Las bondades del fútbol y el sufrir de los racistas

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Escrito Por: Pablo McKinney

El odio, que encuentra en el racismo una de sus expresiones más nauseabundas, está de moda en Occidente. En Estados Unidos ha existido siempre, pero ahora incluye el asesinato de extranjeros (con o sin documentación) por parte de los agentes del ICE. En España, un expresidente del Gobierno, Mariano Rajoy, sin escrúpulos y sin el mínimo respeto hacia el pueblo francés, escribió recientemente en un artículo para el olvido: “Francia tiene una plantilla de altísimo nivel. Eso sí, sin franceses”.

Con esa infeliz frase, el citado judicialmente como “m.rajoy” niega la nacionalidad francesa a grandes atletas nacidos y criados en La France, por el terrible “pecado” de ser descendientes de inmigrantes procedentes de países que el racismo fascista y nazi clasifica como “civilizados”. (Las demás serían la barbarie a civilizar). Por eso no se habla de negar la nacionalidad francesa a Laurent Marie Nunez-Belda, actual ministro del Interior e hijo de inmigrantes andaluces; ni a Manuel Valls, nacido en Barcelona, quien, tras obtener la nacionalidad francesa, fue primer ministro entre 2014 y 2016. Tampoco hay que olvidar al ex presidente de la República Francesa Nicolas Sarkozy, hijo de un inmigrante húngaro.

Pero hablamos ahora de las bondades. Son muchas las bondades del fútbol: promueve la solidaridad, enseña a la juventud a ganar y a perder (como en la vida), a aceptar que el triunfo es colectivo y la derrota compartida. El fútbol genera sentido de pertenencia, une generaciones y crea identidad. Sin importar el origen, el color o la condición social o económica, el fútbol construye comunidad y alimenta sueños compartidos. Sin embargo, entre tantas virtudes, sobresale la de hacer sufrir a los racistas, xenófobos, fascistoides y populistas, a quienes este Mundial ha puesto en una situación de profundo tormento y desconsuelo. Y es que, debe ser duro, para los racistas de España, por ejemplo, vivir en la tortura de saber que para triunfar en el Mundial han dependido —y dependerán el próximo domingo frente a Argentina— de la genialidad futbolística de un muchacho hispano/africano y musulmán llamado Lamine Yamal, o de otro jugador, más negrito y tan español como Don Quijote: Nico Williams, entre otros.

¡Debe ser triste! Qué duro debe ser depender del atleta negro o musulmán que se odia, insulta y discrimina, para tener la posibilidad de alcanzar la gloria deportiva.