Escrito Por: Margarita Cedeño
Una vez más, la humanidad se enfrenta a uno de esos momentos en la historia en los que una invención puede ser más que una herramienta y cuestionar el propio sentido del ser humano en sociedad. Tal y como sucedió antes con la imprenta y su desafío al monopolio del conocimiento o con la máquina de vapor y su desafío al concepto de productividad, o también con la energía nuclear y la promesa de un progreso científico que demostró lo frágil que es el poder humano sin conciencia moral. Hoy ese espejo vuelve a colocarse frente a nosotros con la inteligencia artificial.
El destacado actor Antonio Banderas lo decía con claridad ante el Papa León XIV, al recordar que la humanidad no puede reducirse a eficiencia, cálculo, velocidad o automatización y que hay que hacer frente a la tentación de sustituir la creación por la producción, la reflexión por la respuesta inmediata, la conciencia por el algoritmo.
Es una gran paradoja, dado que nos enfrentamos a una tecnología que amplía las capacidades humanas, pero que amenaza con desplazar la capacidad humana de servir. Por eso resulta tan significativo que algunas de las propias empresas que la desarrollan adviertan sobre sus riesgos. Se trata de creadores que miran su propia creación con asombro, ambición y temor.
Cuando compañías líderes de inteligencia artificial hablan de riesgos de pérdida de control, de sistemas cada vez más autónomos, de impactos laborales profundos, de concentración de poder y de la necesidad de pausas, límites o marcos de gobernanza, el mensaje no puede tomarse a la ligera. Si quienes construyen la tecnología reconocen que todavía no comprenden plenamente sus consecuencias, entonces la sociedad no puede limitarse a celebrar la novedad. Tiene que deliberar.
Es por ello que hace tanto sentido la advertencia espiritual y civilizatoria del Papa León XIV en su reciente encíclica. El pontífice plantea que la humanidad se encuentra ante una decisión crucial, levantar una nueva Torre de Babel o construir una sociedad más humana, justa y fraterna. Babel representa la soberbia del poder sin límites, el afán de llegar al cielo por la fuerza de la técnica, la ilusión de que todo lo posible debe hacerse simplemente porque puede hacerse. Es la tecnología convertida en idolatría.
Mientras que, del otro lado, el Sumo Pontífice nos presenta la imagen de las ruinas de Jerusalén reconstruidas por Nehemías, piedra por piedra, como una obra de responsabilidad compartida. Esa imagen es profundamente política. No se trata de rechazar la construcción, sino de preguntarse qué estamos construyendo, para quién, bajo qué principios y con qué sentido de comunidad.
Esa diferencia debe enmarcar el debate ético de la inteligencia artificial. La pregunta no es si debemos usar o no la tecnología, porque la humanidad nunca ha regresado voluntariamente al punto anterior de una gran innovación. La pregunta verdadera es si la inteligencia artificial será usada para liberar tiempo humano o para precarizar más el trabajo; para democratizar el conocimiento o para concentrar poder; para mejorar los servicios públicos o para deshumanizar la atención ciudadana; para fortalecer la educación o para empobrecer el pensamiento; para acompañar la creatividad o para sustituir la sensibilidad humana por simulaciones vacías.
Entre Babel y Jerusalén está nuestra decisión. La primera sería correr hacia adelante sin preguntarnos por las consecuencias. Jerusalén sería avanzar con responsabilidad compartida. Babel sería celebrar la inteligencia artificial como sustituto del ser humano. Jerusalén sería ponerla al servicio de la dignidad humana. Babel sería construir una torre para adorar nuestra propia capacidad técnica. Jerusalén sería reconstruir, piedra por piedra, una civilización donde el progreso no excluya la conciencia.
La tecnología puede decirnos cómo hacer muchas cosas. Pero todavía nos corresponde a nosotros decidir por qué, para quién y hasta dónde.
Fuente: Listin Diario

