Escrito Por: Josué Fiallo
Al día siguiente de que Associated Press (AP) proyectara la victoria de Darializa Ávila Chevalier sobre Adriano Espaillat en la primaria demócrata del distrito congresual 13 de Nueva York, conviene resistir dos impulsos: la celebración humillante y la negación resentida. Lo ocurrido es un terremoto político, pero no una catástrofe nacional ni el fin de la presencia dominicana en Washington. Una organizadora comunitaria de 32 años fue proyectada vencedora frente a un congresista de cinco mandatos, primer dominicano-estadounidense elegido al Congreso y presidente del Caucus Hispano del Congreso.
Es una insurgencia generacional, pero no una ruptura uniforme de la comunidad dominicana. El resultado sugiere también una fractura territorial, social y generacional que merece una lectura más cuidadosa.
Al momento de escribir, con el 88 % de los votos reportados, Ávila Chevalier obtenía 49,4 %, frente a 45,9 % de Espaillat: una diferencia de 2.326 votos. El terremoto se produjo principalmente en Manhattan, donde la vencedora aventajó por ocho puntos sobre un universo de más de 58,000 votos. Espaillat, en cambio, dominó el Bronx por 28 puntos, pero sobre un volumen electoral considerablemente menor.
Los datos tampoco autorizan a afirmar que toda la comunidad dominicana o hispana rechazó a Espaillat. El congresista obtuvo 56 % en los precintos de mayoría hispana y ganó en las zonas de menores ingresos. Ávila Chevalier construyó otra coalición: fue especialmente fuerte en Manhattan, en zonas de mayoría con formación universitaria y en los precintos clasificados por una mayor presencia de residentes jóvenes.
Estas cifras describen características de los precintos, no el comportamiento individual de cada votante. Algunos de esos cortes, además, comprenden pocos precintos. Aun con esa cautela, permiten una conclusión más precisa: el liderazgo tradicional no perdió todas sus raíces; perdió la capacidad de convertirlas en una mayoría distrital.
Espaillat merece respeto. Su derrota no borra décadas de trabajo, puertas abiertas ni la relevancia histórica de su ascenso. Precisamente por eso duele más la oportunidad desperdiciada. Su campaña tenía una obra que defender y una agenda que renovar. En los medios dominicanos pudo hablar de vivienda, inmigración, escuelas, salud, seguridad, empleo y movilidad social. Pudo explicar qué consiguió, qué quedó pendiente y por qué su experiencia seguía siendo necesaria.
Buena parte de la campaña mediática desplegada en la República Dominicana escogió otra ruta: convertir a la adversaria en el centro del relato. No solo se examinaron declaraciones controvertidas, algo legítimo en cualquier elección. Se construyó una amenaza existencial.
En una entrevista del 12 de junio se sostuvo que existía un plan para cambiar la demografía de Washington Heights, desplazar dominicanos y sustituirlos por “aliados musulmanes haitianos”. Se afirmó que Ávila Chevalier no tenía “ni un pelo de dominicana”, que era un “peón” de una agenda extremista y que hasta podría promover la unificación de la isla desde el Congreso. También se pidió desde Santo Domingo llamar a familiares en Nueva York para advertirles de “este gran peligro”.
Eso rebasa el contraste programático. Es construcción del enemigo. Es miedo organizado. Es una retórica de resonancia antihaitiana, antimusulmana y excluyente, capaz de dejar heridas mucho después de contado el último voto.
La campaña fue, en su expresión dominicana, sucia, divisiva, polarizante e irracional. Sucia, porque mezcló hechos verificables con inferencias extraordinarias presentadas como certezas. Divisiva, porque pretendió decidir quién era suficientemente dominicano. Polarizante, porque convirtió una primaria local en una batalla entre supervivencia nacional y ocupación cultural. Irracional, porque insinuó que una congresista novel podría islamizar un distrito, alterar por sí sola la política exterior estadounidense o deshacer fronteras soberanas.
También hay que hablar del silencio: del silencio de quienes vieron y escucharon lo que ocurría y optaron por no alzar la voz.
Algunos callaron por cálculo; otros, por amistad, conveniencia o temor a quedar aislados. Es la espiral del silencio: cuando una opinión parece dominante y respaldada por autoridades, medios, empresarios y figuras públicas, quienes disienten tienden a retraerse para evitar la sanción social. El silencio de muchos terminó haciendo parecer consensual lo que nunca debió pasar sin objeción.
Ese silencio es triste porque no fue neutral.
Cuando se deja circular sin respuesta la idea de que haitianos y musulmanes buscan reemplazar dominicanos, el silencio concede respetabilidad a la sospecha. Cuando se cuestiona la dominicanidad de una mujer por sus ideas, su religión o sus alianzas, callar ayuda a estrechar la definición de quién pertenece. No todo silencio es prudencia; a veces es complicidad pasiva.
Los medios dominicanos deben preguntarse cómo permitieron que desapareciera la frontera entre entrevista, propaganda y movilización. En varios espacios, los conductores no interrogaron: acompañaron. Repitieron acusaciones, prometieron exhortar al voto y convirtieron sus plataformas en extensiones de una operación electoral transnacional. Informar a la diáspora era legítimo. Sustituir el escrutinio por militancia no lo era.
