Colombia elige al relevo de Petro en un clima de máxima polarización

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Las encuestas prevén una segunda vuelta entre Iván Cepeda, candidato del oficialismo y Abelardo de la Espriella, el outsider de ultraderecha

Las urnas abren este domingo en Colombia para una primera vuelta presidencial con un favorito claro, Iván Cepeda, el candidato del presidente Gustavo Petro, pero también con la enorme expectativa sobre quién se enfrentará a él el próximo 21 de junio. Las encuestas apuntan a un escenario polarizado en el que la izquierda de Cepeda se batirá contra Abelardo de la Espriella, un outsider de ultraderecha admirador de Trump, Bukele y Milei.

Con una economía a media marcha y una política cada vez más escorada en los extremos, la imprevisibilidad ha sido una constante en esta elección, pero las posibilidades de que Paloma Valencia, la candidata del expresidente de derecha Álvaro Uribe, llegue a segunda vuelta se han terminado de desinflar en los últimos días. Tercera en las encuestas, la senadora comenzó fuerte en la carrera presidencial con el apoyo de la derecha tradicional y la otrora incuestionable influencia del expresidente Uribe, pero De la Espriella le ha ido robando el voto antisistema, el de la mano dura, el voto de castigo a Petro.

Valencia, la última bala electoral de Uribe, se dio cuenta demasiado tarde de que para vencer a Cepeda tenía antes que ganar a su competidor por la derecha, y llega este domingo con críticas permanentes al ultra y dependiendo de que los números de las encuestas fallen.

Paloma Valencia en Cali, el 25 de mayo.ERNESTO GUZMÁN (EFE)

El tercer escenario que flota sobre esta jornada, aunque parece remoto, es que Cepeda supere el umbral del 50% y gane en primera vuelta, como lleva anunciando toda la campaña. Ninguna encuesta prevé esa posibilidad, pero su equipo —como el de Valencia— confía en que los sondeos, que tienen problemas metodológicos de base, no están recogiendo el fervor real de sus bases. Desde que el país instauró su sistema de doble vuelta, en 1991, solo Uribe ha ganado en primera, tanto en su llegada a la Casa de Nariño en 2002 como en su reelección —posibilidad luego prohibida— en 2006.

Hace cuatro años, Colombia votó por primera vez en su historia moderna por un presidente de izquierda. Gustavo Petro llegó a la Presidencia con la promesa de transformar un país profundamente desigual, de negociar la paz con los grupos armados que han quedado después de las FARC y de mirar a tantos rincones del país que siempre se han ignorado. Lo intentó, pero sus transformaciones se han quedado a medias o directamente han fracasado. La promesa del cambio no se ha terminado de cumplir, aunque Petro ha hecho esfuerzos de todo tipo, comunicacionales, jurídicos y económicos, por lograr avances.

Sus reformas estructurales —de salud, laboral, de pensiones, agraria— chocaron con un Congreso hostil, con los poderes económicos y con su propia gestión. La política de paz total con los grupos armados con los que ha negociado de forma simultánea produjo algunos avances discretos, pero también retrocesos sangrientos en muchos territorios. La economía tiene los mejores indicadores sociales del siglo, pero acumuló un déficit fiscal cercano al 7% del PIB. Mientras tanto, la sanidad se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de los colombianos.

Sus alianzas y escándalos de corrupción, que él prometía combatir, se han parecido demasiado a los de sus predecesores. Y en el campo exterior, en el que Petro ha buscado tener liderazgo regional, ha terminado en una extraña cohabitación con Donald Trump en Estados Unidos y Delcy Rodríguez en Venezuela, sin grandes avances ni mayores descalabros.

Iván Cepeda en Barranquilla, el 24 de mayo.MARIANO VIMOS

Petro, sin embargo, termina su mandato con cerca del 46% de aprobación según las encuestas, una cifra inusualmente alta para un presidente saliente, gracias a decisiones como la de aumentar de golpe un 23% el salario mínimo, a la capacidad de representar a sectores del país que por décadas se han sentido excluidos y a un discurso en el que señala como responsables de los fallos al Congreso, a los jueces, a la oposición o incluso a sus ministros. El presidente, para bien y para mal, es una figura omnipresente en el debate público del país —sobre todo en X— tanto que se le considera un actor más de campaña, si no el principal.

Esta Colombia gobernada por la izquierda es una de las últimas excepciones de América Latina, junto a México y Brasil. Mientras el continente ha asistido en los últimos años al ascenso de una nueva derecha dura —Milei en Argentina, Bukele en El Salvador, Kast en Chile, Noboa en Ecuador…—, el país había resistido esa ola reaccionaria. Esta primera vuelta servirá de termómetro para medir varios fenómenos: la fuerza de la derecha conservadora tradicional para frenar a la ultraderecha que promete acabar con el establishment y la de ambas para finiquitar a un gobierno progresista.

“Vemos con mucha preocupación un escenario de enfrentamiento en segunda vuelta entre la extrema derecha y la extrema izquierda”, afirma el consultor político Miguel Silva, quien no oculta su preferencia por Paloma Valencia, convertida a lo largo de la campaña en una tercería que representa a la institucionalidad y la moderación. “Son candidatos que tienen muy poca experiencia administrativa y en el sector público”, señala. Se refiere a Cepeda, con larga trayectoria legislativa pero nula en el Ejecutivo, pero también a De la Espriella, quien ha hecho carrera en el sector privado.

