Crónica sobre una muerte en Conani

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Detrás del homicidio en el Conani late el germen del abuso y el abandono

Escrito Por: Clotilde Parra

Muchas son las palabras pronunciadas y escritas desde que el pasado fin de semana la opinión pública conociera que en un hogar de paso del Conani una niña de catorce años había muerto en condiciones trágicas y que tres de sus compañeras de infortunio, tan jóvenes como ella, eran consideradas sospechosas de homicidio.

Pero de todo lo escrito y dicho —que va de lo esperpéntico del buscador de likes, (lamentablemente lo que más abunda) a la mesura del comentario de María Elena Núñez, (lamentablemente, lo que menos)— ninguno radiografía lo sucedido y sus implicaciones como la crónica publicada el pasado miércoles por Diario Libre.

No es indulgente, aunque sí poética. Es una crónica éticamente cruel, en el sentido en que José Ovejero describe esta crueldad en la literatura: «aquella que en lugar de adaptarse a las expectativas del lector las desengaña y al mismo tiempo lo confronta con ellas».

No hay sensiblería lacrimógena, que tanto gusta a los buenos hijos de Dios para estar en paz con ellos mismos. No hay alineación antagónica del Bien y el Mal. Hay dardos en una diana ignorada por la mayoría de quienes en estos días son piara desbocada.

Porque es fácil condenar a la institución legalmente responsable de cuidar la integridad del niño, niña o adolescente enviado por el Ministerio Público para su protección. Lo verdaderamente difícil es responder a la pregunta que confronta —y desarma— nuestra búsqueda del chivo expiatorio: «¿cómo puede instalarse tanta crueldad en muchachas que apenas comienzan la vida?».

Y es difícil porque la respuesta que eludimos nos enrostra nuestra huida de una realidad que, pese a existir en las lindes de las vidas de clase media hacia arriba, preferimos omitir para no intranquilizarnos.

Cuando el estrépito de lo real y sus horrores irrumpe insolente en lo público, nuestra ¿moral? apunta su índice acusador contra quienes, día tras día, están obligados por delegación a chapotear en las miserias que van esparciendo la injusticia y la marginación sociales. Acusarlos nos libra de hacernos cargo.

Porque esa crueldad humana —distinta de la literaria— sobre la que pregunta Diario Libre es aprendida y reactiva. Ningún niño, niña o adolescente llega a un hogar de paso de Conani porque su vida es satisfactoria y su familia, modélica. Llega por todo lo contrario: desde la infancia comienzan a quebrarse a golpes de violencia

No nacieron para ser felices, como afirmaba José Martí.  La sociedad de desiguales les puso bajo el brazo no el pan, sino el abuso sexual, el abandono, el maltrato, la adicción a las drogas vendidas en las esquinas de su barrio, a veces por sus propios familiares, el desequilibrio emocional… Son crueles porque, como dice la crónica, no conviven, sobreviven en la selva impiadosa de su total indefensión. 

Es esa la realidad que Diario Libre no blanquea, sin por ello eximir a las adolescentes que fraguaron y ejecutaron el crimen de la compañera.

Por eso la crónica es, volviendo a Ovejero, éticamente cruel: desnuda la falsedad de nuestros aspavientos circunstanciales. Les clava una daga. No transige ante el discurso público consensuado que «decide el vocabulario y la moralidad que deben primar en la sociedad». Como dijo Cioran y reproduce Ovejero, trata de evitar a toda costa que quienes tengan buena conciencia vivan y mueran en paz. Yo lo agradezco.

Fuente: Diario Libre