Escrito Por: Pablo McKinney
La expresión memento mori (“recuerda que vas a morir”) se remonta al desfile de los generales victoriosos en la antigua Roma, a quienes debía acompañar siempre un siervo encargado de decirles una y otra vez: “Respice post te; hominem te esse memento” (“Mira hacia atrás; recuerda que solo eres un hombre”). Esa era la forma de recordarles que su muerte era inevitable y evitar que, por los logros militares alcanzados, llegaran a sentirse inmortales, omnipotentes e indispensables. Desgracias como la de Venezuela deberían hacernos pensar en el memento mori, en las prioridades existenciales de nuestra vida: la importancia de nunca olvidar lo principal antes de que, inevitable, llegue el fin.
Solo que el “memento mori” al que quiero referirme no es el de ningún jefe militar ni político exitoso, sino el nacional y colectivo, el peligro que acecha al país y que la tragedia de Venezuela ha venido a advertirnos… una vez más.
El 4 de agosto se cumplirán 80 años desde el paso del último gran terremoto de magnitud 8.1 en la escala de Richter que afectó el noreste del país. En los últimos 16 años, dos potentes terremotos han ocurrido en la isla de Santo Domingo; solo que en ambos el epicentro estuvo localizado en la parte oeste. Hemos sido advertidos más de una vez. Sin embargo, desde el año 2000, nuestras autoridades sismológicas advierten que el 70% de nuestros hospitales no está en capacidad de resistir un sismo mayor a 6.5 en la escala de Richter, mientras más de 6,000 escuelas presentan graves riesgos de colapso. Pero el asunto es más grave, muchísimo más grave, pues la pobreza atroz, la emigración desesperada, la irresponsabilidad de las autoridades ejecutivas y municipales, más la jodida arrabalización institucional, han propiciado la creación de semilleros de pobres que, como fortalezas de miseria, rodean y llenan de vergüenza al Gran Santo Domingo. Ni siquiera la tragedia del Jet Set ha logrado que el Estado inicie la supervisión de todos los centros de diversión (en especial discotecas cerradas), por no hablar de edificios comerciales y de apartamentos que, en su mayoría, no cumplen con las reglamentaciones legales.
Fue Platón quien dijo (y en la Ilustración lo repitió Voltaire) que “cada lágrima enseña a los mortales una verdad”, pero, ya ven, en el aplazado país de los olvidos, ni las desgracias, con su manto de llanto y lágrimas nos enseñan nada. Oremos.