Actores vinculados al Estado dominicano también deben revisar su conducta. Un Estado no puede administrar sus relaciones exteriores como una red de afectos personales. La cercanía con un dirigente valioso no justifica involucrarse emocionalmente en una primaria extranjera ni aparecer como si el destino nacional dependiera de una candidatura.
Si Darializa Ávila Chevalier gana la elección general de noviembre, será con ella con quien las autoridades, el empresariado y las organizaciones dominicanas deberán dialogar. Las relaciones serias se construyen con oficinas, comités, partidos y comunidades; no únicamente con amistades.
El sector privado debe aprender la misma lección. Una empresa prudente no quema puentes para demostrar lealtad. Evalúa riesgos, preserva acceso y se prepara para todos los escenarios democráticos. Acercarse mañana a una representante a la que hoy se ayudó a demonizar tendrá un costo de tiempo, confianza y credibilidad.
Dentro del Partido Demócrata llegará la reconciliación. La política crea incentivos poderosos para ello. Habrá una boleta común en noviembre, negociaciones, respaldos y objetivos compartidos. Los políticos terminan hablándose porque su trabajo exige acuerdos. Quien hoy denuncia mañana posa en una fotografía; quien pierde felicita; quien gana necesita votos de quienes no lo apoyaron.
Pero las comunidades no se recomponen con la misma rapidez.
¿Cómo se sanan las heridas entre dominicanos, haitianos, musulmanes, judíos, afroamericanos y otros vecinos después de una campaña que convirtió identidades, religiones y conflictos internacionales en armas electorales, y presentó a algunos de ellos como piezas de una conspiración demográfica o religiosa?
Los políticos pueden firmar la paz arriba mientras el resentimiento permanece abajo.
Ese es el desafío que comienza ahora. No basta con que el liderazgo partidario publique fotografías de unidad, intercambie felicitaciones o cierre filas para noviembre. La reconciliación política puede producirse en una semana. La reconciliación social puede tomar años.
La reparación exige actos concretos: rectificar afirmaciones falsas, reconocer excesos, rechazar expresamente el discurso antihaitiano y antimusulmán, abrir encuentros entre líderes comunitarios y pedir a los medios que revisen su papel. También corresponde a la vencedora y al derrotado convocar juntos a una etapa de respeto y cooperación. La reconciliación no puede reducirse a una fotografía partidaria; debe alcanzar a quienes fueron convertidos en sospechosos por su origen o su fe.
La comunidad dominicana debe aceptar, además, que no decide sola el destino del distrito. Su peso es enorme, pero Nueva York se gobierna mediante alianzas. La fortaleza de Espaillat permaneció en el Bronx, en los precintos hispanos y en sectores de menores ingresos. La mayoría vencedora se articuló, sin embargo, con un desempeño decisivo en Manhattan y en áreas más jóvenes y universitarias. Ninguna de esas realidades puede gobernar el distrito por sí sola. El futuro dependerá de quién pueda volver a reunirlas. Dominicanos, puertorriqueños, afroamericanos, mexicanos, judíos, musulmanes, inmigrantes recientes y residentes de varias generaciones comparten calles, escuelas, hospitales y problemas.
La influencia duradera no nace de reclamar un territorio como propiedad étnica, sino de construir coaliciones y espacios de concertación.
La victoria de Darializa tampoco le concede licencia para la arrogancia. Tendrá que representar a quienes no votaron por ella, aclarar posiciones controvertidas, escuchar temores legítimos y traducir consignas en resultados. Su triunfo no elimina preguntas sobre su juicio político.
Pero sí destruye la ficción de que su elección significa el fin de la representación dominicana. Ella también es dominicana; ambos candidatos son de herencia dominicana. Lo que cambió fue la generación, el lenguaje, las alianzas y la visión del poder.
La democracia estadounidense tiene contrapesos. Una congresista no rehace la república, no controla sola el presupuesto, la policía de Nueva York ni la política exterior. Su voz será una entre 435 en la Cámara de Representantes. Tal vez sea incómoda. Tal vez ayude a equilibrar un relato público demasiado acostumbrado a escuchar solo a quienes ya tenían acceso.
Eso no es apocalipsis. Es democracia.
Una generación más joven, particularmente fuerte en Manhattan y en los precintos de mayoría universitaria, articuló una coalición vencedora. Pero el resultado no eliminó la base histórica de Espaillat: mostró que ninguna generación, comunidad o territorio puede representar por sí solo la totalidad del distrito. El legado no basta, pero tampoco desaparece. Debe aprender a dialogar, renovarse y volver a persuadir.
El día después no debe ser de venganza, sino de aprendizaje. Espaillat merece reconocimiento. Darializa merece la oportunidad de probarse. Los medios deben recuperar distancia. El Gobierno debe actuar con prudencia. El empresariado debe pensar sin emoción. Quienes callaron deben preguntarse por qué callaron.
No terminó la influencia dominicana. Cambió su forma. No cayó una comunidad. Se abrió una etapa.
Y ahora viene la tarea más difícil: no reconciliar solamente a los políticos, sino sanar a las personas.
Fuente: josuefiallo.wordpress

