Medio mundo al rescate de Hernán: más de 100 personas de 10 países tratan de salvar a un venezolano tras una semana bajo los escombros

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Los equipos llevan desde el domingo trabajando a contrarreloj en una peligrosa operación para rescatar al vigilante de un aparcamiento, que quedó atrapado por los terremotos

Hernán Gil es el hombre más famoso de la avenida principal de Playa Grande, en La Guaira. En las tripas del desastre que asola Venezuela tras los terremotos del miércoles, Hernán es un hilo de esperanza del que han tirado desde el domingo un centenar de personas de diez países. Vigía del estacionamiento subterráneo de un centro comercial, Hernán se refugió bajo el escritorio de su garita y se salvó de un sacudón que volcó literalmente el edificio. Siete días después, se espera que salga vivo en las próximas horas de ese cubículo, en el que ha estado bloqueado por escombros y un techo inestable que no solo ha amenazado con frustrar su rescate, sino con aplastar a sus rescatadores.

A las diez de la noche del miércoles, la cabeza de Hernán, tras casi 200 horas atrapado en un agujero, ya empezaba a asomar por el túnel. Sabe que está atrapado por un terremoto, pero nadie le ha contado lo que ha pasado en Venezuela en la última semana.

La voz de Hernán, de 43 años, la escuchó por primera vez Allan Madrigal, un rescatista de la Cruz Roja de Costa Rica, en una inspección del edificio. Eran las 13.00 del domingo, 100 horas después de ese doble terremoto que ha tenido ya 600 réplicas.

—¿Hay alguien con vida?

— Sí.

—¿Estás prensado?

—No, estoy libre.

Pidieron refuerzos.

Para muchos bomberos, es el rescate más complicado que les ha tocado vivir y uno de los más peligrosos. Ha habido que retirar muchos escombros hasta acercarse al cubículo de planta -2 donde está Hernán. El techo puede caerse en cualquier momento y hay que apuntalarlo. El edificio de al lado se desplazaba silenciosamente un milímetro cada hora, pero durante el rescate, el ritmo se ha multiplicado por nueve. El propio edificio del estacionamiento se ha movido en estos días tres centímetros. Conforme se escarbaba caía material desde arriba. “Como garbanzos, todo molido”, cuenta un rescatista chileno. La misión es tan peligrosa que varios rescatistas la consideraron lo suficientemente arriesgada como para abandonarla. “Ahora ves 100 personas, pero hubo un momento en el que éramos ocho. Estábamos solos con los costarricenses”, dice Luis Farias, presidente de la Cruz Roja venezolana. “Nos creíamos locos porque nadie nos prestaba atención”. Comenzaron las llamadas para atraer a más gente.

Gusbimar González en La Guaira, el 29 de junio.Chelo Camacho

“Cuando miro alrededor, no puedo creer la cantidad de personas que hay aquí ayudando”, dice la esposa de Hernán. Gusbimar González hace guardia en el lugar. Tiene dos hijos de 8 y 10 años con el vigilante, el pequeño con una condición especial que la obliga a ausentarse de vez en cuando para atenderlo. Hernán había pedido a los rescatadores que no le dijesen a su esposa que estaba vivo, consciente de que quizá no salía de esta. “Sentí alegría y agradecimiento, gratitud a Dios, porque le pedí mucho que lo encontraran con vida”, contaba la mujer el lunes por la noche. Tenían pendiente un paseo a la playa, una de las cosas que más le gustan.

A los rescatistas de Costa Rica, a los que muchos llamaron locos, acabaron sumándose los salvadoreños, con su presidente Nayib Bukele narrando los avances en directo. Después, los expertos chilenos, los mexicanos, los portugueses, los venezolanos y los estadounidenses. “Les empezó a llamar la atención y se vinieron”, cuenta Alfredo Jiménez, el otro rescatista costarricense que primero escuchó a Hernán. “Cuando se vio que había una estrategia definida y que está funcionando, decidieron sumarse”, añade Farias. Antes estuvieron colombianos y españoles. Decenas de hombres y mujeres sin dormir han hecho guardia frente a la rampa del parqueadero. Al principio, no podían verlo, pero sí escuchar los latidos de su corazón con sensores. Hace días que pueden hablar con él.

