En una operación inédita, los dos países matan al líder del Tren de Aragua, al que Caracas perseguía desde hace nueve meses. Un tatuaje en la pierna ayudó a identificarlo
El vídeo, tomado desde el aire, muestra una construcción modesta de techo verde en un claro de la selva del sureste de Venezuela. Y, como en las decenas de grabaciones que Donald Trump ha difundido en el último año de supuestas narcolanchas saltando por los aires en el mar Caribe, la casa se desintegra de un misilazo. La columna de humo negro se levantó sobre los árboles y era visible a kilómetros de distancia. Diez segundos es lo que se necesitó para matar a Héctor Rusthenford Guerrero Flores, alias Niño Guerrero, de 42 años, el jefe del Tren de Aragua, la banda criminal más poderosa de Venezuela y que durante años operó con la complicidad de las autoridades.
La operación fue anunciada el viernes por la noche, pero hacía tres días que en Venezuela no se hablaba de otra cosa. El martes, las autoridades chavistas habían desplegado un opaco operativo sobre las minas de oro del estado de Bolívar, territorio controlado por el Tren de Aragua. Los vídeos grabados por los vecinos mostraban helicópteros —aparentemente venezolanos— sobrevolando la zona, lanzando ráfagas o dejando en tierra a decenas de agentes. Mostraban también a cientos de hombres huyendo por el barro de las minas a cielo abierto, enormes cicatrices en la selva que distintas facciones criminales habían convertido en su principal fuente de ingresos.
El Gobierno no dio explicaciones. Y en ese silencio creció la teoría que aún sostienen muchos: que detrás de la operación estaban los intereses de Washington sobre el oro venezolano.
La operación policial-militar sigue siendo misteriosa, pero fuentes oficiales en Caracas aseguran que tenía un único objetivo, neutralizar a Guerrero, y que fue el resultado de meses de búsqueda. Una persecución que comenzó, dicen, antes incluso de que Washington bombardease Caracas el pasado 3 de enero para capturar a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores.
Las autoridades venezolanas, sostienen fuentes conocedoras del operativo, llevaban nueve meses buscando al Niño Guerrero. Sabían que había estado refugiado en la vecina Colombia y que ahora estaba instalado en el sur del país, intentando apoderarse del millonario negocio minero de esa zona fronteriza con Brasil y Guyana. Era precisamente en Guyana, país con el que Venezuela mantiene un conflicto territorial, donde tenía su escondite, aunque cruzaba la frontera cada vez que lo requería.
El Niño Guerrero cayó en esa casucha en mitad de un claro y pasaron días hasta que, el viernes por la mañana, las autoridades venezolanas pudieron comprobar que era él. “Lo encontraron cerca de la casa y lo identificaron por un tatuaje que tiene en la pierna”, explica una fuente con detalles sobre el operativo. Trump se adelantó a Caracas y el viernes por la noche se atribuyó la muerte en una operación conjunta con “nuestros amigos de Venezuela”. El Comando Sur de Estados Unidos, escribió en su red social Truth, había matado al “infame líder” del Tren de Aragua en un “ataque militar rápido y letal”.
La pregunta que Trump dejó en el aire seguía flotando horas después del anuncio: ¿habían entrado tropas estadounidenses en territorio venezolano? De ser así, el tutelaje al que Washington tiene sometida a Venezuela desde la captura de Maduro acababa de escalar a otro nivel.
The Washington Post cita a “una persona familiarizada con el ataque” que afirma que fueron fuerzas del Comando Conjunto de Operaciones Especiales las que lanzaron el misil, y que la CIA trabajó con las fuerzas venezolanas sobre el terreno. Pero fuentes conocedoras de la operación en Caracas aseveran en conversación con EL PAÍS que “nunca” hubo “presencia militar estadounidense” en territorio venezolano para esa operación. La colaboración con Estados Unidos, sugieren, fue sobre todo tecnológica, pero la operación sobre el terreno “fue completamente dirigida y trabajada” por Venezuela. Ante la pregunta de quién ejecutó el disparo y de quién era el arma, silencio.
En el anuncio que siguió dos horas después al de Trump, el Gobierno de Delcy Rodríguez no desmintió a su forzado aliado. Su comunicado fue un ejercicio de equilibrismo: no confirmó que fuesen tropas extranjeras las que mataron al cabecilla, sino que habló de “operación combinada” y “enfrentamientos” con los criminales en los que “resultó neutralizado” Héctor Rusthenford Guerrero Flores. Según el Ejecutivo chavista, la operación contó con “apoyo tecnológico especializado” y con el intercambio de inteligencia entre ambos países.
Trump convirtió al Tren de Aragua en su principal enemigo público con el argumento de que la banda era el brazo armado de Maduro en suelo estadounidense. Pero hay muchas dudas de que esta sea la organización vertical y omnipotente que describía Washington. Según Andrés Antillano, investigador de la Universidad Central de Venezuela, era más bien una marca: un núcleo duro en el Estado de Aragua y decenas de bandas en distintos países que usaban el nombre para infundir miedo, sin responder a ningún mando central.
El Niño Guerrero empezó temprano en el mundo del crimen y con 17 años ya traficaba con drogas en Maracay y mataba a policías. La primera vez que lo capturaron, en 2010, fue frente a una licorería, con pistola, municiones y relojes robados. Desde la cárcel cobraba extorsiones a los presos y a las empresas cercanas y, cuando expandió la banda por Colombia, Perú, Chile y Estados Unidos, replicó el modelo de cobrar vacunas (extorsionar) a los comerciantes a cambio de seguridad. Luego se involucró en el tráfico de migrantes venezolanos, sus víctimas más fáciles y más numerosas.
En 2012 se fugó de la prisión de Tocorón, en el Estado de Aragua, pagando 400 dólares a unos guardias. Lo volvieron a capturar casi un año más tarde y fue entonces cuando terminó de levantar su imperio desde la cárcel. Cuando las autoridades tomaron la prisión en septiembre de 2023 y demolieron la oficina y el parque temático que había montado en las instalaciones penitenciarias —zoológico, discoteca, estadio de béisbol—, el Niño Guerrero desapareció.
Tras un tiempo fuera del país, acabó escondiéndose entre Guyana y el sur de Venezuela, donde el hampa controla la extracción ilegal de oro en connivencia con autoridades locales. Según una investigación de InSight Crime, durante la campaña electoral de 2024 la propaganda de Maduro llegó hasta esas minas y a los mineros se les coaccionó para votar por él.
Las autoridades venezolanas defienden que el escenario de criminalidad ha ido mutando en los últimos meses. Que hace tiempo que se intenta limpiar la zona de criminales porque con ellos al mando es imposible atraer inversión. “Todo lo que ocurría antes, cuando había jefes criminales dominando todo, ya no es tan así”, aseguran. Las mismas fuentes explican que desde hace más de un año se está intentando elaborar un censo con los cerca de 200.000 mineros que trabajan en la zona para convertirlos en trabajadores formales de compañías que se instalen allí.
Es la apuesta de la nueva Venezuela: que, sin el Niño Guerrero y otros secuaces, el Arco Minero del Orinoco pueda por fin valer lo que vale. La misma apuesta de Washington.
Fuente: EL PAIS

