Cuando la violencia y la cosificación se convierten en antivalores transversales
Escrito Por: Clotilde Parra
A veces hay que insistir en llover sobre mojado aunque solo consigamos enlodarnos los pies. Hace menos de quince días, en un hogar de paso del Conani, tres adolescentes mataron a una compañera, al parecer con premeditación. La estridente condena mediática de la institución ha ahogado las pocas voces que dan contexto social a lo acontecido.

La opinión pública y los medios de comunicación suelen quedarse en la superficie de estos crímenes trágicos, buscando culpables individuales o justificaciones moralistas. (SHUTTERSTOCK)
Porque, en definitiva, no interesa comprender lo que está más allá del hecho desnudo ni trascender la mera conjetura. Al quedarnos en la superficie, nos libramos de cuestionar ya no las circunstancias ajenas, sino nuestros propios presupuestos argumentales.
Cuando todavía este bullicio mediático no cede, sobreviene otro caso que apenas merece hasta hoy titulares discretos: dos niños de doce y trece años mataron el miércoles a una amiguita a puñaladas. Pero no solo eso: de acuerdo con la nota publicada por Diario Libre, la niña, también de doce años, fue sexualmente abusada antes de que le arrebataran la vida.
El crimen contra Lucero Diroche Montero es, por tanto, doble. Fue primero sexual antes que mortal. Y lo cometieron dos pares, a los que equivocadamente asumimos, por sus edades, ajenos a esta ideología que se arroga derechos absolutos sobre el cuerpo femenino, incluido el derecho a destruirlo.
En mi artículo de la pasada semana aludí a la existencia en nuestra sociedad de mundos paralelos. El de los excluidos del festín del mal llamado «progreso» y los que, ajenos a otra cosa que no sean los estilos de vida cónsonos con su imaginería social, se desresponsabilizan de todo lo demás. Su moral es la del avestruz.
¿A quién culpamos de la muerte de Lucero? Los medios de comunicación, copados por clasemedieros aspiracionales, encontrarán otro chivo expiatorio, si es que deciden dedicarle algo más que unos cuantos párrafos escritos o unos pocos minutos de perorata radial o televisiva.
Me arriesgo a anticipar que, si llegaran «explicar» el feminicidio de Lucero, echarán mano del manido, e hipócrita, argumentario de la pérdida de valores, de la irresponsabilidad parental, de la necesidad de buscar a Dios, etcétera. Anticipo también que alguno terminará por preguntar, a modo de hipótesis, qué hacía esa niña con dos varones en una piscina. La víctima, otra vez, como causante de su propia e insuperable desgracia.
No caeré en el reduccionismo de eximir a los feminicidas de Lucero alegando las incontables carencias y distorsiones aparejadas a la pobreza. Aun en edades tan tempranas como las de ellos, hay una capacidad mínima de discernimiento entre conductas dañinas y sus opuestas.
Pero matar y violar sexualmente son antivalores incorporados como admisibles a nuestra visión del mundo. Al cosificar al otro, al no considerarlo sujeto humano, su vida se deprecia. De ahí que, por ejemplo, consideremos las ejecuciones extrajudiciales una necesidad perentoria del «orden» y la «seguridad ciudadana». Y está la ya mencionada apropiación del cuerpo femenino que la ideología patriarcal inculca a los varones aun antes de que balbuceen sus primeras palabras.
Ambos antivalores no son definitorios de la pobreza. Son transversales a todos los estratos sociales. Los asesinos de Lucero no son una anomalía. Pero como reconocerlo es incómodo, si algún aspaviento causara este hecho veremos el poco divertido espectáculo de opinantes de toda laya agarrados de las ramas de nuestro carcomido árbol social, desesperando por encontrar el culpable individual que nos absuelve a todos.
Fuente: Diario Libre