Mientras tanto, el desastre sigue. La madrugada de este miércoles, a menos de un kilómetro de allí, en una calle paralela, pedían silencio. También ellos habían oído voces bajo los escombros. No tenían diez banderas ni radares. Tenían las manos. Con ellas, han rescatado en estos días, con vida, a más de 7.491 personas. Hay 2.295 fallecidos.

Operativo para el rescate de Hernán Gil, en La Guaira.Chelo Camacho

En estas horas de tenso rescate, han entrado por turnos hasta 300 hombres y mujeres que le han ofrecido agua a Hernán y han construido estructuras de madera. Sin ellas, esa esquina del parking se vendría abajo y los sepultaría a todos. “Es un trabajo de equipo, multitarea, y es lento y peligroso”, cuenta Cristian Vera, el líder de misión de los bomberos chilenos. La inversión extraordinaria de tantos medios, personas y tiempo para salvar a Hernán, un venezolano humilde, ha sido quizá el mayor ejemplo de colaboración de esta catástrofe.

La noche del lunes parecía que ya iba a salir. El corazón de su esposa empezó a palpitar fuerte y le temblaban las manos. Primero dijeron media hora y apartaron a la nube de fotógrafos que perseguía la foto que recuerda que todavía hay esperanza en Venezuela. Y que muestra cómo un ejército de extraños, de países distantes y criterios distintos, acaba metido hasta el tuétano en una única misión: sacar vivo a Hernán. Cuando todo parecía listo, se aplazó dos horas. Más tarde, seis. Muchos querían irse a casa exhaustos.

“Aquí ha habido muchísima humanidad, porque hemos tenido varios dilemas según se complicaba”, recuerda Farias. “Al principio nos hemos preguntado varias veces qué hacíamos, y la respuesta siempre era acompañar a este señor. No podemos haberle dado esperanza después del quinto día y dejarlo aquí”.

Una experta chilena comparte con su equipo parte del plan de extración de Hernán.Chelo Camacho

La madrugada del martes, cuando solo quedaba menos de un metro para llegar a él, tuvieron que parar: la lluvia amenazaba sus vidas. Por la mañana, los mexicanos, tumbados entre escombros, con un frágil techo sobre las cabezas, seguían picando una pared con pequeños cinceles. A las 15.30 del martes, todo estaba de nuevo dispuesto para sacarlo. Las banderas ondeando en los camiones, la esposa en un vehículo que guiaría a la ambulancia, los equipos alertas en sus puestos. “No nos dimos por vencidos y ya viene para afuera. Estamos increíblemente felices; recargamos las baterías con esto. Definitivamente es un milagro”, decía emocionado el costarricense Madrigal.

Pero era una falsa alarma: por el agujero que habían abierto apenas cabía la mano de Hernán. “Es un sitio muy complicado, este es un rescate artesanal”, explicó Farias. A las 17.00 llegó el relevo de los portugueses, mientras los salvadoreños se desplomaban sobre el techo de un edificio derruido para echarse una siesta. Cayó la noche y, de nuevo, la incertidumbre. Eran las 23.00 y todavía no salía. La esposa se fue a descansar, angustiada pero esperanzada. Parecía que habría que esperar un día más. “Te conozco desde hace algunas horas, pero ya te quiero mucho”, le declaraba Farias.

Rescatistas trabajan para sacar a Hernán Gil de un edificio.Vídeo: CHELO CAMACHO

La noche del martes al miércoles sonó el teléfono. “Corran, ya lo sacan”. De nuevo todos movilizados e incluso se formaron dos pasillos, uno con los rescatistas extranjeros que habían participado todas estas horas en el operativo y otro con todo tipo de funcionarios públicos —sobre todo bomberos y militares venezolanos— que aparecían ahí por primera vez para la foto. Pero Hernán no salía.

Un riesgo estructural volvía a retrasar el rescate. “Si se produce algún movimiento de los materiales, ni siquiera da tiempo para evacuar. Quedarían atrapados la víctima y los rescatistas”, explicó uno de los rescatadores. “Estamos buscando una solución”, dijo. El miércoles por noche, seguía la obra de ingeniería, ahora cavando un nuevo túnel. “No lo vamos a abandonar”, aseguraba un miembro del equipo.

Fuente: EL PAIS