Silva, que presenta las preocupaciones de una parte de la élite y de las capitales que tienden hacia un liberalismo más clásico, lamenta que el juego acabe dependiendo de polos opuestos. “Esto nos obliga a preguntarnos quién de ellos sería riesgoso para la preservación de la democracia”.

Angie K. González, docente investigadora de la Universidad Externado de Colombia, representa otra visión, una en la que la falta de experiencia en la gestión de lo público que se le critica a Cepeda supone abrir espacios a distintos colectivos —lejos de las élites— que están tratando de incorporar sus causas en la agenda política nacional. “Lo que está en juego es justamente si queremos volver a lo de antes o, a pesar de sus imperfecciones, se va a ratificar un nuevo modelo en el que lo colectivo empieza a pesar más sobre lo individual”, explica.

El país lleva prácticamente desde febrero en campaña electoral entre los anuncios de Petro, las legislativas, las primarias y las presidenciales y, además del hartazgo, se ha instalado un enorme temor al otro. La izquierda siente pavor ante la posibilidad de que alguien como De la Espriella —que promete más cárceles y menos Estado y lo mismo te vende un ron que una corbata de seda en su web—, se haya convertido en una opción real de gobierno. Enfrente, una derecha clásica, pero también muchos desencantados, que han acumulado tanto rencor y desprecio contra Petro que no conciben peor escenario que la victoria de su heredero Cepeda.

En los márgenes se han quedado los candidatos del centro que prometían acabar con la polarización y que juntos no llegan al 10% de los votos. La ironía es que serán precisamente esos votantes de centro y los indecisos los que probablemente decidan el resultado de la segunda vuelta el 21 de junio.

Cepeda y De la Espriella han liderado campañas antagónicas. El Tigre (apodo de De la Espriella) se ha rodeado de espectáculo, ha dado mítines en peceras blindadas, grita y provoca y tiene un ejército de creadores de contenido en redes sociales, con un énfasis notable y muy contemporáneo en la esfera digital. Cepeda es exactamente lo contrario: un hombre sobrio que nunca cambia el tono y que va de plaza en plaza leyendo discursos que hablan de justicia social y racismo estructural, dirigidos sobre todo a las bases de la izquierda. En otras circunstancias sería un anticandidato. Pero su campaña se la ha hecho en gran medida Petro, quien, aunque tiene prohibido participar en campaña, no ha dejado pasar una semana sin agitar el avispero político en favor de su candidato. Pero un Petro que tiene un 50 % de rechazo es a la vez el mejor activo y el lastre más pesado de su candidato.

Abelardo de la Espriella en Medellín, el 24 de mayo.STR (EFE)

“Es impresionante cómo, sobre todo en los estratos altos, tienen un voto de rechazo, más que un voto pensante. Y van a votar por Abelardo con tal de que no gane Cepeda”, cuenta una fuente con amplia trayectoria política en el centroderecha que ve con espanto el ascenso del ultra. “Ese fantasma [de Petro] puede hacer un daño terrible”.

Lo que Colombia decide este domingo no es, aún, quién la va a gobernar, pero sí marcará el desenlace final: si el experimento de Petro merece una segunda oportunidad bajo otro nombre o si Colombia abre la puerta a una nueva derecha más radical que la que lleva una vida entera gobernando el país. La respuesta, según todas las encuestas, es que Colombia llegará a esa segunda vuelta partida casi exactamente por la mitad, con una incertidumbre enorme sobre lo que ocurra ese 21 de junio. “Quien gane se encontrará un país dividido, que no está de acuerdo en que existe una única forma de hacer las cosas”, afirma González, que es también consultora estratégica en comunicación política.

La segunda vuelta será una campaña de apenas 20 días en la que el resultado de este domingo solo marcará el pistoletazo de salida. El lunes empieza el verdadero partido, cuando los candidatos eliminados empiecen a mover sus fichas. Y la lógica, salvo sorpresas, es que la derecha, fragmentada durante estos meses, terminará agrupándose en torno a De la Espriella, aunque a buena parte de sus votantes les cueste simpatizar con un hombre así de ostentoso y deliberadamente vulgar. Del otro lado, el centro y los moderados tenderán a acercarse a Cepeda, no por entusiasmo, sino por descarte — aunque cabe la posibilidad de que sencillamente no salgan de sus casas, en una abstención activa que deje la definición en manos de otros.

Los 41 millones de colombianos convocados a las urnas este domingo llegan a esta jornada con el cansancio acumulado de un país que lleva cuatro años viviendo en estado de campaña permanente, con su presidente gobernando a golpe de tuits. El país que vota hoy no es el mismo que eligió a Petro en 2022 con la euforia del cambio histórico, pero tampoco está claro que quiera romper radicalmente con lo que comenzó. “El verdadero reto del nuevo gobierno no será imponer una agenda, sino construir desde lo que ya existe, y no empezar todo de cero otra vez”, señala Rodríguez. Colombia empieza a definir este domingo el país que quiere ser.

Fuente: EL PAIS