con ausencia de propósito y cierta apatía de forma recurrente, y no saben que padecen de depresión. Sobre todo, en personas en edad entre 20 y 45 años.
Pero lo más preocupante es cómo la falta de conexión, apego, vínculo y sentido de pertenencia ha sido impactada por los factores económicos, migraciones, tecnología, cambios socio-culturales y de la dinámica familiar, afectando a las personas adultas mayores que han quedado expuestas al aislamiento y a la soledad no deseada.
El puente para pasar de la depresión al bienestar se produce con la neuroplasticidad cerebral con la reconexión de nuevas células estimuladas y cargadas de químicos que producen nuevos pensamientos, mejor ánimo y más energía, más motivación, alegría y ganas de vivir y tener conexión con el entorno familiar y social.
La neuroplasticidad y la neurogénesis cerebral pueden llegar con la medicación de antidepresivos, pero también llegan con los ejercicios, las caminatas, leer, abrazar, bailar, dormir bien y descansar, conectar con otras personas, cambiar de espacios, espiritualidad, gestionar nuevos propósitos de vida y nuevas razones de existencia; es decir, no se desgaste por obtener más cosas, valore y aprecie las que ya tiene.
El bienestar social y emocional se gestiona desde un puente que sirve de vida para unir el cerebro y la conexión social. De ahí la importancia en aprender a moverse, ocuparse, gestionar el autocuidado, la valoración, la autoestima y la identidad.
La depresión es una enfermedad que se trata, se previenen las consecuencias y se puede volver al bienestar y la felicidad, después de sentir la angustia, el miedo y la desesperanza.
La esperanza es la pasión de lo posible, y lo posible se construye en el día a día para construir propósito y razón de existencia.
El puente hacia el bienestar es una conquista hacia el ser, aprender a vivir con el equilibrio y la armonía de lo que le genera paz y tranquilidad.
Fuente: Listín Diario

