Las carencias sociales detrás del discurso oficial de la resiliencia juvenil
Escrito Por: Clotilde Parra
Aun con reservas sobre su real efectividad persuasiva, concedamos que merecen el aplauso todas las campañas que buscan promover conductas personales y colectivas enriquecedoras de la convivencia. Tanta es la desarticulación social dominicana que casi cualquier intento de enmienda es bienvenido. Pero hasta ahí. Solo hasta la reacción del deseo, porque lo racional no debe aceptar cualquier cosa.
Escribo esto pensando, todavía con los ojos como platos, en la campaña «Inquebrantables», presentada el pasado martes por el Gobierno y la Procuraduría General de la República. Según su sitio web, en su repertorio de buenas intenciones incluye «fortalecer la resiliencia, la autoestima, los valores y el sentido de propósito de niños, niñas, adolescentes y jóvenes de la República Dominicana».
Resiliencia. Autoestima. Valores. Sentido de propósito. Lenguaje mercadológico del mundo del coaching elevado a discurso oficial por una campaña huérfana del más leve matiz social. No es necesaria una mirada experta para saberlo porque su principal insolvencia salta a la vista: el modelo que propone es el self-made man, mito sociopolítico estadounidense convertido, hace tiempo, en manifiesto del individualismo más insolidario.
Desde esta perspectiva, solo el individuo es responsable de su realidad y su destino. Para los ideólogos de este invento, resulta irrelevante que la desigualdad cierre caminos, que la brecha económica, étnica y hasta geográfica predetermine el lugar en la escala social, y que las políticas públicas vean en el joven un simple receptor de dádivas y mano de obra mal pagada para el capital.
Porque en este país de «inquebrantables», el 20 % de los adolescentes y jóvenes de entre 15 y 24 años no estudia ni trabaja. El 38.5 % vive bajo la línea de pobreza monetaria y el 23 % en pobreza multidimensional. El 62.1 % carece de acceso estable a internet en su hogar, lo que limita su inserción educativa y laboral, y el 49.8 % solo puede acceder a precarios servicios básicos esenciales, como agua, electricidad y saneamiento.
A ninguno de los «creativos» se le ocurrió mirar estas estadísticas para construir un mensaje de cohesión comunitaria y de participación consciente y crítica en la vida pública. Como buenos coaches, construyen «la mejor versión» del niño, el adolescente y el joven y tratan de convencernos de que poseen un potencial innato y asocial que los hace inquebrantables. No nos engañemos. A lo que realmente convocan, incluso si es inintencional, es a «buscársela» fuera de lo colectivo; para que suene bonito, revisten el discurso con una pátina de gaseiforme dignidad y coraje personales.
Agreguemos a esto la pésima factura técnica y la indefinición de su público meta. ¿De verdad creen sus «creativos» que hay una única niñez y adolescencia, que vivir en un barrio marginal es lo mismo que vivir en el Polígono? Tampoco se salvan los códigos lingüísticos ni el contradictorio sentido de los mensajes, que parecen destinados a resaltar qué bien lo hicieron los protagonistas del lanzamiento de la campaña. Chapó.
Por último, dado que el dinero que la financia fue recuperado de la corrupción y el narcotráfico, crucemos los dedos para que sus creadores y gestores cumplan con el mandato de transparencia: que «los recursos recibidos, las alianzas establecidas, las actividades realizadas y los avances alcanzados» sean documentados y comunicados… comenzando por lo ya gastado hasta la fecha, agrego yo.
Fuente: Diario Libre

