“Los pueblos, como los hombres, solo aprenden sufriendo”.

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Un país entre Voltaire y Esquilo

Escrito Por: Pablo McKinney

Por lo didáctica y certera que es, la frase la hemos citado muchas veces, en libros, tertulias, conferencias, bulevares y matutinos. Su origen lo encontramos en Esquilo y fue popularizada en la era moderna por Voltaire. La frase nos advierte que el dolor, las dificultades y las tragedias son los verdaderos maestros que otorgan sabiduría y madurez tanto a las personas como a las sociedades.

A pesar de su validez histórica, al intentar adaptarla a nuestra realidad y al comportamiento de la política dominicana, la frase pierde toda aplicación y contundencia, pues a los dominicanos —ya ven, hagan memoria— ni siquiera las grandes desgracias o tragedias nacionales nos enseñan nada.

“Los pueblos, como los hombres, solo aprenden sufriendo”, pero nosotros ni eso. “La realidad nos orina encima, pero, orondos y arrogantes, creemos que llueve”, que dicen los grafitis de Palermo en Buenos Aires. 

La República Dominicana, tan triunfal y aplaudida, es parte del pequeño club de países líderes negativos en la educación no universitaria, en accidentes de tránsito, en asesinatos de supuestos delincuentes por parte de la policía; líderes en embarazos adolescentes; e incluso, líderes en muertes de parturientas negras en patios y sin asistencia por temor a los agentes de migración, cazadores de migrantes indocumentados. Aquí el odio racista no se detiene, ya ven, ni ante la emergencia de un hospital… y una M que no es de martes. 

¡Quién lo diría! Tanta sangre derramada, tantas desgracias repetidas, subterfugios legales, lubricaciones jurídicas y absurdos por doquier, nada le han enseñado a este país bullanguero y cherchoso que, como Cuquín Victoria, siempre cree que viene una guagua, un Chapulín con la Florinda, un Dios con su María Magdalena, un sultán otomano con sus mil esposas, un Buda compasivo o un caudillo fascista y demagogo a salvarlo. (El fascista lo están entrenando).

Al país les sobran ciudadanos que, como ciertos porteños, “siempre tienen un problema para cada solución”. Y viven esperando que alguien haga por ellos lo que ellos no harían por ellos ni por nadie, según Cabral”. Seguramente no han leído Invictus, porque nunca les interesó conocer a Mandela, quien encontró en ese poema, los versos de su vida que le salvaron de la muerte: 

“No importa cuán estrecho haya sido el camino, 

ni cuántos castigos cargue a mi espalda: 

Yo soy el amo de mi destino; soy el capitán de mi alma.” 

W. E. Henley