Magnífica humanidad

0
8
Comparte esto:

Magnifica humanitas, primera encíclica del papa León XIV, es un fuerte llamado a combatir la deshumanización derivada de la inteligencia artificial…

Escrito por: Eduardo Jorge Prats

Magnifica humanitas, primera encíclica del papa León XIV, es un fuerte llamado a combatir la deshumanización derivada de la inteligencia artificial desde la perspectiva de que “ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien”, pues “incluso cuando las máquinas sobresalen en eficiencia, el centro de la historia sigue siendo un rostro humano que exige ser contemplado” (no. 233).

Pese a la cálida recepción global de esta encíclica, ésta no ha estado exenta de algunas críticas que se deben despejar y refutar. Así, se le ha querido ubicar en el espectro woke-socialista tan propio de nuestra polarizada y populista era político-digital, cuando, en realidad, viene a reafirmar y a recargar para el siglo XXI el viejo corpus de la doctrina social de la Iglesia católica y, lo que no es menos importante, el código genético de la teología católica, basado en la dignidad humana.

Otros han señalado que la encíclica ha sido escrita por la IA. La verdad es que quienes buscan patrones estilísticos y someten el texto a los detectores de IA al final terminan reconociendo que esas herramientas son poco fiables. Como bien advierte Esteban Rafael, “la ironía es perfecta: usan análisis probalísticos de máquinas para desacreditar un documento que precisamente advierte sobre entregar el discernimiento humano a las máquinas. El chiste se cuenta solo”.

Quizás la crítica más poderosa a Magnifica Humanitas es la de monseñor Joseph Strickland para quien la encíclica es humana, demasiado humana, al situar al hombre en el centro del cristianismo, configurándose una teología antropocéntrica, donde lo más criticable es la deshumanización en lugar del pecado contra Dios, olvidándose que “la teología católica […] comienza por la gloria de Dios, la soberanía de Dios, la santidad de Dios, la realidad del pecado, la necesidad de la redención, la Cruz de Cristo, el juicio eterno y la salvación de las almas”.

No perdamos de vista, sin embargo, que, como bien señala José M. Castillo, “el centro del cristianismo no es Dios, sino Jesús”, pues es en él que “se nos ha revelado Dios, se nos ha dado a conocer, se nos ha comunicado y entregado […] y se ha unido a la condición humana. Jesús, por tanto, representa y significa que en lo humano, y sólo en lo humano, es donde podemos encontrar a Dios y donde podemos relacionarnos con Dios. Lo que la teología cristiana afirma cuando habla del misterio de la encarnación de Dios en Jesús, representa, entre otras cosas y fundamentalmente, el acontecimiento de la humanización de Dios, tal como se realizó y se vivió en aquel ser humano que fue Jesús de Nazaret”.

En todo caso, el revuelo causado por esta encíclica revela que, tal como afirma Adrian Vermeule, la legitimidad secular ha sido erosionada al extremo de que “los actores políticos y sociales se vuelven cada vez más hacia la única institución que aún se percibe como poseedora de peso moral: la Iglesia”. Y es que, en palabras de Böckenförde, “el Estado liberal secularizado vive de presupuestos que él mismo no puede garantizar”, por lo que, para este Estado mundano, “en última instancia, es necesario vivir de los impulsos y las fuerzas que la fe religiosa transmite a sus ciudadanos”.

Fuente: Hoy