Carmen Navas, la madre venezolana que expuso la crueldad de la represión chavista

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La mujer, de 82 años, pasó más de un año buscando a su hijo en las cárceles hasta que lo encontró muerto y enterrado en una fosa con una lápida de papel. Diez días después, ella también se apagó

Durante 16 meses, Carmen Teresa Navas recorrió las cárceles de Venezuela buscando a su hijo. Tenía 82 años, una elegancia discreta —el cabello grisáceo recogido en un moño, sus pendientes dorados, las preciosas chaquetas coloridas como de otra época— y una sola pregunta que la levantaba cada mañana: ¿Dónde está mi hijo? La brutal respuesta le llegó hace diez días. Su hijo, Víctor Hugo Quero, llevaba nueve meses muerto y sepultado sin que nadie se lo dijera. La revelación sacudió al país. Pero doña Carmen no sobrevivió al hallazgo: alcanzó a enterrarlo en un lugar elegido por ella, acudió a una misa en su honor y, antes de poder señalar a los responsables, se apagó. Murió este domingo sin conocer toda la verdad.

La tragedia comenzó el 1 de enero de 2025, cuando Quero, un vendedor informal de ropa de 51 años, se dirigía con una caja de bombones a felicitar a su madre el Año Nuevo. Fue detenido por la contrainteligencia militar y el Estado lo mantuvo incomunicado, imputado por terrorismo, negando sistemáticamente información sobre su paradero, incluso cuando ya había muerto. Doña Carmen —asmática, pensionista, con el dinero justo para pagarse el autobús— lo buscó sin tregua por cárceles y sedes militares sin obtener respuesta. Nadie le decía nada. Quero falleció el 24 de julio de 2025 en un hospital militar, adonde había sido trasladado desde prisión con una hemorragia digestiva. Fue enterrado seis días después sin que nadie —de nuevo— se lo notificara a su familia. Su tumba tiene por lápida una hoja de papel con una fecha de muerte distinta a la oficial.

Con el cuerpo bajo tierra, las mismas autoridades que le decían que su hijo no estaba en esa u otra prisión un día le dijeron que estaba vivo en la cárcel del Rodeo I. Ya este año, cuando doña Carmen solicitó la amnistía para su hijo, se la negaron. El terrorismo del que le acusaban no estaba dentro de los supuestos. El Ministerio de Servicios Penitenciarios no informó de su muerte hasta nueve meses después, hace solo unas semanas, cuando doña Carmen había logrado que su historia volviese a ocupar titulares. El organismo justificó su silencio afirmando que Quero no había proporcionado datos de ningún familiar y que sus familiares tampoco habían acudido a la prisión para solicitar visita formal.

Carmen Navas en una protesta en Miami, el 8 de mayo de 2026.Cortesía (EFE)

Quien confirmó la muerte fue la periodista Maryorin Méndez, que ha seguido de cerca la odisea de doña Carmen. Méndez contó que el viernes 15 de mayo, en la misa en honor a su hijo, Carmen dijo que se sentía muy bien y tranquila, pero que se fue debilitando. “Lo último que me dijo es que sentía un dolor muy grande, que nadie lo entiende, y así se fue apagando”, contó en una entrevista radiofónica. La noticia corrió como la pólvora y llenó las redes de mensajes de dolor. La pérdida despertó, dentro y fuera del país, sentimientos de injusticia y frustración. Y después la pregunta inevitable sobre quién la relevará en la búsqueda de justicia.

En la cadena de responsabilidad que llevó a la muerte de Quero y su ocultamiento, hay cargos y nombres concretos, que no han dicho una palabra sobre el caso: el fiscal al que se le asignó el expediente, el juez que llevó la etapa preliminar, el ministro de Servicios Penitenciarios, el exfiscal general y el exdefensor del pueblo. Todos, por acción u omisión, contribuyeron al desenlace y a la mentira en la que vivió doña Carmen tantos meses. Organizaciones de derechos humanos lo califican como una “cadena de complicidad” y la ONG Provea asegura que “las desapariciones forzadas han sido una política de Estado”.

La historia de doña Carmen y su hijo quizá habría permanecido sepultada por el silencio y la complicidad institucional si no fuese porque Nicolás Maduro ya no está. Pero esta apertura que dirige ahora Delcy Rodríguez —forzada en buena medida por Washington— está aún lejos de asumir y reparar el daño infligido a miles de familias. Los abusos. Las torturas. Las trampas. Los silencios.

Con la muerte de doña Carmen, son ya cinco las madres que, desde el pasado mes de noviembre, han muerto sin poder reencontrarse con sus hijos desaparecidos en las mazmorras venezolanas. O que, como le pasó a la mamá de Ramón Centeno, un periodista que estuvo casi cuatro años injustamente encarcelado, que murió 12 días después de verlo libre. “Mi temor más grande era perder a mi mamá estando preso. Salí y murió. Eso me reconfortó un poco”, dijo Centeno.

Carmen Navas (centro) en Caracas, el 15 de mayo.Miguel Gutiérrez (EFE)

El propio hijo de Maduro, Nicolás Maduro Guerra, ha reconocido que en los últimos meses ha descubierto algunos de los “excesos” cometidos durante el mandato de su padre y que habría que pedir perdón. Es un reconocimiento discreto que asumen en privado otros dirigentes chavistas que, a pesar de su cercanía al poder, ahora se muestran sorprendidos ante una realidad que cientos de familias denunciaron durante años. Como si las detenciones arbitrarias, el maltrato y las desapariciones forzadas que llevan años documentadas por organismos internacionales no hubiesen llegado nunca a sus despachos.

La paradoja venezolana es que el país se abre al mundo a marchas forzadas, pero los derechos humanos y las libertades siguen siendo una cuenta pendiente por saldar. La ley de amnistía, presentada como el primer gesto real de reconciliación, fue un paso corto: dos meses después de su aprobación se agotó, con señaladas exclusiones, y cientos de presos políticos siguen entre rejas. Los periodistas continúan con dificultades para informar y decenas de portales siguen bloqueados. El miedo a ser injustamente detenido o extorsionado por las fuerzas de seguridad no se ha disipado. Y no hay pronunciamientos públicos de los dirigentes chavistas solidarizándose con estos casos o garantizando que se investigarán.

Mientras los inversores aterrizan en Caracas buscando oportunidades de negocio millonarias, todavía hay muchas madres como doña Carmen buscando a sus hijos. Unos días antes de marcharse para siempre, la mujer dejó un mensaje: “La juventud que está metida en esas cárceles, en esos subterráneos, que tengan piedad y misericordia de esas criaturas”. No pedía venganza, ni siquiera justicia, solo que no siguiera pasando.

Fuente: EL PAIS